(des)conocidos

 (des)conocidos

A esta niña que existe y no sé su nombre,
 ni su verdadera historia.

 

Aidita caminó casi de espaldas. Era muy difícil llegar al menos hasta donde comenzaba la montaña. La madre siempre la descubre antes de llegar o cuando se levanta en la mañana y sabe que ese día la niña intentará subirse a la pared de piedras que amontonadas, forman la montaña más alta que conoce Aidita. Su mundo de seis años, termina veinticinco metros a partir  de su casa y de ancho es infinitivamente largo y aburrido. Ella tiene la mirada gris porque todo su reino, el ilusorio y el real, es gris. La montaña de seis metros, los marabúes, la casa de su madre, la de Serafina y Manuel, las torres del telégrafo y los cables por donde mandan los muñequitos y las películas de animales que hablan. Todo eso es completamente gris.

Avanzó más segura. En la mano sostenía una piedra y le quedaba grande en los deditos de uñas arregladas con los dientes, en las llagas de los nudillos de ayudar en el patio, en la sopa, en la lavadura y sacarle las hojas al maíz, barrer los veinticinco metros de su mundo a partir de su casa. Miró atrás porque no creyó que la madre no le gritara que se alejara de la línea, del frío infinito haciendo ruido día y noche y se despierta en las madrugadas Aidita porque el miedo siempre está a veinticinco metros y retumba la casa de su madre, la de Serafina y Manuel, los marabúes y las torres del telégrafo. Se detuvo para lanzar la piedra. La vio desaparecer en ese horizonte gris que se traga al sol por las tardes y a los pájaros cuando se despiertan de los árboles y por las noches los escupe, donde ve desaparecer a los perros y los ve regresar más flacos con mucha saliva en la boca. Entonces se pasó los dedos por el pequeño lunar de sangre debajo de la oreja derecha. Devolvió la mirada a la casa buscando el grito que la salvase de descubrir el horizonte o de conocer que los horizontes siempre están lejos y mantienen distancia para obligarla a seguir avanzando. Ella descubrió a su madre en la cocina con los ojos cerrados buscando horizontes internos, de esos donde la gente la saluda con cierta reverencia y en los que casi siempre la llaman señorita Aida con un beso en la frente o con un chocolate amargo.

Puso las dos manos en la pared de piedras y comenzó a escalarla. Recordó tantos intentos fallidos, tantos castigos porque Aidita no puedes acercarte nunca a la línea, al frío infinito que hace ruido a toda hora y retumba la casa, los perros y las torres del telégrafo. Ella se detiene porque siente el temblor en sus manos, le sube hasta las orejas y se eriza. El ruido primero se le acerca como un susurro por la tierra, los árboles se ponen un poco amarillos, los perros se mueven del portal de Serafina y Manuel para perderse en el maíz, luego las piedras vibran y saltan y ríen, y porqué no pensar: los adultos se equivocan cuando dicen que las piedras son una masa fría y muerta. Ella pone la próxima mano, entonces descubre las cimas de varias montañas a los lejos e increíblemente son más grandes que su montaña de seis metros y son verdes y tienen palmas pequeñitas y descubre una inmensa planicie verde y un río. Se voltea, no buscando el regaño de mamá si no su inmenso mundo gris, los perros en el portal de Serafina y Manuel y vuelve a mirar al nuevo mundo de matas de mango y naranjas, ve una casa pintada de verde y un niño escalando su montaña desde el otro lado.

Ella pone por primera vez las manos sobre la línea, sobre el frío que tiembla y acerca al ruido que viene de lejos y el niño pone su mano en el otro raíl. ­­Él mira la planicie gris, los perros flacos, el maíz y las dos casas, «¿cómo tú te llamas niño?» y él que aguantaba una piedra en la mano la lanza al nuevo horizonte, se rasca el lunar de sangre debajo de su oreja derecha, «yo me llamo Vadín ¿y tú?»” y ella coge una piedra de entre los raíles y la tira al otro lado «Aida» y se miran los dos a los ojos, los ojos de grises y verdes horizontes y estarán pensando: él en los maíces, ella en los mangos y las naranjas. Por primera vez sentirán el temblor de las líneas bajo sus pies descalzos. Ella tiene en la cabeza una idea que no sabe cómo explicar y palabras que no conoce el significado, le parecen demasiado largas y no está segura si pueda decirlas. Vadín estira la mano y le pasa sus dedos por debajo de la oreja derecha de Aidita, sobre el pequeño lunar de sangre.

En ese momento sin saber porqué, ni entender cómo, dejarán salir unas lágrimas que le pesan en las mejillas y le salan los labios por un corto tiempo y ella escuchará el grito de la madre, el ruido del tren y él, el grito del padre, el ruido del tren.  Se darán por única vez las manos.

Los perros tratarían de esconderse en el maíz y los árboles se habrían puesto amarillos. Ella correrá hacia abajo: dos semanas sin ver los muñequitos y las películas de los animales que hablan, ayudar más en el patio, en la sopa, en la lavadura y barrer su mundo gris de veinticinco metros a partir de su casa e infinitamente ancho. La madre se quedará parada muy cerca de donde empieza la pared de piedras y el tren dejará un ruido gris por más de quince minutos, más de quince años… más de quince vidas.

 

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