yo nací dos veces

hoy cumplo diez años. es mi segundo cumpleaños en menos de una semana. sí, yo nací dos veces.

la última vez que nací, me bajé de un avión y caminé acuñando papeles y sonrisas. la noche estaba fría y soñaban pocas estrellas. me bajé como quien bajaba de las nubes, un semi-dios perverso y juguetón que su deseo mayor era el de vérselas con los humanos.

cuando se nace dos veces, se aprende todo dos veces: a caminar, dos veces. a hablar, nuevamente. a leer y escribir, de nuevo, varias veces. a entenderse, infinitamente. hacer amigos, vivir amores, sufrir despedidas.

cuando se nace de nuevo, hay cosas que pertenecen solo a la vida anterior: extrañar, por ejemplo, el hecho de haber sido otra persona en otra vida no muy distante. se extrañan personas, voces de otras épocas, besos de otros labios, historias de otras esquinas, mares de otras orillas.

vivir, dijo Riobaldo, es muy peligroso… y cuando se nace dos veces, la vida es mucho más peligrosa porque uno vive con dos seres que batallan todo el tiempo, entre el estar y la memoria.

cuando se nace de nuevo, ni todo es nuevo, ni todo es conocido. así se aprende a matar al primer individuo, por razón de sobrevivir a este nuevo que colinda, que exige cuidados e cariños. así se pide, borrar recuerdos, imagenes de otrora vida antecesora. es interesante, ser sagaz y no exigirle al nuevo ser, carismas e poderes del primero.

y así aprendí estos últimos diez años mi más nueva experiencia del eu, un yo solitario y distraído, sin afanes posteriores de esta respiración que me sustenta, y poco menos que estas palabras que me invento.

vida podre

era o fedor da vida o que interessava

o cheiro podre do que viria morrer

o ralo

os lixão nas esquinas do bairro

o suor melado nas coxas da fêmea no cio

o pelo úmido do meu suvaco na crispa do dia

a batata moribunda na geladeira

o sorvete derretido e as moscas

a mão traíra dos traidores

no instante do contrato justiceiro da escravatura

eu era o hímem

a abertura do mundo

de um lado ou do outro

o podre dos dias

da vida

do humano

que por angariar,

apodrecia

a vida dos outros

na esquina do bairro

do estoque na geladeira

em mão inimiga

o sexo podre

eu era de mim, afã desta cura

mas por humano

também podre

que era o podre o que mais gosto tinha

as coxas duras

a batata mole

o contrato traíra

o perigo na esquina

a dor continua de uma vida

mais crua – ou nua,

ou então desejada

escondida

sem cerne

nem proibida

apenas ao tato

e ao cheiro, percibida

vida podre

que eu bem queria.

Olhos de dentre

Ontem sonhei um sonho sem lua, onde o que iluminava era o escuro de uns olhos que eu havia esquecido, e desse preto da desmemoria, eu lembrei das lembranças de uma outra vida que eu havia vivido antes de todos meus sonhos com lua.

Daqueles olhos de dentro, olhando o que era minha vida, olvidei-me de tudo de antes e do resto que ainda me seria; no entanto de tanta confiança de este segundo que escrevo, me lembrei que tive tantos outros sonhos mesmo antes de té-los vividos.

Assim, de meu escuro de dentre, olhei-me bem por perto – silente – e vi que o que eu havia visto, era tudo que eu já havia morrido.

Águas da vida

Chovia muito lá fora.

Na cozinha, fervilhava água para fazer algum cozido.

Chuverava dentro do banheiro, e você, hijo, divertia-se sozinho com aquelas histórias que você inventa. Eu entrei no banheirinho esfumaçado para tirar você de lá. Peguei a toalha.

“Pai, eu gosto muito dessa minha vida” você disse. Lacrimejou meus olhos pela simples frase, teu sorriso. Eu te secava. Bateu silêncio na minha resposta: não havia palavras.

“Vai ter outra?” você expeliu sem dar fôlego a minha surpresa. Era essa – minha – sensação humana de uma dor sem fundo.

“Vai ter uma…” consegui te dizer “… bela e longa vida”.

“Só esta?” era tua certeza surpreendida, mas consciente, e plena, de que esta seria nossa vida, única vida a ser vivida.

Eu segurei meu pranto, que agora com você brincando no quarto, consegui sem dor, chorar a vontade.

“É, Benja…” eu triste, querendo te mentir, mas não podendo “temos que curtir muito”.

“Sabia pai? As crianças também morrem”.

“Sei Benja, eu sei” a tristeza não doía, machucava, matava. Daí eu falei aquele discurso de se cuidar muito, de se divertir muito, de ser feliz.

“Mas, porque você está me falando isso, hijo?” era eu procurando um caís, um pé no chão para aquela dor que eu não mais segurava.

“Ué, só estou te avisando” você me disse.

Chovia lá fora um mundo. A água no fogo evaporava. Eu estava triste sem motivos. Você caminhava abraçado à toalha, ciente da vida, dos fluxos das águas.

Grande Sertão: mis veredas.

Desandé veredas rumbo al Sertão: tanto ser. Así, sin mí, no era posible. Nonada, nada es posible sin mí.

El libro estaba allí, almacenando polvos y recuerdos sobre mi cabeza. Le di la mano. Otro de aquellos objetos, el uno, que migró continente-isla-continente. El reflujo de lo que va yendo, cayendo leve, entre olvidos y memoria. Dolor del cuerpo y dolor de la idea marcan fuerte, tan fuerte como todo amor y rabia de odio. Ni se olvida, ni me recuerdo.

Sepa usted: toda mi vida he pensado por mí, libre, he nacido diferente. Yo soy yo mismo. Distinto de todo el mundo… casi que nada no sé. Pero desconfío de muchas cosas. Leo, y veo por dentro, para atrás, mi tiempo. Mi padre decía, repitiendo: “haz lo que tú quieras, y no lo que otros te manden”, y yo oyendo, aprendí de aquello.

La existencia plural con los otros, es de los placeres, el único que nos abraza a todos, y atención: de suerte que es necesario escoger: o uno se organiza viviendo en la vileza común o cuida sólo de religión sólo. Esas verdades, mías, y si usted quiere, también suyas. Pero ni es obligatorio pensar y aceptar, cada uno con lo suyo, en lo suyo. Pero hay reglas de arriba, superiores: Uno todavía no es uno: cuando todavía forma parte con todos.

Siendo que siendo el Sertão: tanto siendo. Lo más importante y bonito del mundo es esto: que las personas no están siempre igual, todavía no han sido terminadas, pero que siempre van cambiando. Afinan o desafinan. Canto para dentro. Todas las voces de todos mis momentos, míos. Mares sin fondo: esos campos guimarães.

En esos adentros me lanzo: conmigo, las cosas no tienen hoy y anteayer mañana: es un siempre. Repetir mis versos, reverbero, no significa que, ah sí, lo nuevo es esto que vivo e veo. Y continuando, reveo que toda saudade es una especie de vejez, concordar con todo, mi vuelta entera, mis arrepentimientos y el amor, ya de por sí, es un algo de arrepentimiento.

Atravesé mis añoranzas. Desordenado, lo que es, recuento. Siempre me di entero. Por la mitad, mis silencios. Fui mejorando, fui… Que lo diga mi vida ¿si era amor? Era aquel latifundio… adelante y detrás, los océanos, siempre mis alrededores.

Pero en mí, mis días, lo poco y la demasía. En lo real de la vida, las cosas acaban con menos formato, ni siquiera acaban. Es mejor así. En el medio de todo, los rellenos: tristezas y alegrías. Pelear por lo exacto, equivoca a la gente. Travesías.

¿Y por qué yo volvía, nuevamente, leyendo y viniendo, éste Sertão: mis veredas? El diablo en la calle, en medio del remolino… No sabiendo de mí mismo, me adelanto, yo. Es porque nunca se es de nuevo, dos, tres veces: revuelos. Y esos campos guimarães tan lindos limpios, por adentro florecidos, primavera es primavera, las flores de invierno, y los vientos cambiando los itinerarios, todo incierto.

«Vida» es una noción que uno completa seguida así, pero sólo por ley de una idea falsa. Cada día es un día. Recomiendo. Así, mientras escribo, cuento, la vida es este sólo: instantes. Vivir es muy peligroso, sí es, existiendo. Porque todavía no se sabe. Porque aprender a vivir es lo que es el vivir, eso.

Entonces, sólo hay el Sertão, tantos yo siendo, pequeño-inmenso en mí mismo y, de mis miedos, también siendo: océanos. La vida de uno nunca tiene término real. La vida va, y es. La muerte es rayo que siempre ya vino y, de esas verdades, solamente desconocidos manifiestos.

… y leyendo!

 

Nota inevitable: textos en negrita, tomados del libro Gran Sertón: Veredas de João Guimarães Rosa.

Otras mitades

Hoy escogí un libro de la repisa como quien escoge un día, o como quien vira en una esquina en dirección del mar. Delante de todos aquellos mestres, alargué la mano hacia Hilda, ella es de esas “mitades” que merodea mi mundo: Cesar Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía. Ese ejemplar me lo regaló de su propia mano en la casa en Regla, la ves que nos vimos en noviembre. Coincidimos en La Habana, de ese viaje, fue de mis grandes felicidades…

Leo de su letra la dedicatoria que hiciera sobre encomienda: “A mi hermano de la vida; una historia de viajes, visiones y memorias que nos siga encontrando en las tramas de lo cotidiano y en las de lo desconocido. Hilda”. Sonrío, y casi lloro.

Este día era marco de alguna cosa. Algo sin sentido aparente. Desconocido. Me sentí como quien escoge un libro de un maestro de una repisa. Como si el maestro fuera esa Hilda conocida, amiga de viajes, visiones y memorias, y esa mitad cotidiana, hoy distante, fuese el arpegio inicial de una bestial sinfonía. Algo simple, magnífico, que me cambiará la vida…

Entonces leo al final de lo que da inicio al comienzo del libro: “Y más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes de humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado antes, todo eso suena en la noche de la selva. Dentro de uno mismo suena, en los recuerdos lo que uno ha escuchado a lo largo de la vida, bailes y pífanos y promesas y mentiras y miedos y confesiones y alaridos de guerra y gemidos de amor. Voces de agonizantes que uno ha sido o que uno ha escuchado solamente. Historias ciertas, historias de mañana. Porque todo lo que uno va escuchar, todo eso suena, anticipado, en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche. La memoria es más, es mucho más, ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva. Imagínate. Nada más imagínate. ¿Quién va poder oírlo todo, dime tú? ¿Quién va poder oírlo de una vez, y creerlo?…

¡Gracias Niña!

Brújula de nortes por estrellas

Es fin de año de este 2013. No recuerdo exactamente lo que escribí por este tiempo, hace un año atrás,  pero sé que entre pasiones y el amor, sufría con una soledad muy mía, que me hacía daño interminablemente. Sufría porque entre otras cosas, reales, cotidianas,  pedestres,  el dolor que me invadía yo me le entregaba enteramente, sin desatinos , consciente.

Mi hijo, Benja, tal vez nunca sabrá cuanto me salvaba de la catástrofe, o lo sabía en mi abrazo o en un llanto escondido en un cuarto donde no había nada que esconder.

Recuerdo que por este tiempo, en aquella ciudad increíblemente feliz que es São Paulo, la gente, mis amigos casi todos, se distribuían destinos para la felicidad de cada uno. Entre correos electrónicos y llamadas telefónicas, yo sabía que mi destino-lugar era la soledad.

Y aquella soledad mortífera se vistió de una sutil pobreza y fuegos artificiales ajenos en un pequeño alquiler de un barrio distante. Entre aquellas blancas paredes de luto tardío, se despidió el dolor de toda una vida, y nació, aún sin saberlo, la nueva felicidad de la soledad.

Quien se detenga entender las tristezas, y aún más las felicidades, difícilmente sobrevivirá para escribirlo. Esas dádivas hay que agarrarlas con los dientes, y de pecho abierto, vivirlas hasta cierto final…

Un año después, quemdiabosescreveria?, la brújula cambió sus nortes por estrellas, constelaciones de ojos y danzas, y abrazos de intensa candidez. Llegué a La Habana de esquinas malolientes en el vuelo manso de una brizna en el viento. No sabía cómo habría de ser este viaje – ser yo – porque el presente no tiene sombras ni soles en el reloj del tiempo, y porque la paz de espíritu no teme balancearse sobre la cuerda floja de la vida. Y aquí estoy yo, con los segundos suspendidos en instantes, la felicidad amontonada en los pliegues de mi piel y los amigos escondidos en recuerdos.

Y nunca hubo tanta felicidad en mi Habana: deliciosa y calma, calurosa e infame, maleducada y rara, machista y policíaca, insistente, autoritaria, bailarina y borracha, prostituta y leve, con faltas de ortografía en sus paredes y ómnibus que nunca pasan, limosinas de hierro de otros siglos, e iglesias donde se predica el oro, el tema de los negocios y las “balas”, y los carros que se venderán por toneladas, literatura marginada y poetas que se dedican a inventar traumas, músicos que travisten sus mecánicas, y familias enrevesadas por el pan, el vino, los peces y las aguas, y la diáspora necesitada de calor, y de felices pascuas, como yo.

Entonces, espero entre estas tantas paredes blancas – que no lo son – los fuegos artificiales de los otros, ajeno a tanto y tantas alegrías y tristezas que me aguardan, porque el presente no tiene sombras ni soles en el reloj del tiempo, y porque la paz de espíritu no teme balancearse sobre la cuerda floja de la vida. Aquí estoy yo…

 

drelos

Apego à vida, e a estimação animal

It’s a mystery to me / we have a greed with which we have agreed / you think you have to want more than you need /until you have it all you won’t be free. “Society” (Eddie Vedder)

Uma vez tive um cachorro. Chamava Danger e era o mais baboso e fofo boxer da Terra. Pegamos-lhe pequenininho e morreu aos doze anos. Foi um perro feliz, eu acho. Deitava para dormir no sofá. Ficava doidão correndo em círculos pulando tudo que encontrasse em frente. Foi criado na calçada, sem corrente nem focinheira, solto. Nunca comeu ração. Teve mais de trinta filhotes com várias outras boxers.

Na minha casa teve cotorra  (uma daquelas aves que aprende a repetir palavras), tartaruga, peixes e até uma cobra que fugiu. Eu nunca gostei muito de animal de estimação. Acho que se se têm um animal, deveria se lhe oferecer o máximo de vida natural que corresponde a sua espécie. Um jeito de lhe garantir ao animal o máximo da sua liberdade possível.

Animais domésticos – por séculos domesticados – trocaram suas liberdades pelo conforto da casa. Outros foram forçados a ferro quente a ficar detrás de cercos, em troca se livravam dos animais de caça.

Ao prescindir da lucha diária, os animais de estimação renunciaram aos instintos básicos da sobrevivência: a procura pelo mantimento da saúde e a beleza; disso se derivam a busca dos alimentos e o descanso, assim como a continuidade da espécie, a través da procria.

Confinados, os animais adotam comportamentos que em compensação lhe trarão os mesmos benefícios, aqueles necessários para a continuidade da vida. Aprendem os horários que os donos lhes colocam, e é nesses, que eles adaptam a fazer as necessidades. Fazem silêncio. Vão trás a bolinha. Repetem gestos e caretas em troca do carinho.

Um modo de pose também acontece quando existe um submetido. Aquele que se oferece, seduz – isto eu também considero arte – o seu dominador, em troca do cuidado básico de sobrevivência.  E ao fim, o “domina” por submissão.

Na pose, tanta responsabilidade tem aquele que domina como aquele que concorda em ser dominado.

Eu gosto mesmo é de pássaros. Dos que vivem livres, mesmo nas cidades. Dá para olhá-los passar, voando. Escutá-los na janela de casa. Dá para até numa brisa muito boa, descobrir nos olhos deles, o olhar.  Não dá para pegar. Nem para lhes agradecer.

Uma coisa que já constatei por mim mesmo; diante da morte, os bichos que estão quase para morrer se mexem incontrolavelmente, endiabrados, na tentativa de se manter vivos. A vida é o mais importante, mesmo que isso nós custe a morte.

Un cuento de vida

En el camino, sua vida, el hombre encontró lo que había e existia. Nada más y nada menos que aquel paisaje increíble del mundo a sus pies. Cada detalle ordinario, cada sombra, cada recóncavo tras las curvas era posible, y además especial.

Todo hizo sentido del principio al fin. Del comienzo del tiempo hasta su muerte.

Su vida era marcada por instantes sublimes, escogidos por una indeleble sonrisa o un estruendoso llanto. Para él, aquello no significaba diferencia, en la memoria quedaba como algo que lo hizo sentirse por mucho más vivo.

El camino, sin trazos, sin mapas, ni señales era o territorio infinito de su existir. Infinito en cuanto él imaginaba distantes las fronteras – si es que eso existía – que nunca consiguió ver.

A cada gesto o palabra el universo, aquello que era su alrededor, se deshacía y reconstruía en un ejercicio sin fin… en una vida sin fin.

Era involuntario, como de sobrevivir, desterrar palabras que le estuviesen apretando el corazón. ¿Quién podría vivir con aquellos aprietos mortales, una especie de poética de infarto al miocardio? Y le era inevitable, inhibido de culpas o juicio, aquella reformulación brusca de todo lo que su rabia o su odio creaban a su alrededor.

En la vida, o caminho, el hombre descubrió otros seres parecidísimos a él. Otros hombres se llamaban. No le parecieron extraños, todo lo contrario fue curioso e incisivo en su manera de acercarse, en su modo de aceptarlos.

Al mismo instante se quedó emocionado cuando vio que su universo, aquel tapete colorido con velos de cielo y del Sol, renacía cada vez que otro hombre hablaba o hacía un gesto. Se asustó con la rabia y el odio de algunos, y simplemente se apartó.

De otros hombres percibió fantásticos diseños y posibilidades de vivir delante de aquellos gestos y otras palabras. Fascinado acompañó o se dejó acompañar en la vida, neste caminho, por otros hombres. Recuerda, por lloros o risas, de estos momentos los más divinos pasajes que pudo tener.

Vive hasta hoy, la eterna sensación de que por veces, ni tantas ni pocas, confundió gestos y palabras de otros, en su ingenua intención de dejarse acompañar. No era disfraz, mas otra sonrisa o llanto, que le hicieron por mucho feliz.

Y dígase de pasaje, aquello de felicidad era lo único que en realidad le interesó. Los restos, si es que algo sobraba, de aquel intenso caminar, o viver, sobrevivían en forma de sueño, en un lugar donde sabía regresar hasta sí, pero nunca como llegar hasta allí.

Tuvo un día en la vida, naquele instantáneo caminho, que vio  otro hombre, pequeño y mucho más ligero que él, acompañarle inevitablemente por donde él pasaba. Fue más feliz al descubrir después de muchísima autoobservación que ambos, reciclaban el entorno con una sincronicidad absurda, de otro mundo, divina. Primero pensó que el bajito lo seguía; con la vida y el camino, vio que la simbiosis practicada los unía en algún lugar o tiempo fuera de los límites que conocía.

Se entregó al otro, su hijo y así mismo.

En los días cuando al hombre su existencia no le parecía consecuente, como si aquella trascendencia tras sus gestos y sus palabras se virasen al contrario, y en vez de crear, destruyesen, de esos días el hombre, solo recuerda su muerte.