Feijoada, placeres ancentros.

Para quien no sabe feijoada es de las más heroicas proezas alimentares que se tenga mundialmente conocimiento, y a pesar de estos todos años, no me había colocado a prueba de tan extravagante “ajiaco” brasilero.  Eso porque hace años que no comía carne ninguna, pero la vida ¡ah la vida! es demasiado enrolada como para sernos eternos de nuestras elecciones, de nuestros pasos, de nuestros deseos.

Feijoada es frijoles negros con carne: lomo ahumado, costilla, oreja, lengua, rabo e linguiça y todo lo demás que se le pueda tirar de un lechón dentro de una caldera. La tal de fejuca incluye arroz blanco, salteado de hojas de couve, farofa y rodajas de naranja. La tradición incluye una caipirinha de limón y pinga – después te explico Melesio – que acompaña con un saborcito de quiero más que no acaba. Todo eso en las más variadas combinaciones a lo largo y basto Nosso Brasil.

Me acerqué dispuesto. Cazuelas destapadas, cucharones a la vista dentro de otra calderita con agua para que no se pegaran, los platos, cucharas, tenedores, los necesarios cuchillos. Estaban las citadas guarniciones. Las cervezas y refrescos en los congeladores.

Feijoada es el ejercicio humano de la hartura, de la opulencia del sabor y las sazones. Es el experimento visceral de la antropofagia natural que la sociedad censuró por siglos y milenios y se desata por un día, en una calurosa tarde o saudosa noche, de una vez solamente, en saciarse el degustar, las ganas, los tesones.

Y venga un “buque” de frijolada. Sambas-de-roda. Gente, mucha gente diferente. Cervezas y pingas. Claro, ¿cómo olvidar las pingas? Entérate Meple, porque pinga aquí Brasil, es cachaza.

–  Garçom, me da uma pinga com mel? – escucho yo a mis amigos en los bares y me recuerdo del cubano em mí.

Sonrío.

Esas imágenes de otros tempos, de otra vida que viví, se aparecen como filtro para existir. Soy uno solo.  Varios yo.  Multiplicándome, infiltrándome, repitiéndome, luchando, borrándome. Viviéndome.

Y de pingas pues sí que los brasileños entienden. Desde las más pendencieras Ypioca, 51, São Francisco y elGrande Velho Barreiro. Otras un poco todavía, callejeras, pero bien deliciosas: Seleta y Boazinha. Y todavía varias producidas en la región de Salinas, en Minas Gerais.

Que en verdad son infinitas porque brotan de inspiraciones, mezcla de locura diaria de la experiencia del creador de su propio aguardiente, de los sin dientes, con mañas y manías, de absurdas derivaciones del borracho que se dedica a oler y respirar el alcohol, y aún, sobrevivir al tiempo de ver nacer dentro de barriles, profundos alambiques de caña, aquel derivado elixir del placer.

Las de cooperativas, asociaciones, pequeños productores del licor.

Las de grandes empresas, con marcas famosas, las exportadas para el exterior.

– Saúde – y al brindar, y claro,  las buenas energías de un trago entre semejantes.

Bebo mi cachaça. Me echo unas cervezas. Fumo con el piquete, tranquilos, un poco apartados. Nos divertimos con los encuentros, poco a poco, en ese delicado artilugio que es hacerse próximos, sin expectativas, amigos.

La felicidad se encuentra en pedacitos, como palabras dentro de pensamientos, como de estrellas perdidas en el alba.

Alrededor de las mesas corren las crianças, entre ellos Benjamín. Hay veces que él se acerca y abre la boca buscando su cucharada, pero en realidad está más interesado en los caramelos sobre la mesa. Quizá para el Benja sea más uno de esos frijoles que siempre cocino en casa. A él y a mí nos encanta, como a la mayoría de los cubanos. Para mí era el rencuentro de dos placeres ancestros: la carne boyando en el caldo y aquellos granos oscuros, deslizándose por mi garganta. Para los brazucas era otra deliciosa feijoada, entre amigos, al cuidado de una llovizna cayendo sobre los árboles. Quizás no más.

En algún instante, el silencio de una memoria invade. Rostros que me parecen ajenamente conocidos, parentescos, fantasmas queridos, voces irreconocibles que me llaman, un olor a otra lluvia, semblantes alegres de un pasado que me alma.

Soy cubano.

Feijoada.