A chuva, minha felicidade.

Dia longo, na chuva molhada ininterrupta deste inverno, que nasce no peito e morre no sono. Dia um só, feito de estilhaços, pequenos minutos, instantes infinitos da vida que vivo – e escrevo. Dia que vivo, e na noite é que escrevo do dia vivido.

O sinal macio do despertador, a fresta clara através da janela, a hora marcada, a longa preguiça que desce o bocejo feroz da manhã, no frio que espanto com meu próprio abraço.

A solidão dos sonhos relembra: a vida é uma só, sozinha, e o tempo contado na pulseira de um dEUs malcriado, pueril, instigante.

Sob o chuveiro quente, minhas mãos se esfumaçam, e o corpo retorna daquele outro corpo que em sonhos brincava.

Sou apenas um homem, este moço sem pés nem destinos, que de frente ao espelho me pergunto aquelas coisas que nunca me atrevo,

SILÊNCIO.

Meu filho que acorda, sorri. É a primeira palavra que escuto neste dia de inverno chuvoso. Sua terna alegria me lembra:  “a humanidade está próxima com suas queixas e deixas” e pelo ritmo marcado, pautado dos dias, é que o relógio ainda existe pulsando segundos.

Mas quem, alguma vês disse, que a felicidade se veste de eTernos? Felicidade meu filho, é o instante constante de se sentir vivo. Não é o chocolate que nos lembra do fim dos estigmas…  é o gesto da mão que oferece, ou aquela envoltura de enfeites rasgando o silêncio. Ninguém assegura que o sabor, aquele gostinho delicia, nos fará menos tristes.

Sob a chuva, eu vi hoje, milhares de homens e mulheres se renderem, ao opaco rosto de quem não percebe que a chuva, como o sol, como as árvores, como o rio e o mar, como as nuvens suaves que pendem dos céus, só tem um sentido, um único e divino sentido, de nos fazer, lembrados para não ser esquecidos: ESTAMOS VIVOS.

E ainda, eu que sob a chuva, de mão agarrada a mão do meu filho, sorriso agarrado ao sorriso no meu filho, lembrado e nunca esquecido: ESTOU, ESTAMOS VIVOS.

Do resto do dia, ainda com chuva, e frio, e vivo, me reservo o silêncio. É bom ficar quieto, filho.

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Viva Mundo Libre! Mundo de ordem e progressos.

Ayer, finalmente, pude ir a la Marcha. La paternidad y una gripe violenta me habían dejado esta semana al margen de los protestos contra el aumento de los transportes públicos. En principio era “solamente” por 20 centavos, pero lo que se ha visto es un creciente e incesante movimiento popular contra varios y muchísimos problemas sociales y políticos imperantes en este Brasil nosso.

En las cuatro manifestaciones anteriores la policía militar de São Paulo había dejado su furiosa marca de balas de goma y gases lacrimógenos, forzando al resto, desprotegido y miedoso, al corre-corre y quiebra-quiebra. Ayer no fue así, la PM, determinada por sus superiores se escondió en entrecalles y pasadizos, vigilando a distancia los acontecimientos. Andaban como ratoncitos en sus escondrijos, mordiéndose el queso y salivando el odio.

Confesso fiquei com vontade de uns disparos. De uma fumaça dando o efeito moral aos gritos. Fiquei sentindo que o feijão ficou ainda sem tempero.

Em Cuba, desde pequenos vi manifestações gigantescas serem organizadas pelo próprio governo. Não se surpreenda. Mais de um milhão de pessoas lotava a Plaza de la Revolución, enquanto o resto da cidade ficava silenciosamente em casa. La Habana tem pouco mais de dois milhões de pessoas. E supostamente todos teriam de ir à Plaza. Ficar na Tv, ou simplesmente como mi família, em casa curtindo um dia juntos era na época uma espécie de rebeldia. Meus pais nunca foram a nenhuma manifestação. Eu mesmo, nunca fui a nenhuma daqueles teatros de marionetes politizadas. A gente, não se sentia que estava discordando ou se manifestando contra, simplemente não íamos, como quem concorda, nossa revolução é nossa casa.

Lá variavam os protestos. Os yankees alguma coisa. Os europeios ou alguma emenda. Perigo de invasão quase sempre prestes a acontecer. Cinco cubanos presos em Miami. Elián, um menino cubano que se salvou no mar, e chegou vivo a sua família em Miami, daí o pai na ilha, o reclama e os do norte, não querem devolver. Ditaduras geram sempre um inimigo capaz de destruí-las e que precisam ser defendidas à todo custo.

O fato é que por alguma razão ou outra, se manifestar em Cuba, na época que yo vivia lá era apoiar  o governo, que longe de se deixar questionar, fazia questão de ser apoiado.

Blasfêmias!

En Brasil, a pesar de la posibilidad de manifestarse ser real, siempre me pareció, ausente de sentido. Por su grandeza, por su riqueza, me parecía que nada haría sentido. ¿Para qué? ¿Para quién? En la gran mayoría – não excluo a minoria, que bem sabe o que realmente acontece e se manifesta ­– basta, estar bien con las cuentas bancarias, tener derecho a sus vacacioncitas, dar entrada en carro nuevo, porqué no, intentar comprar su casa. Posturas políticas, inclusive pareceres políticos sobre determinada causa social, no es práxis de la mayoría – a minoria não berre, sei que tem gente muito engajada, mais do que eu, por exemplo. Siempre pensé que era una malformación de la educación que tuvieron, nacer en un país capitalista, con una sociedad de consumo, no debe ser tarea fácil.

Estrella Solitaria Negra - um protesto por direitos elementares em Cuba.

Estrella Solitaria Negra – um protesto por direitos elementares em Cuba.

Brasil país en desarrollo, capital altamente creciente, mucho samba, fútbol y putería, sube el volumen de la música llegó el carnaval, “¿para qué luchar?” votar izquierda o derecha tanto da, es una país gigante no se le puede cambiar, pensaba “¿por quién luchar?” mis amigos, la mayoría, tenemos muchos problemas personales para solucionar, el dinero es poquísimo, vamos a bailar, el trabajo es arduo, difícil articularse, pensar juntos en un futuro mejor, “¿mejor para quién?” pero este es mi país, mi hijo nació aquí, él es brasileiro, entonces, la minoría, esa minoría que lucha desde siempre, de lejos, parece alienada, “no, no lo van a conseguir” eso dice la mayoría desde fuera, fuera de las balas de gomas y las bombas de gas, digo yo, “este es mi país” grande de norte a sur y todavía no lo conozco bien, sube el volumen, es goooooool, no hay motivo para menguar, el sol está aquí fuerte en el pecho, e iluminando algún cierto porvenir.

Ayer salí todavía con gripe y mucho dolor, casi no grité, había veces que aquello me parecía un teatro. La vida es un teatro. Yo soy un actor de mi propia pieza que aquí escribo el guión. No quiero final feliz. Quiero acción. No quiero muertes, aunque habrá. Por eso, caminando en medio a aquella multitud lo que vale todavía, y sobretodo, es el amor. Es encontrar a los conocidos al acaso, y abrazarlos, como los abrazaría si estuviese en una fiesta cualquiera, en un evento cualquiera. Tomar las calles por derecho, ya es hacer el deber. Somos parte del teatro, entonces tenemos que actuar.

Em Cuba hoje em dia, já tem quem sem temer das represálias se vá as ruas a gritar por melhoras, assim com no Brasil, temos feitos milhões de pessoas (odeio cifras do datafolha e do g1). Lá, diga-se tem que se redobrar a coragem. Corre-se o risco de ao invés de vândalos, ser chamados de contrarrevolucionário – será que isso existe? – ou pior, de vendedor da pátria – o que será que e pátria?, eu mesmo não sei mais – teus amigos podem ser teus inimigos e te entregar a policia ou você perder o emprego que mantém sua família.

Na Cuba de hoje, distante e isolada, sair às ruas pode terminar em tortura, em meses de isolamento, em desterro. Poucos, mas cada dia mais gente, tem quebrado o silêncio e se posicionado contra um governo que já foi do povo, mas hoje como qualquer outro governo faz tudo contra o povo.

HOY voy a salir a las calles nuevamente, con mi bandera de estrella solitaria, clamando por un país sin gobiernos, o pidiendo que al menos nos representen – eso realmente no lo espero. En Brasil o Cuba, por un país de paz, sin policías, sin prohibiciones ni desigualdades humanas. Por un Brasil y una Cuba de hombres y mujeres hermanados, por lo mejor para nuestros hijos y familias. Mejorías para que los que poco tenemos, y justicias para todos.

VIVA CUBA LIBRE! BRASIL DE ORDEM Y PROGRESSOS!!!    

822, el valor de la vida.

822 reais. Es real. Dinero bruto entrando en la caja. Salario único, básico, poco.

1 real equivale hoy en días a más o menos medio dólar. Es una mierda pero todo en el mundo se compara con el dólar. Entonces, 2 reais por 1 dólar.

Trabajo como educador en el Projeto Quixote que además es el proyecto que me acogió desde que antes de llegar a Brasil. Vale la pena, un lugar rico en experiencias y personas muy diversas y muy queridas. Ochocientos y veintidós reales. Eso y nada, por ahora.

Llego al buteco. Le pisco a la garçonete que me sonríe. Le pido un vaso y me siento con los amigos. La mesa está mojada de tanta cerveza que rodó y rodará. Los conozco a todos por el nombre. Saberse el nombre de alguien es lo que te salva de llamarlo de humano, o de bicho, animalejo. La noche escuchará muchos chistes y mentiras y por debajo de las mesas, manos y brazos jugarán a la suerte con el futuro. Al final de la noche la cuenta, me espanto, no tanto y me alejo del tumulto. Son 822 reais, lo poco ni siquiera alcanza a suficiente.

Todavía me le acerco a la garçonete que trató en vano de adivinar de dónde yo era, y le regalo la respuesta. Si supiera todo lo que le puedo decir en el más fino portunhol caribeño no se alejara cabizbaja, dándose por vencida, yéndose. Cuando regreso a la mesa, la cuenta está paga. Suspiro el alivio.

En el mercado de la esquina de la casa, los precios no son los mejores, pero tener un mercado en la esquina de la casa no tiene precio. Por los no muy extensos corredores, vecinos del barrio exhiben sus nuevas camisas de fútbol, la señora con los espejuelos, las muchachitas flaquitas sin ajustadores, un tipo, otro, dos niños. Entre cada mirada que acierto, le hecho un ojo a las etiquetas rojas: son las promociones. Muy a menudo son productos que no les queda poco tiempo de validad. Los pobres consumidores nos alegramos y pagamos la diferencia de la rebaja en la cerveza. Antes de digitar la seña de mi cartón de débito le rezo al Dios divino Bradesco.

Camino despacio, acostumbrado a rasgar ciudades de esquina a esquina, São Paulo no conoce todo lo que yo le conozco. Soy un cómplice y soy su testigo.

Atravieso kilómetros de gente, absurdamente triste y trasnochada, mientras pienso en qué escribir por la noche o dónde estará mi hijo. Tropiezo con los ejecutivos, algunos más jóvenes que yo, con aquella mirada gastada de quien no es feliz. Me arriesgo en el semáforo, luz vermelha, y me esquivo del carro, la moto y los dos muchachos andando de skate.

La vida de quien no quiere rendirse al majestuoso monolítico del dinero, es el simple deseo de estar vivo.

Una sombra en el parque, compartida con dos palomas que insisten en no decretarse monógamas, disputada con la hoja seca cayendo en la brisa, agitando el brazo la niña de diez me enseña un dibujo a lápiz que hizo hace un instante, el hombre bosteza sin taparse la boca, Angélica – el nombre lo descubro de su broche – se maquilla caminando, el oficial de tránsito se molesta con su novia, un rubio largo en chinelos muestra su guía como si fuera una medalla, dos rapaces se divierten con una revista entre las manos, yo abro mi cartera, la bailarina recoge del suelo un arete con la magia de una Giselle descalza, Batman canta en inglés algunos blues, sin dinero el cielo es azul como nunca, el asfalto tiembla cuando pasan dos o tres carros al mismo tiempo, la sombra de un payaso esconde del sol su maquillaje, el del banco con miedo protege con sigilo algún documento, dejo escapar mi ómnibus con la consciencia de quien no quiere pagar aquel absurdo.

Bilhete único es un cartón de integración de transporte público de São Paulo. Con el me muevo más fácil e increíblemente es más barato. Con el precio de un viaje usando el Bilhete único , en el transcurso de tres horas, puedes pegar cuatro líneas diferentes de ómnibus, y si usas un metro o incluso el tren, pues te cobran más otro poco. Con los cálculos precisos y un reloj afinado, voy de ida y vuelta a la mayoría de los lugares pagando sólo una vez. A veces como quien no quiere las cosas, fuerzo bajarme por delante sin pagar mi tarifa. Otras, con unos de esos “tickets” sociales que me consiguen, pues también hago mi viaje sin pagar nada.

Mientras tanto, mi hijo se divierte con cada transcurso, sea de tren o metro o “guagua”. En casi todos nos regalamos un conocido o alguien por conocer y aunque, es arduo, difícil y caro todo ese rolé en transporte público nos la pasamos muy bien.

Oitocentos e vinte e dois reais..

Es real. Realmente.

Y quítame la electricidad, el agua y el celular. Resta el papel sanitario, el arroz y el feijão. Sustráeme el pan, la mantequilla, la leche y el café. Unas cervezas de litrão compradas más baratas en el mercado de la esquina. Un chocolate en el antojo.

Ningún lujo ni pretensión. Me libré de ese estigma de completarme con las cosas ni de compararme con aquellos que quieren tener más.

Todavía me deleito con la vida y AGRADEÇO. Los amigos, todos y todas, pueden decir más porque sin ellos quizá la Policía Federal estaría buscándome – es un chiste, ok?. Pero el hecho es que sin lo que tantos y tantas ya pagaron por mí en estos últimos tiempos, ¿qué decir? Desde transacciones internacionales, deudas sin endeudar, préstamos disfrazados de Papa Noel, las cuentas divididas, el convite a la mesa para almorzar, un café, un viaje a cualquier lugar. Les agradezco a todos y todas.

Me detengo frente a las luces de neón – un cine, una fiesta, un concierto, una exposición, un libro abierto – y sonrío. Con esos monstruos de artistas, fue que mi corazón aprendió la felicidad. Vagamente los recuerdo: frente al espejo sólo una luz es la que se refleja. Discúlpenme Córtazar, J.L. Borges, Guimarães Rosa.

Hurgo entre mis cosas mi carteira de estudante: periodismo en una facultad de otra ciudad. Ese enmascarado delito me deja por la mitad cualquier valor a pagarle a los maestros.

Como se diría en Cuba: “A cultura não tem momento fixo”.

El día que vi la muerte en la ventana.

Existe actualmente en São Paulo casi una guerra civil. Casi porque no es declaradamente abierta, pero es descaradamente diaria. Existen tres grandes grupos que se dividen las fuerzas. Uno es el Primeiro Comando da Capital, de siglas PCC. El segundo, estaría formado por las Fuerzas de seguridad públicas: policías militares, civiles y federales; grupos de exterminio o cuadrillas formadas por policías que se aprovechan de su poder para intentar ejercerlo contra el primer grupo. Y el tercer grupo, las víctimas.

Esta guerra lleva sucediéndose por los últimos dos meses más o menos. En la prensa, las autoridades han intentado “embarajar” el tema, hablando que los ataques, muertes y asaltos son hechos aislados y que las víctimas se encuentran “no lugar errado no momento errado”.

El hecho es que por varias semanas, todas las noches en la ciudad de São Paulo, la más rica y desarrollada ciudad de la América Latina, en índices meramente económicos, son asesinados varios policías por parte del PCC – y no es el Partido Comunista de Cuba, otro PCC que consiente hace años otras varias muertes – además de otras tantas víctimas escogidas al azar en esquinas, bares, parques o ómnibus.

No hay reconocidos culpables. Hasta los más crueles asesinos – sean del PCC o de alguna de las policías – se divierten viendo en la televisión las imágenes de quien simplemente es más un número en la estadística de la Seguridad Pública.

En medio a esos hechos – que no me interesan profundizarlos – yo me hago como que no es conmigo, transito por las noches como si fuese la última estrella del cielo opaco de esta metrópoli, a la búsqueda de una brisa romántica que me abrace y me traiga de vuelta a esta Tierra, donde soy, solamente polvo. Mi vida me fue dada, divinamente, por el simple amor de mis padres; por el grande amor de mi hijo.

Es 2010, Natalia está embarazada. Estamos los TRES en la casa de una amiga en Guarujá, litoral paulista. Hacía ya varios meses que no entrábamos en el mar. Ese el peor y más grande defecto de esta ciudad. Pero ya están Naná y Benjamín, juntos, todavía siendo una sola persona entrando en el mar verde de unos ojos. Aquellos ojos profundos frente a la profundidad del mar. Él, todavía innombrable, apena deseo, sin ninguna memoria entrando con ella.

El agua es rasa, extensa la arena, algún gris en el cielo.

Final de la tarde caminamos de regreso, Baxinha, la amiga, y nosotros; conversábamos, nada importante. Recuerdo que había sol, que sólo teníamos que andar tres cuadras, que yo cargaba tres sillas replegables. Que sonreíamos.

Vi alguien que se aproximaba. Bermuda, camiseta, chinelos. Nadie importante.

Baxinha mete la llave, abre la puerta, el hombre está de nuestro lado, entre nosotros, muestra un revólver. No nos asustamos. De cualquier manera el tipo nos pide tranquilidad, esconde el arma, nos sigue dentro de la casa. Habla despacio, bajo, muestra el arma. Pregunta si hay más gente en la casa, alguien más llegando de la playa. Amenaza.

Natalia está nerviosa, visiblemente, no mucho. No la pierdo de vista, cercanos, pero sin exponernos demasiado. Tengo miedo, no del arma, del hombre que nos conduce a la casa y por nuestras indicaciones de cómo llegar al fondo, amenazados, llegamos donde están la caseira y sus hijos, un par de adolescentes algo más altos que yo. Nosotros nos presentamos antes, pidiéndoles que mantuviesen la calma, y luego el tipo, el arma, nos apresa a colocarnos juntos.

Todo ese tiempo, entre súplicas nuestras de que por favor nos dejase tranquilos, y una increíble frialdad del otro lado del revólver. Amenaza. Los muchachos no lo creen. Natalia nerviosa. Yo con miedo. Todos con miedo. Él advierte, cualquier movimiento, alteración de ánimo, intento de reacción, y las cosas pueden empeorar.

Pide los celulares. Los entregamos. Entonces el asaltante, un hijo´e puta flaco, pelo corto,  hace una llamada telefónica a los comparsas. Los muchachos, hijos de la caseira¸ quienes viven ahí hace unos años y que cuidan la casa, intentan conversar con el hombre. Apelan a nombres de lugares, barrios, gente que conocen intentando alguna condolencia. Algo que quiebre el frío empuñe del gatillo, el alarido casi ronco, bajo, que nos mantiene contra la pared, sobre una cama a nosotros seis y mi hijo.

Nos lleva hasta la sala. Es amplia con muebles viejos de madera, todo rústico sin alardes ni ostentos. Algunos cuadros pintados por algún amigo de la familia. Estamos de espalda a la puerta de salida y siempre de frente, mirando atentos al hombre armado. Nos pide que no hagamos nada, no quiere tener que hacer una mierda. Intenta llamar de nuevo por el celular, no lo consigue. Alejándose hasta un traspatio, un jardincito, consigue comunicarse. Otros tipos están llegando, se le deja entender en la conversación.

Natalia está más calma. No recuerdo si estamos abrazados. Si hay una mano de ella en mi mano. No recuerdo si dudo, si tiemblo. No sé y nunca sabré lo que sentía mi familia, ahí a mi lado. Sé que no recuerdo a la muerte, ni su frío ni su silencio. Sé que no estuvo rondando entre hendijas, resbalando entre los metales de la cocina. Sé que no pasó por la ventana.

En ese vacilo, o cara regresa sonriente, por la primera vez algo nervioso, lanza su mano sobre la mesa y rescata el arma descuidada. Un instante en que todo podría haber sido diferente. Un buen guion no habría perdonado  ese detalle.

Tocan la puerta, el hombre exige al menor de los hermanos que abra, allá fuera, la puerta. Amenaza lo peor, y no quiere que nada suceda. Escucho un carro, se apaga el motor. Dos hombres atraviesan la sala por un corredor sin dejarse ver el rostro. Uno raspado, muy joven, adolescente interrumpe y escupiendo gritos, ensayados y malévolos toma posesión del revólver. Tiene los ojos encendidos, por primera vez tengo miedo del arma porque la muestra y juega con ella entre la manos, haciendo que Baxinha, nuevamente, explique lo de Natalia embarazada.

El resto se dedica a llevarse cosas de la casa. Los más perjudicados son la caseira y los hijos, estos muchos más decepcionados. Aquellos había sido por tiempo, el trabajo de años de una familia creciendo feliz muy cerca de la playa. Aquel primero, regresa, subestimando que haya tan poco, pregunta por una tal de caja fuerte, por la joyas, acaricia los cuadros preguntando si aquellos no serían de otro valor más admirable. Atraviesa nuevamente el jardincito. Esta vez el revólver se movía en la mano del compinche, ojos encendidos rojos, un peligro adolescente – olha a morte borboletando na janela.  Regresa con nuestras mochilas y se burla de lo poco que tenemos, no se conforma. Natalia ofrece la cámara, es lo que más tiene de valioso – algunas fotos de Europa, de un viaje que había hecho el año antes y que todavía no había descargado.

A los que nunca les vimos las caras, ni les escuchamos las voces, desaparecen en el corredor. El primero anuncia la retirada y nos dice que nos dejará amarrados, en el baño, amordazados. De nuevo tengo miedo del hombre tras del arma. Pero es un riesgo para mi familia, y la estrella solitaria en la metrópoli avanza sobre la sierra, entre hojas húmedas de un rocío que no acaba, una lluvia lenta en mi espalda, el tiempo hecho instante detenido ante lo vulgar de la muerte, el pensamiento inerte, los ojos de la esperanza posados en la calma, en la simplicidad de un deseo en el centro de mi pecho – de todos, seguramente – que me agarra, cauteloso, en una luz violeta que recorre el tiempo, un sonreír, el silencio.

Todo para.

ESTOY VIVO. ESTOU VIVO.

Escuchamos el portón cerrarse. Un ruido de motor, el carro ronroneando, llevándose media casa.

Natalia me abraza, y yo, simultáneamente a ella. Debajo de los brazos, silencioso, nuestro hijo poco entendía que era aquel todo golpetear tenso que lo arrullaba. Todos lloramos y a los pocos, percibiendo que cosas se habrían realmente robado.

El cielo estaba anaranjado. Ninguna otra estrella ofuscaba las luces que la tarde brindaba. Probablemente en la playa, la mayoría se reía sin mucho sentido sin saber de todo el sentido de estar vivos.

Lo que es ridículo va a buscar sentido a donde exista alguna fe. Nos enorgullecimos de las posturas que no preservaran vivos. Nuestro hijo podría conocer la vida y a nosotros. Natalia y yo nos queríamos mucho, lloramos. Los muchachos percibieron cuanto más pobre serían, se lamentaban, crecían. La madre los abrazaba como el primer día. Para Baxinha era su segunda vez, la misma casa, que era asaltada; no estaba conforme pero tal vez conformada. Decidimos ni llamar a la policía, varias horas serían perdidas para nada. La noche y la brisa helada venían desde el océano, suavemente, como si nada pasara.

En el silencio perduraba el peligro de la muerte anunciada, nosotros completamente vulnerables, finitos, desechables. Éramos polvo. Un suspiro profundo dentro de otro abrazo a Natalia, nuestro hijo, y finalmente, mucho miedo.

Rutina de cierto papá feliz

Un calor de verano me despierta. Benjamín tose bastante. Y de súbito comienza a llover. Son las cinco y poco de la mañana. Ven insomnio, venme agarrar.

Desde que me separé de Natalia, Brasil nunca fue igual.

Ser padre uno nunca se lo espera, ni antes de serlo puede uno se lo imaginar. Cuando nace un hijo cada palabra tiene sentido, cada segundo es un despertar.

Benjamín es el espejo tridimensional de mi existencia. Un otro yo donde buscarme, otro lugar donde me encontrar.

Sólo que nada de eso sucede en forma de poesía o de pensamientos reveladores de cómo fue que mis cuestionamientos surgieron o mis deseos vendrán a hacerse realidad.

La realidad paulistana, mi pedacito de vida que aquí me toca vivir, hoy, es una intensa combinación de situaciones, que me digo yo, sólo yo me permito experimentar. De amores, de dinero, de todo sobrevivir.

En menos de media hora el despertador va a tocar. La mochila del Benja y mis cosas ya están prontas desde la noche anterior. Se escuchan los pajaritos que despertaron con el lloviznar. Ya hice el café, y aquí está cerca de mí. Antes de las siete en punto, tendremos que estar listos, los dos, y mochila, bolsa, paraguas y alguna canción para no desanimar. Un par de cuadras, bajando el morro para el 577-T, nuestro ómnibus, aquí por nosotros, conocido como el Vila Gomes.

Vila Gomes, el barrio donde alquilo, es lo más cerca que estuve de La Habana desde que salí de allá. Claro que en el mercado las cosas son más abundantes, no hay C.D.R.,  nadie habla bien o mal de aquella dicha “Robolución”. No tengo a los Menéndez por cerca, ni a mi madre para mandarme a afeitar.

Emigrante no es sólo la virtud de haberse lanzado al mar o de haber atravesado a agua y pan el desierto de la soledad. Hay que aprender a no llorar, en demás.

Es casi una hora de trayecto hasta la Av. Paulista, casi unos diez kilómetros de gente desconocida, maleducada, obstinada y triste. Personas que sólo conocen de este mundo, despertarse para trabajar. Gente bonita y cheirosa. Gente arregladita y predispuesta para sonreír. Nosotros dos, vaya que nos hacemos suerte, también no es difícil esconder que a pesar de estar allí, nos divertimos de morir.

Cantamos. Gritamos. Aceptamos todo los que las viejitas nos ofrecen. Respondemos siete mil veces la misma pregunta: ¡Benjamín! Saludamos a los choferes. Nos divertimos viendo los “cajos”  pasar, las guaguas, los camiones, las concreteras, los trenes, el río, los helicópteros, las motos, los relojes en los edificios, los “bombelos”.  Conocemos niños, sus mamis. Viejitos, y sus devaneos. Muchachas, y sus miraditas. Hombres, y sus simpatías.

Nunca, y lo digo de veras, nunca imaginé que estaría tantas veces en el sube y baja del transporte público.

Hay veces que son tres ómnibus para llegar desde Vila Gomes hasta la escuelita de Benjamín. O dos ómnibus y un metro. O un ómnibus, el metro y todavía tremenda pata que hay que echar. Todo eso, y Benjamín sin mucho reclamar.

El orgullo poco funciona a esas horas, de hecho ni sé bien como funciona ese negocio de orgullo. Porque, sinceramente, algunas dichas emociones no tienen mucho valor cuando el asunto es vivir. A estas horas podría estar pensándome mejor la idea de trabajar más, para ganar más, para pagando más, tener un carro y salirme de esa historia macabra de gente “incomún” que no pretende mucho más que ser feliz con poco más que sonreír.

El desapego no se aprende en la escuelita, aunque ciertamente, yo tuve buenos mestres en esa arte.

La lluvia apretó.

El despertador acaba de sonar.

Feijoada, placeres ancentros.

Para quien no sabe feijoada es de las más heroicas proezas alimentares que se tenga mundialmente conocimiento, y a pesar de estos todos años, no me había colocado a prueba de tan extravagante “ajiaco” brasilero.  Eso porque hace años que no comía carne ninguna, pero la vida ¡ah la vida! es demasiado enrolada como para sernos eternos de nuestras elecciones, de nuestros pasos, de nuestros deseos.

Feijoada es frijoles negros con carne: lomo ahumado, costilla, oreja, lengua, rabo e linguiça y todo lo demás que se le pueda tirar de un lechón dentro de una caldera. La tal de fejuca incluye arroz blanco, salteado de hojas de couve, farofa y rodajas de naranja. La tradición incluye una caipirinha de limón y pinga – después te explico Melesio – que acompaña con un saborcito de quiero más que no acaba. Todo eso en las más variadas combinaciones a lo largo y basto Nosso Brasil.

Me acerqué dispuesto. Cazuelas destapadas, cucharones a la vista dentro de otra calderita con agua para que no se pegaran, los platos, cucharas, tenedores, los necesarios cuchillos. Estaban las citadas guarniciones. Las cervezas y refrescos en los congeladores.

Feijoada es el ejercicio humano de la hartura, de la opulencia del sabor y las sazones. Es el experimento visceral de la antropofagia natural que la sociedad censuró por siglos y milenios y se desata por un día, en una calurosa tarde o saudosa noche, de una vez solamente, en saciarse el degustar, las ganas, los tesones.

Y venga un “buque” de frijolada. Sambas-de-roda. Gente, mucha gente diferente. Cervezas y pingas. Claro, ¿cómo olvidar las pingas? Entérate Meple, porque pinga aquí Brasil, es cachaza.

–  Garçom, me da uma pinga com mel? – escucho yo a mis amigos en los bares y me recuerdo del cubano em mí.

Sonrío.

Esas imágenes de otros tempos, de otra vida que viví, se aparecen como filtro para existir. Soy uno solo.  Varios yo.  Multiplicándome, infiltrándome, repitiéndome, luchando, borrándome. Viviéndome.

Y de pingas pues sí que los brasileños entienden. Desde las más pendencieras Ypioca, 51, São Francisco y elGrande Velho Barreiro. Otras un poco todavía, callejeras, pero bien deliciosas: Seleta y Boazinha. Y todavía varias producidas en la región de Salinas, en Minas Gerais.

Que en verdad son infinitas porque brotan de inspiraciones, mezcla de locura diaria de la experiencia del creador de su propio aguardiente, de los sin dientes, con mañas y manías, de absurdas derivaciones del borracho que se dedica a oler y respirar el alcohol, y aún, sobrevivir al tiempo de ver nacer dentro de barriles, profundos alambiques de caña, aquel derivado elixir del placer.

Las de cooperativas, asociaciones, pequeños productores del licor.

Las de grandes empresas, con marcas famosas, las exportadas para el exterior.

– Saúde – y al brindar, y claro,  las buenas energías de un trago entre semejantes.

Bebo mi cachaça. Me echo unas cervezas. Fumo con el piquete, tranquilos, un poco apartados. Nos divertimos con los encuentros, poco a poco, en ese delicado artilugio que es hacerse próximos, sin expectativas, amigos.

La felicidad se encuentra en pedacitos, como palabras dentro de pensamientos, como de estrellas perdidas en el alba.

Alrededor de las mesas corren las crianças, entre ellos Benjamín. Hay veces que él se acerca y abre la boca buscando su cucharada, pero en realidad está más interesado en los caramelos sobre la mesa. Quizá para el Benja sea más uno de esos frijoles que siempre cocino en casa. A él y a mí nos encanta, como a la mayoría de los cubanos. Para mí era el rencuentro de dos placeres ancestros: la carne boyando en el caldo y aquellos granos oscuros, deslizándose por mi garganta. Para los brazucas era otra deliciosa feijoada, entre amigos, al cuidado de una llovizna cayendo sobre los árboles. Quizás no más.

En algún instante, el silencio de una memoria invade. Rostros que me parecen ajenamente conocidos, parentescos, fantasmas queridos, voces irreconocibles que me llaman, un olor a otra lluvia, semblantes alegres de un pasado que me alma.

Soy cubano.

Feijoada. 

Mar dos meus oceanos. Isla de mis continentes

A ilha é do mar. Pedacinho de terra flutuante, à deriva, se equilibrando entre ondas, furacões, e ventos alísios.

Un continente es una isla gigante. Pedacito de tierra fluctuante, a la deriva, equilibrándose entre olas, huracanes y largas sequías.

O mar é um só. Um pedacinho de agua com nomes oceânicos que sempre termina aos meus pés.

El mar es único. Alrededor de esta isla-continente, existe esta extraña sensación de soledad.

Quando você entra no mar, está entrando pelo resto da sua vida no mesmo mar.

Cuando yo entro en el mar tengo la sensación de que mi soledad acabó.

O mar de La Habana é muito azul. Natalia me dizia que não o via assim, algum tom dos seus olhos azuis não lhe permitiam reconhecer o anil frente ao seu olhar. Eu nunca vi mar de essa cor. O mar quente, calmo como caldo fervilhante, se derretia aos pés dela.

Yo entré al mar de Brasil meses después de llegar por aquí. El mar queda a no mínimo dos horas de la ciudad. Y era frío ese pedacito de océano gigante que es el mar. Y eran fuertes las olas rompiendo en la orilla. Y era arisco el viento en su resistir.

Quase ano depois vim descobrir que os olhos da Natalia, não eram azuis. Talvez o mar nos olhos dela não me deixara ver a real cor neles. Dessa vez, sorri sim perceber toda a verdade. Ela, mais tarde, admitira que de fato aquele pedacinho de mar ao redor da “minha” ilha era muito azul. Eu não consegui entrar no “seu” mar.

Durante estos años ya conocí “varios” mares de por aquí. Y mucha nostalgia de “mis” mares del Caribe que sentí. Calculé las diferencias en mi afán de sentirme feliz, y no lo logré. Así fue que descubrí el único mar que hay en mí, con el que me defiendo y me resguardo en la soledad.

El mar de sus ojos era de un verde fugaz, era el verdadero color del mar, que cambia con las sombras y los deseos, que emigra en cada mirada que se pierde fugaz. Natalia me miró y el mar se desbordó a mis pies. El mar se tragó los océanos alrededor del mundo y yo pude nadarlos todos de una sola vez.

A ilha cresceu feita continente. A solidão se encolheu num piscar temendo ser pressa da felicidade. Os olhos dela se encheram do mar que engoliu os oceanos, todas as ilhas num só continente.

A solidão num piscar de feliz azul. 

El día de todos los días.

Hoy fue el día de los padres en Brasil, y aunque podría fácilmente incluirme en esa felicidad compartida, la verdad es que fue un día de papá común. Común, para quien entiende del asunto, es de las cosas más divertidas e increíble que se puede vivir.
Si mi hijo que tiene dos años, y quien entiende del asunto sabe, es normal mi chama por ejemplo preguntarme “pai, eu posso comer cocô?” en un casi perfecto portugués de un brasilerinho de dos años. Yo que me las arreglo como puedo, me arriesgo: Benja, ¿si tú quieres comer caca, cométela? Benjamín que es bien cabroncito se queda pensando, pestañea un par de veces y me tira una curva “quem colocou as estrelas no ceú?” como diciendo, mira que tú eres comemierda, papá.
La posibilidad de ser libres nos asusta desde chiquitos. Pero sólo cuando nos hacemos conscientes de la libertad es que tenemos que salir a buscarla. Libertad en el sentido de saber, individualmente, cuál es la responsabilidad de nuestros actos. Los más comunes. Los públicos. Los de las relaciones.
A mí sin embargo me queda la duda. ¿Qué hacer si un día mi hijo decide comerse la mierda? Bien probable que lo convencería que aquello no es lo mejor para él. Podría querer asustarlo. Incriminarlo. Amarrarlo, porque no, torturarlo. Un leve acto de imposición. Una medida de seguridad. Determinada educación.
En cuestiones de hijos, cada uno tiene sus verdades que luego serán, por los hijos, contestadas.
Y cómo no hay nada como un domingo en casa, hubo arroz con frijoles negros, algunos dulces, una Cerveza. Nos fuimos al parquesito al doblar, cuatro cuadras. Cuando estamos llegando me dice “eu lembro deste parque, papá” y yo no me sorprendo de la memoria de los niños.
La libertad nace en la infancia.