versos de viento huracanado

Día, calor extremo, calma

alarma vecina del proximidad de un ciclón

categoría avasalladora por ahora desconocida

como el miedo y su más fiera condición: la muerte

el tiempo acalma

entre compras y cuidados de la casa

estantes rellenos con lo que falta

¿velas? ¿galletas? ¿vegetales congelados?

un vino de arroz, dos botellas de ron a granel

unos huevos luchados en la cola del mercado

frutas de estación si sobraron,

si algo quedó

si compramos

unas tablas asegurando una ventana

los vidrios con plásticos, en cruzes al centro

el radio encendido

en el paso a paso de las noticias que se repiten

la vecina grita “se fue la luz”

y el oscuro abraza la tarde

vientos huracanados se aproximan de la costa

el cielo nubla

el viento arrasa

palmas se tambalean

árboles enteros se vienen abajo

vuelan plásticos, maderas… y los sueños

una llama encendida sobre el lugar más alto

un silencio cortado por el aullar de las ventanas clausuradas

el dominó en el centro

un café dividido cruzando la sala

los cuartos cerrados, evitando lo mínimo de revuelos

la oscuridad agarrando los recovecos

un ruido más alto, lejos, desconocido

como explosión que incendia la noche

las alarmas son de abrazos

una calma a pesar de este peligro

no hay teléfonos

ni electricidad

y el agua ya fue cortada

entonces, nos queda la pausa de la familia abrigada

los chistes de siempre

un buche de alcohol, con el doble nueve en la mano

trancado,

algo friéndose en la caldera de aceite caliente

un café colado, dividido entre tantos

la vecina gritando “que es esto dios mío”

la vela se gasta en el último lumbre

un libro en la mano, leído en voz alta

estos versos – que aún no he escrito, quizá la memoria adelantada

la próxima vela y los vientos se calman

ya es la mañana,

un gris ceniciento

los árboles tumbados

los cables

la gente que anda en la calle,

buscando entre escombros pedazos de cielo

es más una ventisca

infierno terreno,

la astucia de tiempo

los nuestros, en casa, tranquilos

a espera del próximo sol

sin estos versos de viento huracanado

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En ausencia que se mide el tiempo

minha mae é a ilha
eu o continente
o mar no entre

Única vez que viajamos juntos, solos tu y yo, Eva, era año 2002. No podíamos saber, quince años después que sería hasta este instante la última vez que yo visitaba Moa, tierra que te recibió en el mundo. La tierra que le puso árboles, ríos y tanta infancia a mi vida.

Nos fuimos en tren, atravesando por el centro aquella magnífica isla de nuestro encuentro, en un trayecto que terminó durando casi veinte horas, porque sabemos que en Cuba, los minutos y los días duran más que en otras latitudes. Aquella vía férrea, entre montañas y palmas, era agreste, de pueblitos secos y desgastados, como casi todo lo que ha quedado en ese país que hoy, diez años después apenas recuerdo, o quizá más realista, apenas olvido.

Habíamos llevado, por tus caprichos de llevar todo preparado, comida suficiente y hasta agua congelada, café.  Hoy, tanto de ti se repite, que debes ser tu quien prepara la mochila, cuando voy a viajar con tu nieto. Debimos haber hecho tantos planes: cuál casa de cuál tío primero visitaríamos, dónde dormiríamos las primeras noches, subiríamos a Farallones, nos bañaríamos en el rio, cuántos bichos matarían en las fiestas por nuestra bienvenida?

Atravesábamos el país en tren – nada conseguiría ser más nostálgico. Nosotros a través de las ventanas, atravesábamos nuestras memorias, reflejadas en los vidrios sucios de tierra marrón. De mirada en mirada, aquellos silencios metálicos, nos atravesábamos uno al otro. Yo, demasiado joven, sin saber lo que era el tiempo, menos el presente, quizá pensaba en mis mejores futuros, que de tan imposibles,  no serían como este ahora, tan distantes, tanto tiempo uno sin el otro. Yo sin ti. Tú, apuesto mis lágrimas, sin mí.

Y si es que, en ausencia que se mide el tiempo, tú bien sabes lo que siento, que también habías salido de tu tierra, lejos de tu madre y hermanos, lejos de tu padre, para irte a vivir tu sueño de ciudad grande, así como yo, hoy tantos años también vivo mi sueño.

Nadie, dicen, sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Pero yo por distinto, sin haberte perdido, ya sé lo que de ti tengo, o peor, lo que de ti no tengo.

De aquel viaje por la isla-a-la-deriva, atravesando en tren la vida y las memorias, tuyas y mías, guardé quizá mi mejor recuerdo en mi segundo libro, y como todo buen secreto, tal vez nunca te comenté de eso: en Villa Clara, quizá en Camagüey, pero lo más probable es que haya sido por Las Tunas, mientras cruzábamos un caserío casi baldío, una niña observaba el trayecto férreo de nuestro existir, yo la vi y apenas me inventé su pequeña soledad. Le escribí… hoy ese cuento es para ti, mamá!

LEA:::  el cuento (des)conocidos

Sob o céu da minha infância

Sob o céu da minha infância em Moa, o patio era de terra avermelhada no centro. Ao redor deste, a casa grande, de tabuas e guano. A latrina um pouco afastada por causa do mau cheiro. O chiqueiro mais distante, mas visível, de onde se ouviam os barulhos dos porcos enjaulados. Um cercado de um mato espinhoso, alto e perigoso, impossível de atravessar ou pular. Uma sombra de árvore aqui, lá e por todos os lados, e o solzão no meio. O murmúrio do vento nos galhos. E a barulhinho do rio, há poucos metros, umedecendo a rochas.

Assim era a terra nos dias mais incríveis que me lembro de pequeno. Tudo verde e vermelho naquelas montanhas sem fim. Meus pais e irmã por perto. E meus primos e tios. Meu avô Mâximo. Minha avó Dulce.

É dela mesmo que brilha a lembrança, andando devagar de chinelos e vestido gastado. Era quase sempre calada no que eu lembro, e com a minha certeza, de que estava chateada por algo que eu desconhecia. Naquela minha idade eu não sabia o que significava o silêncio. De tanto respeito que eu sentia por ela, eu quase que tinha medo.

Ao fim da tarde, os adultos começavam preparar a janta: yuca que aqui chamam de mandioca, aipim ou macaxeira; malanga sendo aqui inhame; plátano macho cozido que se conhece como banana-da-terra; boniato que é a batata-doce, e calabaza o que é a abóbora; tudo isso plantado por perto pelo Maximiliano, meu vô e pelos meus tios. Costumava ter algum feijão, que podia ser de vários tipos dependendo da colheita: negro, gandul, caballero ou  judias que é o feijão branco. Também havia arroz, que podia não ter, já que era daquela comida, o único que não se plantava na finca.

Avó Dulce, no meio do pátio e com um balde cheio de milho seco e outros grãos, começava-os jogar “tiu, tiu…” e chamar as aves “… tiu, tiu”. . Eram centos de galinhas e seus pintinhos. Alguns galos. Outros frangos sem alcurnia, aqueles sem crista. Patos e gansos. Vinham alguns porcos que perambulavam soltos, pois só os grandes crescidos, que estavam para engordar e depois abate, eram os que ficavam no chiqueiro.

Quase simultaneamente, nós nos aproximávamos. Éramos muitos os netos que sentávamos perto dela. Minha irmã e eu, vindos da cidade naqueles dias de férias, virávamos os prediletos, só que naquela hora, seria a destreza e o justo que prevaleceria.

Aquele quintal a céu aberto ia enchendo em minutos dos bichos que respondiam ao chamado da avó e dos grãos caindo no chão. Entre eles estava o plato fuerte da nossa ceia, que em breves instantes, seriam escolhidos pelo olho, dedo e voz da avó Dulce. Dentre nós, estava quem conseguiria pegar os bichos que comeríamos naquela noite.

Vó Dulce assinalava “vocês veem aquela galinha ali…” nos a percebíamos dentre as outras “… é essa mesma”,  éramos nós quem tinha que ficar prontos “quem pegá-la, vai ser quem degole ela” era esse o prêmio pela caça.

Éramos apenas crianças, mas naquela cultura montanhesa, já incentivados à sobrevivência.

Então íamos aproximando-nos, encurralando-a, discretamente. A coitada não sabia seu destino, apenas lutava por encher seu bico, na sua sobrevivência no meio de todos os outros bichos. Desavisadas, as aves iam pegando seu sustento, em perigo iminente de morte, mas somente a “dourada” estava marcada para morrer.

Assim avançávamos, até que alguém de nós, depois de várias tentativas conseguia finalmente pega-la. O efeito era instantâneo, assim que prendia a bichinha, depois que todos nos contentávamos com a alegria de ter pegado “nossa” comida, depois da confirmação da avó Dulce María, e da aprovação dela mesma, quem tivesse pego a galinha, simplesmente a apertava pelo pescoço e a girava bruscamente, até parar de estar viva.

Assim era a vida, simples. Logo, a morte.

Os bichos se dispersavam, mas em seguida voltavam inconscientes de que entre aqueles milhos jogados e o começo da noite, alguma possibilidade de continuar vivendo existia.

Numa mesma tarde, e dependendo da quantidade de pessoas na janta, avó Dulce repetia a escolha de três ou quatro animais. Pertinho dela, nós acompanhávamos o próximo “juízo” e já estávamos prontos para caçar a próxima vítima.

Uma vez obtive meu prêmio. Havia pegado a galinha para a janta, e dei castigo mortal sob comando da avó Dulce “olha o meu neto…” ela disse orgulhosa.

Dora, ensueño

Hoy después de muchos años apareciste por mi vida. Diría, por lo mínimo, unos cinco o seis años que no te veía. Eh, vieja, mi vieja Dora.

No recuerdo que me contaras que tu nueva morada tenía un portal de ventanas grandes coloniales, donde podría jugar altas madrugadas. Me miraste con recelo, halando hacia ti, mientras abrías, aquellas persianas de madera antigua.

Soy yo, abuela. Y eras tú, del otro lado.

Yo de tanta distancia no sabías si eras, y en el miedo al sueño real, a la vida real, también cerré mis ventanas.

Ahora te escribo: pido licencia al destino mudo de la muerte, a la nostalgia del adiós final, al silencio de todos estos catorce años. Que a pesar de ser tan distante la lejanía que nos separa, a este cuerpo mío, le pertenecen tus memorias, y tus manos, y tus cuidados continuos.

No, no sé cómo sería si hoy, si después de tanto, estuvieras todavía entre los tuyos, entre estos míos compañeros y amores de la vida, esta familia extensa caminante. No soy más el pequeño obediente que criaste, pero tengo certeza que te hubiera gustado caminar conmigo estos caminos que hoy ando. Este intenso en los bordes de la vida, como es ella, sin máscaras. Te hubiera encantado el sol de mi hijo, su sonrisa, su manera de andar como chocando, derribando muros y paredes. Sus preguntas incesantes de príncipe ajeno, perdido sin reino, sin reina.

No sé cómo sería explicarte como vivo, como siento, como amo. Cómo desando sin rumbo los días, los inviernos, los humanos. No sé cómo sería si tuviera que retornar todas mis noches a buscar un beso arrugado de tus labios, tu afecto, tus ronquidos.

No sé si estuvieses, pero sabría…

Rei Leão

“Olha filho, até lá, tudo o que você consegue enxergar são as terras do teu avô”, meu pai esticava o braço em direção de um horizonte de montanhas de terra vermelha, amontoadas sob um céu azul com nuvens, todas cobertas por uma grande massa de árvores. Entre elas, eu sabia, zigzagueava o rio Moa. Um rio bravo, não muito largo, com fundo de pedras polidas, e grandes rochas contornando suas paredes.

Eu devia ter seis, no máximo dez anos, e essa imagem, eu nunca esqueci.

Aquele território todo, basto de vários quilómetros quadrados, era plantado na sombra de suas ladeiras, com café e cacau. Meu avô havia sido dono daquele latifúndio havia umas décadas atrás, antes da chegada ao poder do Fidel Castro, mas durante a Reforma Agrária, ele tinha perdido elas. Desse causo minha família não falava, mas na época meu avô Maximiliano – até nome de chefão o velho tinha – tinha se revoltado e enfrentado as leis do governo, o que lhe custou prisão e encargos, e pior na época, o título sombrio de prisioneiro político.

Uma vez, às vezes duas vezes ao ano, visitávamos o reino da minha família materna, nas montanhas de Farrallones , no munícipio de Moa, na província de Holguín. Eram férias do campo: frutas tropicais silvestres, animais criados soltos na imensidão do bosque, aquele rio livre gelado que nascia no boqueirão de uma grande caverna, sinos de gado descendo a montanha, vizinhos distantes há várias léguas, sem energia elétrica, nem esgoto, chão de terra batida e candeeiro pendurado nos batentes da casa de madeira e pencas de palmeiras, sem pão ou manteiga, sem televisão ou torneiras.

Minha família materna era também numerosa. Minha avó Dulce Maria teve oito filhos com Maximiliano. Eles se haviam conhecido em terras próximas, do outro lado da serra moense, em terras da Baracoa. Ele era branco, olhos azuis e magro, bom partido e com poder. Ela era uma preta formosa, com um brilho raro na pele preta, olhos puxados, esticados num sorriso fechado. Ambos dois, muito estritos e de uma moral muito convicta: ele no esforço do trabalho, ela na paz do Evangelho.

Deles lembro com muito respeito. Minha mãe criou-me para louvá-los assim como ela, fora antes educada. Naquela época, o respeito e o medo moravam muito perto. Mas no escondido do peito o carinho que sentia por eles e pelo respeito àqueles silêncios quando eles estavam presentes, hoje eu lembro como uma dádiva, um sentimento que nunca mais senti por alguém.

Graças a essa paixão contracorrente, do branco à cavalo, terciado em dinheiro com a preta brilhosa de olhos, pintei minha alma de terra avermelhada, com cheiros de mato virgem, de pedras arredondadas no fundo de um rio, de mangas pingando nos trilhos de homens da montanha, de porcos sacrificados nas festas de domingo à beira da agua escorrendo, de banhos gelados em dezembro ou agosto, de primos e tias e mulheres e maridos de primas e tios que a cada férias eu conhecia e desconhecia, dos céus mais estrelados nunca depois descobertos, de bezerros dando o leite matutino, da mandioca e o milho cozidos na braça noturna, o cheiro de café torrado e pilado no quintal pelas mãos de todos, um por um, passando o pilão e aquele som repetido ecoando infinito, indo e vindo nas montanhas, aquele reino assinalado pelo dedo do meu pai no topo da mais altas delas.

A felicidade não conhecia horizontes…

Funeral de famosa

Diariamente alguém famoso morre. Seja um cantor, um escritor, uma atriz pornô ou um ex-presidente. Diariamente assistimos nos noticiários funerais alheios. A morte virou dinheiro. A dor subiu no Ibope.

No dia que minha avó Dora morreu tinha no cemitério mais de duzentas pessoas (ya comencé a llorar). Ela não era artista, nem famosa, nem menos líder da Revolução Cubana.

Dora foi mãe de dez filhos, uma sequência de netos, e até conheceu quatro ou cinco bisnetos. Tinha morado quase toda sua vida no mesmo endereço que ela viveu. No bairro de Santos Suarez, num bairro calmo de La Habana.

Naquela noite, no velório, minha prima ou tia Elena, não lembro, veio me perguntar se eu seria capaz de ler a despedida dela que tinha escrito meu tio Esteban. Eu era dos poucos que não chorava, focado na dor que meu pai sentia, e que nunca antes eu tinha visto ele assim.

Aceitei pelo orgulho. Pela dor. Pela falta de lágrimas.

No dia seguinte, depois que o caixão desceu seus três metros, e já lacrado o túmulo, dei um pulo e subi-me naquele box de granito branco. Sob mim toda minha família, meu pai aos prantos, meus amigos do bairro, e nas minhas mãos um papel frio de sessenta e poucos anos de vida, resumida poeticamente por alguém que a amava muito, mas que escrevia desde as neves do Montreal.

Eu li segurando o hálito enquanto escutava gritos, choros, pancadas de todos aqueles que talvez sem aceitar a morte, morriam de dor naquele instante.

A vida era curta apesar dos sonhos. Eu tinha vivido com aquela vieja todos os anos da minha vida (até ela partir). A dor em mim era tão grande como a dor de todos aqueles que me escutavam, mas eu sem entender ou querer saber, preferi ler sem lágrimas para que o resto chorasse em paz.

Minha avó Dora era famosa por ter criado sozinha uma família imensa, conhecida nas ruas próximas como “los muchos”. Era simples. Jogava o jogo do bicho todo santo dia, com combinações de sonhos, datas de aniversário e número que pedia ao acaso a qualquer um. E como minha casa tinha muita gente, as melhores festas do bairro aconteciam sob a vigilância dela.

Minha avó morreu e não saiu na imprensa cubana (que dedica seus esforços em manter só a cara-pálida do governo Castro), não precisava. As ruas do Cemitério de Colón perto do panteão da família Esquenazi (quem doou um espaço no túmulo judeu deles) ficaram lotadas de velhos conhecidos, vizinhança, amigos, filhos, netos, bisnetos e eu, sobre o granito branco, lia uma carta de despedida.

Quando acabaram aquelas frases adocicadas e não houve para onde fugir os olhos, levantei a cabeça e vi aquele mar de gente aplaudindo ou sei lá o que, cai de joelhos literalmente e rasguei a chorar.

As pessoas me pediam para me acalmar e para não chorar. Eu não tinha chorado a noite toda, então chorei para valer.

Dora y yo

Dora y yo

Passeio por uma Infância Distante

Ontem andei por Alamar, uma cidade de pequenos prédios pré-fabricados ao leste de La Habana, onde eu passava parte de minhas férias e finais de semana na casa da minha tia e primos preferidos. Desandei caminhos conhecidos com a certeza que não tinham mudado de lugar, e não houve surpresas. Cada coisa estava no exato lugar que eu o deixara há mais de quinze anos atrás. Naquela andança logrei me antecipar a cada atalho, parede, prédio ou árvore porque tudo era exatamente igual.

Aquele bairro fora construído por seus próprios moradores com subsídios do governo durante os anos oitenta. É um bairro feio, de prédios de no máximo cinco andares, espalhados sem nenhuma organização urbanística, dividido por zonas. Cada zona tinha seu mercado para comprar os abastecimentos, e onde confluíam outros serviços menores. Também algumas empresas e instituições do Estado num dos maiores planos imobiliários que foi conhecido como “Microbrigadas”, repartia terrenos aos seus funcionários para que com parte de suas horas pagas, fossem trabalhar na construção de seus apartamentos. A região é conhecida por ter abrigado as famílias mais humildes que eram removidas de moradias com perigo de derrube no Centro Histórico, e casualidade ou não, com uma alta concentração de população negra. Alamar é conhecido hoje por ser dos piores bairros para morar de La Habana, sobretudo pela falta de serviços e péssimo transporte.

Aquele apartamentinho no primeiro andar que eu frequentava tinha sido construído pelo marido da minha tia, Esteban, naquele sistema “microbrigada”. Ele era capitão da Marina Mercante de Cuba e no prédio onde morava minha tia Elena, e meus primos Estebita e Elenita, todos os vizinhos tinham alguma relação com a Marina. Anos depois meu tio abandonara o barco em Canadá e se exiliou. Depois conseguiu pagar as viagens de toda a família dele que hoje moram em Canadá e Estados Unidos. Ele começara escrever e hoje já tem par de livros de crônicas sobre os anos frente aos navios e os problemas dos cubanos na Cuba daqueles anos primeiros da Revolução.

Caminhando eu, ontem por aquelas ruas, a única surpresa que tive foi a de ver as distâncias terrivelmente encurtadas. Todo era pequeno menor para mim. Lugares que eu sabia, existem, chegavam em menor tempo aos meus pés. Era uma sensação esquisita. Era eu, Gulliver nas minhas próprias terras habaneras.

Nesse trajeto pequenininho, minha lembrança era transportada a minha distante infância. Este lugar era dos poucos que de pequeno eu vivi, e nunca mais visitara, e por isso agora me parecia tão surreal e mágico. Meu sorriso era de susto. Eu crescera em anos e experiência, e este era um fato. Minha vida tinha se esticado em livros, línguas e filho, mas aquela cidade feia à beira do mar tinha ficado igual.

Então pensei nos meus primos e tios que certamente há muito tempo não caminham por aqui. Eles também tinham crescido, ganhado em livros, línguas e filhos. A saudade daquilo tudo era gigante, porque da infância da gente, quase sempre temos saudades. Qual seria o tamanho desta cidade para eles hoje tão distantes destes passos?

No fim do passeio cheguei à desembocadura do rio Cojímar, divisa entre Alamar e Cojímar. Este bairro é dos mais tradicionais de La Habana e mais conhecido por ser o lugar onde acontece o famoso romance de Ernest Hemingway, “The Old and the Sea”. Caminhei até a beirada, perto da ponte que as pessoas usam para passar de um lado ao outro, e no encoste rochoso sentei-me. Não houve surpresa novamente, a infância e meu ser, estavam finalmente em paz… meu mar.

O burro, a camela e um sem-fim feliz

Uma camela e dois camelinhos. Um burro guiando-os acorrentados sob o bafo do deserto. O asno, cabeça baixa, orgulhoso e cansado, os puxa num esforço que supera a dor, levando-os pelo caminho certeiro até a felicidade.

Essa é uma imagem real.

Desde que tenho lembranças, lá estavam esses animalzinhos de madeira talhada, acorrentados sob o bafo do Trópico, sempre se movendo pelos cantos de casa.

Meus pais tinham ganhado de alguém muito próximo a eles no momento do casamento.

Era uma imagem feita em madeira, com toda a fantasia de uma criança, crescida e cuidada no carinho de quem, orgulhosos e cansados, nos levavam – minha irmã e eu – pelo caminho certeiro até sermos felizes.

Eles tinham se conhecido em La Habana. Minha mãe tinha saído de um latifúndio confiscado de terras de café e cacau que pertencia a meu vó para estudar na cidade. Meu pai, que era muito simples, a conheceu no surpreendente acaso do amor.

Logo depois que se apaixonaram, e voltando para a casa de um irmão da minha mãe, onde ela morava perderam o último ônibus. Meu tio ficou chateado e pediu para escolher.

Na casa onde eu nascera quase cinco anos depois, da minha avô mãe do meu pai, era impossível eles viver a nova paixão. Dora tinha um batalhão de dez filhos, maridos e mulheres de esses filhos, e alguns já netos dessas uniões.

Foram dormir em praças públicas, em bancos de madeira rasgada e metal oxidado. Dormiram sob a sombra halogênea de flamboyants – a árvore maravilha – cedros, paineiras e palmas-reais. Descasaram abraçados, nos cafunés da noite habanera, na rara tranquilidade de estrelas limpas despoluídas. Conviveram o amor com noctâmbulos, bêbados, doidos, retardados, outros amigos da estrada do amor.

Eram felizes.

Eu me lembro deles contando as histórias com uma paixão que até hoje os mantém juntos, sorridentes e orgulhosos como o asno, a camela e seus dois camelinhos na travessia da vida.

Depois eles descobriram uma grande casa ou armazém dentro de um lixão perto da zona portuária. Lá se foram eles testarem a felicidade. Lembro de que dividiam espaço com outras famílias que tempo depois também viraram amigos comuns. Deviam ter que transar no cantinho, em silêncio, para não ter que se misturar demais o seu amor.

Essa prova de amor, eu acho, deve ser das mais grandiosas.

Não se faz amor calado. O amor se grita a todo vento. Desenha-se nos muros de cidades. Risca-se em pontos de ônibus. Escreve-se na coluna social do jornal de domingo com lápis sobre a crónica de economia. Faz-se com gestos, de braços abertos, aproveitando a sombra que bate no chão. Anuncia-se, caindo da altura mais alta, perante a morte, antes de morrer, sonhando.

Esse amor se lhe conta aos filhos para que depois eles os escrevam em blogs, na fantasia de quem não viveu aquilo. Se lhe canta aos netos nas vozes de fadas e anões. Lembra-se por sempre no abraço matinal de quem ainda vive junto, como quem na ausência de paredes ou compreensões familiares se joga na rua, sob a sombra de praças, dentre os cheiros excitantes de um lixão.

Eu me lembro do burro ter perdido uma pata, e mancando ainda puxava a corrente da camela. Recordo-me da corrente entre a camela e o primeiro camelinho, ter perdido a continuidade dos dias – e dos parques ­– mas seguirem juntos, dispostos trás os vidros de uma prateleira de casa; como eu que já solto cruzei o continente à procura de uma imagem suficientemente bela para contar para meu filho, depois neto – quem sabe um plural desses sujeitos – e me fizesse acreditar em fadas e anões.

A felicidade tem poucas palavras. A tristeza já é mais difícil, contá-la.

ps. a imagem usada, tomei da Revista Zupi, obra está exposta num mural em Miami.