Despedidas da viagem*

“Negro, estou indo embora…” a despedida era eminentemente em breve, lhe disse a Meple ainda num abril há quase dez anos, casi diez años. Despedidas naquela ilha-à-deriva eram infinitas ou definitivas: eu não sabia, como poderia eu saber?

Nos demos o primeiro dos longos abraços: um aperto demorado de silêncios, tus cabelos despencando entre nossos peitos, a respiração continua e perdurável de nossos hálitos, os olhos fechados adentrando nos corpos de um, e do outro. Era, seria uma espécie de último e pôstrer abraço.

O tempo havia se detido caprichoso desde então, no primeiro daqueles últimos abraços nossos. Era uma esquina qualquer de La Habana, que hoje não mais lembro, naquela ilha que jamais voltou ser nuestra.

Daquele instante em diante, até que definitivamente minha partida-vinda ao Brasil se concretizou, passaram-se cinco meses “… estamos nos despedindo, Negro” (a memória recria suas próprias palavras, salvo-condutos de auto-afirmação e sobrevivência); e durante aqueles instantes o tempo se encolheu entre as mãos daquele agarre, entre dedos e unhas, o suor de nossa caribenha continuidade, tus dreadlocks y los mios aún sin hacerse, futuros, eram nossos olhos pretos, tão perto.

Ninguém compreenderia nossa despedida solitária, intuída, de finais exorbitantes e misteriosos, sem antes saber da nossa amizade de asas voadoras e de ensonhos. Nadie, talvez, ni siquiera nosotros.

Nos cinco meses posteriores ao momento do primeiro-último abraço a promessa seria cumprida a riste: o encontro é no presente: começa nos olhos, termina no fim do abraço, e será único sem aguardar o próximo abraço porque não há amanhãs na terra dos homens, nesta terra nossa, sua e minha.

Assim fora o antes que seria: vimos-nos sempre como se aquele instante fosse o último de nossas vidas.

E Meple… cumprimos com honra: hoje é sempre ainda: todavías.

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Renaces 

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    Renazco 

    *o título foi dado por você, Benjamín.

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De dormir viene la noche

El Santi se fue, dijo adiós al cuerpo y a los rarísimos estrenos. Dejó sus historias a los suyos. Y a nosotros, los ensueños. Dejó tristeza, muchísima, de la que en fin cada uno se hace responsable, y vive.

En mi memoria, clavado el instante en los recuerdos, tengo ese último regalo que el mismo Santi me regalara. Había llegado hacía un par de días a La Habana. Era este último noviembre del año 2013 y el mismísimo Zurdo tocaría.

Encontré a Claudia en la casa de Carmen y unos rones después fuimos a pie hasta Línea. Cogimos un taxi hasta el Bertolt Brecht. Por ellas supe del concierto, y de ellas supe que están preparando un documental sobre dicho Santiago. No me sorprendo. Si alguien yo conozco que es amante de la poética del Santi, es ella, Claudia Expósito. Por eso, más que obvio lo del documentarlo “ay cojones, ¿y ahora Cló?”.

Santiago es la izquierda de la guitarra. Izquierda de los opuestos. Los inversos. Fue la revolución de los versos de seis cuerdas. Yo lo escuché en bocinas. Lo escuché en los palcos colorido de botellas y, distante en las plateas. Lo escuché por dentro y, lejano en mis nuevos países.

Por ahí andan enredándose en apologías sobre las ideologías que cantaba un Santi de la dimensión de él. Al poeta deberían preguntarle de poesía, y al hombre, pues otro hombre que le pregunte.

Santiago es música para la soledad, que es el lugar donde vive el creador. Desde ahí donde componía, escribía y cantaba el Santi. Y desde allí que hay que escucharlo, con el alma leve y sin amarras. Libre y solo. Solo.

En la sala de aquel último concierto, hace menos de tres meses, éramos menos que cincuenta los que todavía no sabríamos, sería su último concierto. Si no su último, al menos el nuestro.

Yo de tantos destierros personales,  La Habana, más que un regalo, era mi propio ensueño. Y Santi, para mí, era la llave de entrada para ese comienzo.

Nos quedamos ahí, escuchándolo, riéndonos, bebiendo, sin exigirle mucho a la apatía de las luces frías y de aquella imagen del hombre con guitarra sobre el escenario. Había un adiós, ahora que lo pienso. Porque yo vivo así, abrazando despedidas todo el tiempo.

Entonces disfruté escucharle nuevamente todas “sus” verdades, deliciosamente entregado a lo que “mis” verdades me ofrecían. Y al final, salimos de ahí como otra noche cualquiera de esta vida efímera.

El Santi se fue, y nos quedarán de él, nuestras historias. Sus versos reinventados. Revividos. Hay quien le pedirá en su tumba, firmas para nuevas o viejas constituciones. Hay quien le exigirá haberse hecho cargo de más de un ministerio. Hay quien le pedirá silencio.

Aquí hacia el final, me recuerdo mucho de ti, Cló. Vaya por pensar en alguien que pueda  abrazar, y que me recuerde al Santi. Aquí te van dos instantes de aquella noche.

Vinheta bilíngüe para um retorno-adiós.

Agora cruzei de volta a ponte, novamente. A ponte é, por demais, um braço-abraço tingido de mar-continente. Estou de volta, Brasil, meus amigos e a cidade maior.

O instante de pôr os pés no asfalto se tornou tão trivial, que não houve aquela emoção. Ali estava meu filho de braço-abraço correndo em direção da mãe, e yo, nem triste ou faminto,  fiquei de ladinho vendo tudo acontecer.

Quem leu, conhece muito do que aconteceu por lá, minha ilha distante-à-deriva. Permiti-me largos momentos para registrar o segundo ocular, e o movimento por ação, a intenção de um sentimento, os poucos absurdos que vivi. Voilá…

Crucé el puente, nuevamente, en dirección del Sol. En la ventanilla, la presencia mi hijo, no me permitió ningún sufrido adiós. Yo era la rarísima felicidad de su instante, y el deseo de irse-regresar.  

En el aeropuerto la instancia se vistió de insensatez, por esa amarga certeza de volverlos a ver (todos y todas). No mentí si prometí regresar, pero la noche era fría y no habría motivos para no intentarlo otra vez. Mi hijo y yo vimos a mis padres, sus abuelos, sonreír. Era distante el momento, a lo largo de toda aquella luz de la despedida, pero era indudable y grande, el más grande y genial de los adioses. ADEUS.

O impulso foi tênue, e quando apareceram as avenidas conhecidas do sobreviver, entendi por acaso ou por fé, que era daqui onde este pedaço de corpo gastado dos trinta lhe pertence este viver. O apego não é suficiente, mas existe a raiz. Semente lançada em prantos e beijos, e mortes e orgias, bailes e poupanças falidas. Tudo sem destino…

Abri as malas sem temor de ter esquecido. O que não é de mim, flutua no Edén perto da mão, a boca ou as entrepernas. O meu, que é meu, eu escrevo no intuito de tê-lo para mim, e persisto: tenho que ser feliz.