Andança

Caminhávamos Benja, na cidade, não lembro exatamente. Algum lugar entre este ou aquele. Eu quase sempre  dois passos a frente, eu acho que você demora no atraso, como quem comanda um andarilho com passos tortos, e nossas sombras.

Havia grades humanas, asfaltos beirando os caminhos, árvores altas com verdes infinitos no comum cinza dos prédios. Uma borboleta espiã. Cachorros andaluzes. Caçulos diversos, verdes, dourados, alvinegros. Você os contava. Eram muitos.

Caminhávamos, assim distraindo-nos e você me disse “Pai, vamos andar em silêncio”.

Las noches de nuestro invierno

Quem vai lembrar você?
Quem lembrará de mim?
O que será de nós?

Sergio Sampaio

 

El invierno de estas noches fue muy frío, hijo. La casita con árboles era demasiada húmeda. Os cobertores sobrepuestos, todos juntos, aún no eran suficientes.

Dormíamos juntos…

Los veinte cuatro pequeños vidrios de la ventanita – tuve que contarlos – empañaban, así que la noche remataba con fuerzas al atardecer. Dentro, nuestro calor  de latidos incesantes, las sonrisas interminables, nuestros altercados de cansancio y rabia en formas de gritos, iluminaban las goticas que contaminaban a contraluz las lámparas amarillas de calle aledaña, afuera, del otro lado de esos mismos cuarenta y ocho vidrios – yo los conté.

Hacía mucho frío…

Preparábamos la comida, el simple alimento de una jornada común de nuestros días. Todo era suficiente en demasía, y en la mesa lo arduo era convencerte comer sin comentar tus largas conversaciones sobre algún de tus temas sin fin – ideas tuyas sin final.

A veces era todo. A veces, desistía de convencerte…

Encendimos velas, tú y yo hijo,

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Fuego en Iquiririm

para apagar una oscuridad ensayada; leímos libros mientras comías o dormías; canté canciones que poco recordaba – e las repetí sin aún recordarlas bien –; inventamos crónicas del arcoíris y sus personajes de otras fantasías; jugamos tú y yo, solos; o solito tú, mientras yo me enfrascaba en otras cosas, mías.

 

Nunca fue fácil… a pesar de lo profundo de nuestra poesía a dos.

En las noches de nuestro invierno – que todavía recién comienza – apenas dormí mis propios sueños; demasiado era el frío y yo, durmiendo a tú lado, despertaba para cubrirte; y en ese fugaz despertar de mis anhelos, te observaba con los ojos cerrados, dormías, y yo, intentando colarme para siempre en nuestro ensueño de vida compartida

El patio de mi casa…

Nuestra casa tiene un patiecito.

Un fragmento de cielo estrellado con tres árboles y tantas hojas por el suelo y otras tantas en el firmamento. Las hojas caen. Las hojas se las lleva el viento.

La yerba que crece bajo nuestras pisadas es silvestre. Florecitas tenues brotan en grietas de un verde distinto. En las esquinas nascen otros matojos de espinas finísimas, con otras flores tan raras y convictas.

De aquel pedazo de jardín eterno, surgen lo más increíbles bichos. Insectos centellantes que viene a saludarnos. Maripositas de acasos surgen siempre en lugar de una cierta poesía. Los pájaros trinan de mañana, cantan la tarde, de noche susurran, de madrugada vienen a llorar.

Nuestra casita tiene un gran bosque donde enterramos conversaciones y silencios. Amamos en instantes de ahora, de cuando en vez, una mariposita se avecina. La poesía mueve los gajos altos de nuestros árboles. Los pájaros espían sin saber lo que entender.

Vivir es ver la sombra en la luz. La lluvia haciendo dos mil sonidos todos distintos. El sabiá delirando para coronarnos. El humo del banza haciendo dos mil vueltas antes de desaparecer.

Existir es desaparecer a cada vuelta. En nuestra casita existimos: tantos árboles en el suelo como en el firmamento. Amores centellantes del acaso cierta poesía.

Este patiecito lleno de estrellas, raras, convictas…