primeira lembrança da morte

Íamos de carona, Benja, voltando de um dia de muitas brincadeiras, trabalhando. No tránsito da Marginal, trocávamos ideia sobre isto e aquilo, e não lembro como começamos falar sobre a morte.

Aquele abismo entre o que somos e o escuro além silencioso que nos abraça depois do último hálito.  Entre as tuas perguntas e as memórias de Suely, a amiga que dirigia, foi se tecendo o emaranhado da dúvida, o real do véu que apaga aos olhos e libertam à alma, aonde o tempo pára e o sol se extingue.

Eu, talvez de um medo, não disse nada. Senti medo até de olhar pro seu rosto, no seu medo à morte, que pela primeira vez você experimentava.

“Eu queria apagar esse memória…” você diz, e bateu sua testa com a mão “… eu não queria lembrar disso”. Eu sofria, em vão, o despertar da conciência da vida, vinda ao acaso das palavras no mais singelo gesto humano: o medo a não estar vivo.

A dor em mim era aguda. Sofria por você enxergar a verdade básica dos que estamos vivos. Descobrias o pote mágico dos dias e os sóis nesta terra antropofágica. A luz no fundo do túnel.

Faz anos, quando eu tinha mais ou menos essa sua idade, também sem lembrar como, numa conversa entre meus pais e eu, havíamos caído nessa de falar sobre a morte. Eu não lembro da sensação do medo provocado pelas palavras, mas lembro de eles, tentando me fazendo esquecer daquilo, rindo da minha cara pálida e lábios roxos, dizendo mais ou menos, o mesmo que eu te disse: “assim é a vida, filho”.

Eu também tenho medo de morrer.

 

 

Entrenamiento continuo para la soledad

No voy a cumplir la sentencia del tiempo. Ni quedarme para atrás mirando fotos mías ajenas a mí. No seré como quien viendo el más bello de los pueblecitos no se atreve a bajarse del tren en la estación.

Ponerse viejo es prenderse a un momento, objetos o personas con miedo de la soledad. Es, por ejemplo, aceptar la compañía indisoluble de un “ni ya más” amor. Alguien que te abrazó y te quiso pero “ya no te quiero más”. Aferrarse al miedo de perder ese amor es decirle adiós a la naturaleza de la soledad. Se nace solo, solo se respira y solos es que vemos el mundo desde la ventana y los ojos.

He descubierto, para mí, que la soledad es un estado interior. No existe la soledad humana, así por decirse: estoy solo o me quedé solo. Siempre alguien vendrá a tocarte la puerta para fastidiarte o para festejar. Venham amigos, solidão é para se compartilhar.

Cuando uno conversa, digamos, en una rueda de los mejores amigos, puede estarse  en extrema soledad. El soliloquio continuo con la memoria de esa misma rueda de amigos unos años atrás, cada uno recordándose, inventándose ese momento anterior sin percibir el presente transcurriendo en ese instante, el cuánto cambió para bien o para empeorar, ese instinto de preservación – esa infamia- que nos hace creernos inmortales nos priva de vivir el presente.

Una vez especialmente, me fue más difícil adaptarme al presente. Yo había dejado mi país, una isla fluctuante a la deriva en mi memoria, mi familia, mis mejores amigos, mi idioma, mis trazos y gestos conocidos. Fui la crisálida cerrada y fea que aún no sabía que cercanamente mis alas coloridas irían abrirse para mi próximo vuelo. No abracé el amor presente de quien ya, abierta mariposa, volaba. Sufrí e hice a otros sufrir. Delante del más bello de los pueblecitos me arrodillé y no hice otra cosa que llorar.

Entonces vivir el presente es darle un abrazo continuo y amistoso a la soledad. Un abrazo de quien le dice no al tiempo, y se niega irreductiblemente, a morirse antes de verdaderamente morir.

Y la muerte, amigos, es finalmente el comienzo de la eterna soledad.