Vila Gomes, el barrio dentro de nosotros.

Hoy el apego se vistió de casa, de hogar, de moradia. Se armó de paredes, puertas y ventanas. Se llenó de historias de todo este año vividas junto a mi hijo en esta “covacha” que nos abriga. Me puse triste como quien pierde un amigo, como quien desde un barco se despide para siempre de su patria.

Vila Gomes – pronto – estaremos yendo y diciéndote adiós, ya marchito.VILA GOMES, EL BARRIO DENTRO DE NOSOTROS

Cuando se deja un lugar se abandona un pedazo de sí, algo tenue que no nos hace más falta, como despedirse de un campo de flores silvestres desde una ventana, o como entrar al mar después de un largo período sin entrar en él.

En una casa pintamos sombras perennes, historias colgadas con sudor en picaportes, manchas de amor en azulejos. Aquellos fantasmas que los próximos moradores irán desconfiar.

Descubrí que aquí vivía más cerca de mi infancia, de mi adolescente, de mi isla. Aquí vi mi hijo caminando en la calle, jugando en los parques, comiendo sentando en contenes como otrora yo lo hiciera allá, años atrás, en otro barrio. Saludamos papalotes en el cielo, conocimos perros por sus ladridos, palomas por su vuelo. Preguntamos el nombre de los choferes, de las amas de casa, de los vendedores.

Aquí fuimos felices, VG.

Benja & Yo

Para mi hijo, mi pequeño, falsas memorias, fotos impre sas en papel – y su retina, –  historias repetidas al azar por “su viejo” construirán su recuerdo de este lugarcito, este recanto, que hoy dejamos para atrás. 

Así, de esos pedazos deshechos, crecemos recordando lo que “fue” vivir. 

Otras paredes, nuevos pilares de otra cal y concreto. Outras janelas a nuevos campos de flores silvestres. Otros mares, serán lo que ES vivir.

PRESENTE!

Nicole, pared con pared.

Desde que nos mudamos para Vila Gomes, hubo algo que “nos” prendió muchísimo a Benjamín y a mí. Quizá, sutilmente, de lo mejor de nuestra nueva casita y el barrio sería una menina de trazos finos, cabelos crespos y altos – a veces con trenzas –  negrísima, linda: Nicole.

Nicky es de familia angolana. Su mamá y su tía nacieron allá. Son dos negras sonrientes de muy buen humor. Aquella dentadura insigne. Piel brillante. La mirada cansada, feliz, de quien se apegó a otro país, como yo.  Además de Nicole, Lena, la mamá, tiene otras dos hijas adolescentes: Eva y Melissa.

Ellas, cinco mujeres, todas, viven aquí en la casa de al lado. Pared con pared.

Benjamín atraviesa el pasillo, pasa bajo la ventana con pasos leves, y arrastrando su manito por la pared busca con la mirada a través de la ventana abierta, una cortina improvisada filtra el sonido de la televisión. Escuchamos a la perrita ladrando. Nicole, personaje de novela romántica, aparece por la ventana.

Jamín, Jamín” ( se pronuncia Yamín, Yamín) el grito de ella, lo detiene. Él, como si Fito lo viese, se pone en puntas de pies, y estirando los brazos, los dedos en un gesto de alargarse se los pone entre las manos a ella.

Él se aleja, viniendo detrás de mí, aprovecha y entra en casa. “Nicky, vem brincar cumigo!” Benjamín insiste varias veces gritando hasta que Nicole aparece en la puerta, y ensaya una timidez que dejó de ser necesaria hace varios meses.

Nicole & Benjamín

Descubrí, la intuición me permite, que a ellos no les gusta jugar en casa de ella. En casi este año aquí en la Vila Gomes, apenas un par de veces jugaron por allá. Lo que desenmascara la intuición es el hecho de que mientras ellos están aquí tienen su espacio de juego preservado al máximo, o sea, los dejo solos y aprovecho para hacer cosas de la casa, mis cosas.

Ellos se encuentran en el cuarto y sacan los juguetes. Los carritos protagonistas siempre. Juegos de montar. Colores, papeles, libros. El desorden, lugar común, es un reguero. Pleonasmo no encaja, es bueno ver este cuarto así.

Al principio, la disputa por los carritos del Benja fueron necesarias, hasta el día que le sugerí al chamaco que le regalara uno a ella. Recuerdo que él escogió el color y dijo: “leva este preto, Nacole”. El modelo ofrecido era un regalo de mi madre, allá en la isla, distante de nosotros.

Sí, ella ya se llamó NACOLE. Benjamín quien la llamaba así. Ella todavía estaba con lucro, pues al comienzo para ella, él se llamaba simplemente “Mín”.

Durante estos meses ya fueron cenas a luz de velas. Pizzas preparadas entre ellos y yo. Idas al mercadito de la esquina. Compartidas de chocolates, jugos y comidas. Risadas  y conversaciones entre los tres.

Cuando Nicky estuvo un mes en Angola Benjamín sintió mucho su ausencia. Él preguntaba por ella, yo respondía: “Ella está en Angola, Benja”. Él no cuestionaba mucho su ausencia pero repetía constantemente “Nicole está na África?”.

Últimamente, ellos son una familia. Ella la mamá. Él, nuevamente, el hijo. Sin exigirse muchas jerarquías, se llaman de mãe  e filho  durante el tiempo de juego. Incluso en ese caso, Benjamín es un poco contestador, pero todavía la enfrenta menos a ella que a mí. Hoy, poco antes de despedirse, hubo un ajuste. Benjamín insistía en decir que ella no era su mamá. Y ella, temiendo perder su hijo, replicaba: “você é meu filho”. Yo los observaba, atento, y sin dejar percibir mi presencia. “Eu sou um nenê” se defendía “você não é minha mamãe”. Parecía cosa seria de gente adulta. Yo, discreto, me divertía con los tonos de voz y los énfasis en las argumentaciones.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Antes de Benja irse a dormir, le pido que la lleve hasta la casa. Apenas diez de sus pasitos nos separan. Los pierdo de vista.  Sé que ese gesto tan simples un día lo recordaré tan especial. Mi hijo, luz de mi amanecer.

Gracias Nicole por conocerte. Ese va por mí y por el Benjamín.


“Yo no buscaba a nadie, y te ví…”

Rutina de cierto papá feliz

Un calor de verano me despierta. Benjamín tose bastante. Y de súbito comienza a llover. Son las cinco y poco de la mañana. Ven insomnio, venme agarrar.

Desde que me separé de Natalia, Brasil nunca fue igual.

Ser padre uno nunca se lo espera, ni antes de serlo puede uno se lo imaginar. Cuando nace un hijo cada palabra tiene sentido, cada segundo es un despertar.

Benjamín es el espejo tridimensional de mi existencia. Un otro yo donde buscarme, otro lugar donde me encontrar.

Sólo que nada de eso sucede en forma de poesía o de pensamientos reveladores de cómo fue que mis cuestionamientos surgieron o mis deseos vendrán a hacerse realidad.

La realidad paulistana, mi pedacito de vida que aquí me toca vivir, hoy, es una intensa combinación de situaciones, que me digo yo, sólo yo me permito experimentar. De amores, de dinero, de todo sobrevivir.

En menos de media hora el despertador va a tocar. La mochila del Benja y mis cosas ya están prontas desde la noche anterior. Se escuchan los pajaritos que despertaron con el lloviznar. Ya hice el café, y aquí está cerca de mí. Antes de las siete en punto, tendremos que estar listos, los dos, y mochila, bolsa, paraguas y alguna canción para no desanimar. Un par de cuadras, bajando el morro para el 577-T, nuestro ómnibus, aquí por nosotros, conocido como el Vila Gomes.

Vila Gomes, el barrio donde alquilo, es lo más cerca que estuve de La Habana desde que salí de allá. Claro que en el mercado las cosas son más abundantes, no hay C.D.R.,  nadie habla bien o mal de aquella dicha “Robolución”. No tengo a los Menéndez por cerca, ni a mi madre para mandarme a afeitar.

Emigrante no es sólo la virtud de haberse lanzado al mar o de haber atravesado a agua y pan el desierto de la soledad. Hay que aprender a no llorar, en demás.

Es casi una hora de trayecto hasta la Av. Paulista, casi unos diez kilómetros de gente desconocida, maleducada, obstinada y triste. Personas que sólo conocen de este mundo, despertarse para trabajar. Gente bonita y cheirosa. Gente arregladita y predispuesta para sonreír. Nosotros dos, vaya que nos hacemos suerte, también no es difícil esconder que a pesar de estar allí, nos divertimos de morir.

Cantamos. Gritamos. Aceptamos todo los que las viejitas nos ofrecen. Respondemos siete mil veces la misma pregunta: ¡Benjamín! Saludamos a los choferes. Nos divertimos viendo los “cajos”  pasar, las guaguas, los camiones, las concreteras, los trenes, el río, los helicópteros, las motos, los relojes en los edificios, los “bombelos”.  Conocemos niños, sus mamis. Viejitos, y sus devaneos. Muchachas, y sus miraditas. Hombres, y sus simpatías.

Nunca, y lo digo de veras, nunca imaginé que estaría tantas veces en el sube y baja del transporte público.

Hay veces que son tres ómnibus para llegar desde Vila Gomes hasta la escuelita de Benjamín. O dos ómnibus y un metro. O un ómnibus, el metro y todavía tremenda pata que hay que echar. Todo eso, y Benjamín sin mucho reclamar.

El orgullo poco funciona a esas horas, de hecho ni sé bien como funciona ese negocio de orgullo. Porque, sinceramente, algunas dichas emociones no tienen mucho valor cuando el asunto es vivir. A estas horas podría estar pensándome mejor la idea de trabajar más, para ganar más, para pagando más, tener un carro y salirme de esa historia macabra de gente “incomún” que no pretende mucho más que ser feliz con poco más que sonreír.

El desapego no se aprende en la escuelita, aunque ciertamente, yo tuve buenos mestres en esa arte.

La lluvia apretó.

El despertador acaba de sonar.

El día de todos los días.

Hoy fue el día de los padres en Brasil, y aunque podría fácilmente incluirme en esa felicidad compartida, la verdad es que fue un día de papá común. Común, para quien entiende del asunto, es de las cosas más divertidas e increíble que se puede vivir.
Si mi hijo que tiene dos años, y quien entiende del asunto sabe, es normal mi chama por ejemplo preguntarme “pai, eu posso comer cocô?” en un casi perfecto portugués de un brasilerinho de dos años. Yo que me las arreglo como puedo, me arriesgo: Benja, ¿si tú quieres comer caca, cométela? Benjamín que es bien cabroncito se queda pensando, pestañea un par de veces y me tira una curva “quem colocou as estrelas no ceú?” como diciendo, mira que tú eres comemierda, papá.
La posibilidad de ser libres nos asusta desde chiquitos. Pero sólo cuando nos hacemos conscientes de la libertad es que tenemos que salir a buscarla. Libertad en el sentido de saber, individualmente, cuál es la responsabilidad de nuestros actos. Los más comunes. Los públicos. Los de las relaciones.
A mí sin embargo me queda la duda. ¿Qué hacer si un día mi hijo decide comerse la mierda? Bien probable que lo convencería que aquello no es lo mejor para él. Podría querer asustarlo. Incriminarlo. Amarrarlo, porque no, torturarlo. Un leve acto de imposición. Una medida de seguridad. Determinada educación.
En cuestiones de hijos, cada uno tiene sus verdades que luego serán, por los hijos, contestadas.
Y cómo no hay nada como un domingo en casa, hubo arroz con frijoles negros, algunos dulces, una Cerveza. Nos fuimos al parquesito al doblar, cuatro cuadras. Cuando estamos llegando me dice “eu lembro deste parque, papá” y yo no me sorprendo de la memoria de los niños.
La libertad nace en la infancia.