El patio de mi casa…

Nuestra casa tiene un patiecito.

Un fragmento de cielo estrellado con tres árboles y tantas hojas por el suelo y otras tantas en el firmamento. Las hojas caen. Las hojas se las lleva el viento.

La yerba que crece bajo nuestras pisadas es silvestre. Florecitas tenues brotan en grietas de un verde distinto. En las esquinas nascen otros matojos de espinas finísimas, con otras flores tan raras y convictas.

De aquel pedazo de jardín eterno, surgen lo más increíbles bichos. Insectos centellantes que viene a saludarnos. Maripositas de acasos surgen siempre en lugar de una cierta poesía. Los pájaros trinan de mañana, cantan la tarde, de noche susurran, de madrugada vienen a llorar.

Nuestra casita tiene un gran bosque donde enterramos conversaciones y silencios. Amamos en instantes de ahora, de cuando en vez, una mariposita se avecina. La poesía mueve los gajos altos de nuestros árboles. Los pájaros espían sin saber lo que entender.

Vivir es ver la sombra en la luz. La lluvia haciendo dos mil sonidos todos distintos. El sabiá delirando para coronarnos. El humo del banza haciendo dos mil vueltas antes de desaparecer.

Existir es desaparecer a cada vuelta. En nuestra casita existimos: tantos árboles en el suelo como en el firmamento. Amores centellantes del acaso cierta poesía.

Este patiecito lleno de estrellas, raras, convictas…

Carnaval de rua

Carnaval de rua en Brasil es así… Son miles de blocos por toda la ciudad. Aquí en Sampa, la mayor concentración de ellos son en el Centro y en la Vila Madalena.

Los blocos tienen un tema, un estandarte, una batería de músicos y muchos amigos para acompañar. Marcan un horario y un lugar donde espontáneamente la gente se va allí para cantar y bailar. Al rato de la concentración, el bloco arranca por las calles y avenidas, hace paradas momentáneas y luego vuelve andar.

Bloco Fluvial do Peixe Seco

Bloco Fluvial do Peixe Seco

Las personas van fantasiadas: marineros, bailarinas, los personajes más increíbles, bigotes, pelucas, maquillajes, colores en demasía. Hay serpentinas. Mucha cerveza y mucho mucho alcohol. Hay gente que conoces y otros muchos por conocer. La gente se pega, se beija, se toca. Ambulantes venden de todo, y el tráfico para ante la multitud.

Ilú Obá de Min

Ilú Obá de Min, pré-carnaval.

Algunos blocos son más tranquilos como el Bloco Fluvial do Peixe Seco o el Bloco do Fuá, ambos do bairro do Bexiga, no Centro de São Paulo. Otros mayores, multitudinarios, gigantescos como el Bloco Bastardo,  Académicos do Baixo Augusta o el Jegue Elétrico. Hay unos muy tradicionales: Bantantã aquí en Butantã que ya tiene más de treinta y cinco años y son unos ancianos quienes tocan trompetas y trombones y tambores o el Ilú Obá de Min, cortejo con más de cien mujeres que bailan y hacen la música que sale del centro de la ciudad.

El carnaval está a medio parir… sí porque la fecha marcada por las festividades católicas no para por ahí. Todavía quedarán algunos blocos para salir y mucha fiesta para se divertir.

Capoeira: A própria língua do corpo

“os nomes não me prendem”

Mestre Pinguim

Capoeira é a língua do corpo. As palavras que gestam braços, virilhas, e pernas. Conversas em apoios, torções, e giros. Perguntam-me com chutes, socos, rasteiras. Respondem-se nas esquivas, cocorinhas, e rastejos.

Cada pessoa e os corpos tem um jeito inigualável, exato exclusivo. Como a voz que me sussurra sentidos, todas e todos, diferentes. Como os olhos que vem o horizonte, e perseguem com fome de herói, cada um com o seu espirito.

Cada pessoa tem sua capoeira. Seu jeito especial de gingar e seu modo de sonreir al espejo.

 Aonde vá está mão que pende? Até onde consigo levantar essa minha perna? Qual é o espaço exato que se esticam meus dedos? Onde está a minha sombra, existe?

Abaixa, vem aí uma pernada destruindo poesia. O pensamento te eleva do centro, perdido em devaneios, lá foi o presente, esquecido virou esquecimento.

Abre o olho. Abro-o.

Tudo quanto existe está alí frente, acima, abaixo, em volta; tornado visível, aquilo se faz forma, e sentido, e entonces vivido.

É, nas palabras do gesto, que não é possível mentir. Fala-se em silêncio, fala-se num beijo. Explica-se no abrazo. Se faz arte no sexo.

Não há nada que o corpo, este conjunto ósseo musculoso travesso, não consiga dizer para o outro.

Somos um, diferentes, todos. E neste espaço-vida onde o encontro sua, roce e pele, hálitos que perfumam as palavras. Cada um que baile do seu jeito.

Capoeira… Capoeira… Capoeira.

Iê!

De como llegar en casa en tierras ajenas: una perspectiva del presente.

Una nueva casa, un nuevo hogar. Parece juego de niveles. Yo personaje de este proyecto loquísimo que es la vida. Como si fuera un héroe y su fiel compañero, el Benja me acompaña, valientemente.

Hace un mes que estamos en el Morro del Querosene – quien se imagina que aquí hay mucho fuego, ni lo dude, este barrio es también maravilloso. Y quizá sean mis ojos que ven muchos árboles y cantos de pájaros. Quizá sea yo, quien en mi interna serenidad descubre calles cubanas subiendo laderas paulistas. Aquí, podría encontrarme sin dudas cualquier de los amigos de antes, de aquellos que la vida y la geografía enviaron lejos.

Nuestra casita azul es pequeña. Apenas dos cuartos, un bañito, una sala-cocina-comedor. Benjamín me pregunta – ¿aquí é a sala? – y sí pues, a veces es sala, algunas veces es comedor, casi siempre es cocina.

Alexandre, el sociólogo de casa, es adepto al cine y ya sé le encanta la isla. Si todo sale bien, pronto él estará por allá y conocerá en carne y hueso aquello que tanto hemos hablado en casa sobre Cuba. Esta ilha tão difícil de se entender na distancia Esa isla difícil de entenderse a distancia y mucho más difícil de vivirse desde dentro.

Las casas vecinas son de varios colores: azul, verde, naranja, vermelhas. Una estrecha escalera las divide, por donde circulan los 5 o 6 gatos de la villa. La mayoría de los mininos son de Camila, una artista plástica – creo yo – que se preocupa tanto con los felinos como yo con mi hijo. El otro gato es de Sara, la nueva amiguita del Benjamín. Ella tiene tres añitos también y bueno ya se hicieron los “mejores” amiguitos. Sus padres, Verónica y Fabio, son también buenos queridos míos. A Fabio ya lo conocía de la capoeira y fue una feliz alegría encontrármelo por aquí.

El barrio es de calles soleadas y casas con jardines y perros. Pocos carros suben y bajan sus laderas curvas. Es el mismo de la Festa do BoiPor veces vi mi infancia, de la mano de mi abuela, por aquellas calles soleadas de Santos Suarez, allá en La Habana.

Los ojos de niño brillan por cada grieta, cada nuevo sonido, cada rascuño de paredes pintadas. Una frase diferente, leída al paso del nuevo caminante. Benjamín de mi lado, descubre también esas nuevas texturas, esos aromas de vida diferente.

Regresando a casa, por sobre los tejados anaranjados sobresale un bosque de altos gajos, pinos, araucarias, quizá alguna casuarina, alguna ceiba escondida. Es una imagen de finos contornos de verde como si la ciudad, esta grande ciudad, falsamente, terminase después de nossa casa.

Es bueno sentirse en casa.

La fiesta de la muerte… (Festa do Boi – A morte)

Domingo es día de fiesta. Hay para quien familia es fiesta. Hay para quien ni hay familia, ni fiesta, ni domingo.

Mi familia, mi fiesta, mi domingo es Benjamín, y para él fiesta es Festa do Boi. Yo imaginándome ser ese niño que todavía me creo, y que reconozco, se abraza, vive en Benjamín, me divierto, sonrío, quiero todo para mí.

La noche anterior le dije “Benja, mañana vamos a la fiesta del Boi”. Abrió los ojos, él ya sabía, recordando otra fiesta anterior, yo imagino, la felicidad de ver tanta gente, niños, perros bailar, beber, sonreír al ritmo de tambores, cantos y gritos. Cuando despertó, era domingo de sol, se levantó súbito apoyándose en las manos y sentando, sonriéndome, me dice, “Papai vamos para festa do boi”. Benjamín fala português pero entiende todo en español, y cuando lo quiere demostrar me dice con una certeza de que todo le es posible y que todo es posible existir, y que el mundo a sus pies espera abrírsele: “VENTANA”. Esa palabra es su manera de abrirse a otra realidad, – en ese otro idioma distante y cercano – es su dominio, su fuerza, su intensidad.

Abre ventana, ábrete para él…

– 

Esa festividad es una tradición de origen maranhense que se sucede tres veces por año en el Morro do Querosene, un barrio de casas y calles curvadas, con gente simple, artistas, bons vivants. El nacimiento, bautizado y muerte do Boi son las tres celebraciones, en fechas distintas. Ese año por primera vez fui, fuimos los dos, al nacimiento.

Y domingo pasado, iría ser la muerte.

– Descansa en paz meu boi.

Y esa extraña puntualidad me mordió nuevamente. El barrio de rosas en los jardines, perros ladrando al caminar, los pocos carros bajando en punto muerto la ladera, los pájaros trinando, el olor a humedad, las señoras, las moças bonitas con hijos. Nosotros dos, extranjeros de allí, extraños el resto a nosotros dos subiendo, viviendo todo aquello, y la fiesta distante de comenzar, porque todavía estaban montando los quioscos, poniendo las banderitas, encendiendo el fuego que calentará el cuero de los tambores, preparando los disfrazes.

Nos encontramos con Cris. Un detalle importante es que de las personas que conozco, fue la última que abrazó a mis padres, mi hermana, mi familia allá en Cuba. Ese abrazo valía el abrazo de todos ellos juntos, viniendo en un viento de memorias, un agradecimiento inmenso, una sonrisa compartida bajo el sol cortante de la metrópoli. Benjamín no hizo mucho caso, ya estaba intentado colarse en el maletero del carro de ella. Me pidió para cerrarlo en un abrazo metálico y caluroso junto con sus juguetes y su deseo.

– Tus deseos son órdenes, mi hijo… cuando tu felicidad no te pone demasiado en peligro, y algunas otras reglas comunes, sociales, es difícil a veces definirme eso, te dejo hacer, simplemente ser. Te encierro y muy feliz, me despides.

Como una fiesta del C.D.R. – cubanos saben de lo que estoy hablando – las calles, la gente junta, se ajunta. Todo por la muerte del Boi; por la felicidad de ver que los edificios todavía no acabaron con todos los árboles, allí en medio a la placita, uno solitario se levanta; por constatar que ni todo lo que vivimos, sentimos, nos hace feliz, sale de una cajita plástica llena de cables y chips y que por ironía de la naturaleza llaman plasma. Si hay algo que nos hace feliz, a mí, a ciertos humanos, es compartir la alegría por la alegría, la vibración del cuerpo por simple vivir, por existir.

Benjamín estaba feliz.

Los tambores, en las manos de quien les darían vida, para después tocar la muerte, se acercaron del fuego. Alrededor, mujeres casi todas, con vestidos de plumas, muchos tejidos coloridos y sombreros, sonreían y sus miradas, cómplices de toda aquella excitación, me envolvían inconscientemente en una delicada pasión.

Ama quien sorprende en los ojos de otro o amor.

Benjamín llamó la atención de la galera que iría a danzar. No porque ellos estaban interesados en él, sino porque él quiso, quería, y fue tras aquello que quería para él. Corrió delante de ellos, emprestó sus globos, le regalaron una mano de peluche, se calló, pidió de comer, le preguntaron el nombre, él respondió, se emparentó con otro de su edad, mamá soltera creo, también lo aceptó, perdió con el otro un carrito, lloró, compartió, corrimos, bailamos, comimos, se cansó.

Cerca del fuego, los hombres tocan los tambores fuertemente, especie de pandeiros grandes y también cantan músicas que muchos saben. Una rueda de colores danza entorno del Boi. El Boi sabe que irá a morir.  De hecho todos allí irán a morir, es duro aceptarlo, pero esa es la intuición suprema del vivir. El Boi se agita huyendo del machete, del lazo, del amor. Por veces se escapa por las calles y antes de llegar a la próxima esquina lo capturan y lo traen. El sol cae recto sobre las sombras danzantes. A cada vez la música para, recalientan los tambores, el Boi cambia de “ser”, la rueda descansa, el resto va hasta una sombra, se seca el sudor bajo las ropas, bebe agua y espera el cántigo comenzar.

Nos incorporamos a la rueda, los dos. Es difícil ser uno sólo cuando estamos los dos. Somos dos en uno, pero todavía dos.

El Boi va a morir. El Boi muere todo año y todo año vuelve a nacer.

El cortejo partiendo de la placita atravesando el Morro para después regresar a ese mismo lugar. La procesión avanza trayendo a todos a las ventanas, a las puertas, a levantarse de las mesas de los bares. Nosotros bajamos por la acera, entre las figuras danzantes y los músicos, un poco antes del camión del sonido.

Nosotros también moriremos un día.

Pero hoy es domingo, hoy es día de ser feliz. 😉

Mis parques

Recém descobri aqui na Vila Gomes, no bairro onde moro na Zona Oeste de São Paulo, uma praça que me trouxe de volta as lembranças de “meus” parques de La Habana. Na verdade quem o descobriu foi o Wilson, meu mais cúmplice cubano em chãos paulistanos, enquanto passeava com a Morena, a cachorra dele.

Parque, para quem não sabe, e onde você pode ir quando vier a vontade e curtir as estrelas de uma bela madrugada. Madrugada, pra mim, é um céu com estrelas, e um silêncio virgem que só permite aos cães réus latirem aos gatos livres que transitam a mesma noite de céu estrelado. De esses parques e madrugadas, só conheço destes lados da cidade; esse.

Em La Habana, desses, eu conheço muitos.

O parque La Sola foi minha praça de infância. Estranhamente chamava-se assim por uma rua do bairro que não passava exatamente por ali. Quando eu nasci minha família morava numa simples casa na rua desse nome: La Sola 117.  Até lá andávamos el piquete por vinte minutos tocando campainhas, pegando mangas se era a época, mexendo com outras crianças do bairro. Tudo divertido. Era um parque cheio de flamboyants, a árvore que para mim marca, as estações.

Nesse lugar me lembro de uma de minhas proezas de crianças. Uma corrida que devia ganhar, só para me demostrar – coisas do ego – que poderia ser o melhor da escola nesse item da educação física. Eram doze voltas das quais fiquei apenas no segundo posto até a última volta. Eu acreditei, e ganhei.

Hoje teria aceitado o segundo lugar.  Eu não preciso vencer para saber quem sou.

Em Cuba, os parques não temem da invasão nem se fecham com cadeados para dormitar. Vás ver casalzinhos de pernas cruzadas nos bancos, tentando não gemer ao gozar. Cachorros soltos perambulando ao que vier virá. Sagradas intervenções da mais pura fé africana. Pequenos grupos entorno a um violão, duas garrafas de ron e um eclético menu musical escolhido ao acaso pelo assobiar.

Éramos três amigos. Dois com pintinho. Ela sem. Fumávamos unzinho naquela brisa de querermos firmar gente grande. Talvez nem isso nos fosse consciente. Era só para rir mais. E no queima aqui e acolá, de mão em mão, o cheirinho vem, sobe mais, rachando daquela piada besta, avisto dois gêmeos vir.

Tivemos que chorar de rir.

Son gemelos sí, están vestidos iguales – confirmei ainda sem conseguir parar de rir.

A madrugada era úmida. O Parque de los Enamorados é um quarteirão inteiro num bairro que se poderia chamar de residencial. Os gémeos vinham na nossa direção, cabulosos, nós interpelar – son policías cojones! – e se viu a erva voar, e nosotros ainda sorrindo, bem chapados e ligeiros, fomos nos beijar. Ainda os mesmos três.

Mas Calle G como se conhece a Av. Dos Presidentes, um passeio central que desce até o mar, foi o parque que mais cresceu dentro de mim. Acho que era ano 97, sepá, quando me apresentaram. Eram meus primeiros momentos de curtir metal, e ali que se juntava a galera depois dos shows para socializar. Socializar, escrevo eu aqui para inglês ler. Na real, era o espaço mais sem noção de toda a ilha. A madrugada ficava invadida por zumbis de preto, e tatuagens, e infindos referenciais de rock-and-roll internacional, e drogas artificiais, e remédios de alucinar, de indas e vindas sem nada procurar.

– Mas, tipo assim, existe rock em Cuba?

Ah, filhos da Tevé Globo e sobrinhos da Ilustrada. Pois bem, descia lá par de noites por semana a curtir os amigos e a perambular. Experimentei. Briguei. Corri de policia. Vi carro capotar. Namorei. Falei besteira. Andei, voltei, fui de novo, retornei. Tudo sob o sublime céu de Habana.

.    Sem grades.

.                             Nem medos

.                                                        Sem taxas.

.                                                                                Nem dinheiro.

.                                                                                                                Sem sono.

.                                                                                                                                        Nem fome.

Daí levei “meu” amor nesse parque no Butantã. Um do lado do outro, vimos a noite avançar. Na praça, porém, só apareceu a solidão. Somente não, que esse é um bastião que ainda tem que aprender abraçar. Tirei a camiseta, os chinelos, abri os braços. Nalgum lugar desta cidade me senti naquela outra cidade nalgum outro lugar. Todos “meus” parques nessa praça aos meus pés.

Toda a minha história…

ps.  O nome da praça é Antonio Manoel de Espírito Santo