En ausencia que se mide el tiempo

minha mae é a ilha
eu o continente
o mar no entre

Única vez que viajamos juntos, solos tu y yo, Eva, era año 2002. No podíamos saber, quince años después que sería hasta este instante la última vez que yo visitaba Moa, tierra que te recibió en el mundo. La tierra que le puso árboles, ríos y tanta infancia a mi vida.

Nos fuimos en tren, atravesando por el centro aquella magnífica isla de nuestro encuentro, en un trayecto que terminó durando casi veinte horas, porque sabemos que en Cuba, los minutos y los días duran más que en otras latitudes. Aquella vía férrea, entre montañas y palmas, era agreste, de pueblitos secos y desgastados, como casi todo lo que ha quedado en ese país que hoy, diez años después apenas recuerdo, o quizá más realista, apenas olvido.

Habíamos llevado, por tus caprichos de llevar todo preparado, comida suficiente y hasta agua congelada, café.  Hoy, tanto de ti se repite, que debes ser tu quien prepara la mochila, cuando voy a viajar con tu nieto. Debimos haber hecho tantos planes: cuál casa de cuál tío primero visitaríamos, dónde dormiríamos las primeras noches, subiríamos a Farallones, nos bañaríamos en el rio, cuántos bichos matarían en las fiestas por nuestra bienvenida?

Atravesábamos el país en tren – nada conseguiría ser más nostálgico. Nosotros a través de las ventanas, atravesábamos nuestras memorias, reflejadas en los vidrios sucios de tierra marrón. De mirada en mirada, aquellos silencios metálicos, nos atravesábamos uno al otro. Yo, demasiado joven, sin saber lo que era el tiempo, menos el presente, quizá pensaba en mis mejores futuros, que de tan imposibles,  no serían como este ahora, tan distantes, tanto tiempo uno sin el otro. Yo sin ti. Tú, apuesto mis lágrimas, sin mí.

Y si es que, en ausencia que se mide el tiempo, tú bien sabes lo que siento, que también habías salido de tu tierra, lejos de tu madre y hermanos, lejos de tu padre, para irte a vivir tu sueño de ciudad grande, así como yo, hoy tantos años también vivo mi sueño.

Nadie, dicen, sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Pero yo por distinto, sin haberte perdido, ya sé lo que de ti tengo, o peor, lo que de ti no tengo.

De aquel viaje por la isla-a-la-deriva, atravesando en tren la vida y las memorias, tuyas y mías, guardé quizá mi mejor recuerdo en mi segundo libro, y como todo buen secreto, tal vez nunca te comenté de eso: en Villa Clara, quizá en Camagüey, pero lo más probable es que haya sido por Las Tunas, mientras cruzábamos un caserío casi baldío, una niña observaba el trayecto férreo de nuestro existir, yo la vi y apenas me inventé su pequeña soledad. Le escribí… hoy ese cuento es para ti, mamá!

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Entrenamiento continuo para la soledad

No voy a cumplir la sentencia del tiempo. Ni quedarme para atrás mirando fotos mías ajenas a mí. No seré como quien viendo el más bello de los pueblecitos no se atreve a bajarse del tren en la estación.

Ponerse viejo es prenderse a un momento, objetos o personas con miedo de la soledad. Es, por ejemplo, aceptar la compañía indisoluble de un “ni ya más” amor. Alguien que te abrazó y te quiso pero “ya no te quiero más”. Aferrarse al miedo de perder ese amor es decirle adiós a la naturaleza de la soledad. Se nace solo, solo se respira y solos es que vemos el mundo desde la ventana y los ojos.

He descubierto, para mí, que la soledad es un estado interior. No existe la soledad humana, así por decirse: estoy solo o me quedé solo. Siempre alguien vendrá a tocarte la puerta para fastidiarte o para festejar. Venham amigos, solidão é para se compartilhar.

Cuando uno conversa, digamos, en una rueda de los mejores amigos, puede estarse  en extrema soledad. El soliloquio continuo con la memoria de esa misma rueda de amigos unos años atrás, cada uno recordándose, inventándose ese momento anterior sin percibir el presente transcurriendo en ese instante, el cuánto cambió para bien o para empeorar, ese instinto de preservación – esa infamia- que nos hace creernos inmortales nos priva de vivir el presente.

Una vez especialmente, me fue más difícil adaptarme al presente. Yo había dejado mi país, una isla fluctuante a la deriva en mi memoria, mi familia, mis mejores amigos, mi idioma, mis trazos y gestos conocidos. Fui la crisálida cerrada y fea que aún no sabía que cercanamente mis alas coloridas irían abrirse para mi próximo vuelo. No abracé el amor presente de quien ya, abierta mariposa, volaba. Sufrí e hice a otros sufrir. Delante del más bello de los pueblecitos me arrodillé y no hice otra cosa que llorar.

Entonces vivir el presente es darle un abrazo continuo y amistoso a la soledad. Un abrazo de quien le dice no al tiempo, y se niega irreductiblemente, a morirse antes de verdaderamente morir.

Y la muerte, amigos, es finalmente el comienzo de la eterna soledad.