Ensueño sobre lo humano

… y soñé: el bicho dentro de mí abrazó aquel cansancio, el vértigo humano frente de la muerte, el fin de lo que esperamos infinito, y no era; y pensar que habíamos aceptado vivir silenciosamente, aceptando lo que alrededor nos silenciaba; y pensar que dentre de nuestra memoria recordábamos los tiempos donde sobrevivir era el único verbo que conocíamos, manos a la boca, pies sobre el suelo, el ojo en la distancia, luchábamos contra el universo, convertido en ventiscas y tormentas, en secas e incendios, eran los animales que nos cazaban, entre el descuido y la ferocidad de sus naturalezas, eran las flores quienes decoraban nuestros paisajes, inmensas artes de florestas o praderas, montañas que simulaban el paraíso lunar; eran tiempos de heridas que mataban en desangres, y el amor era una rueda entorno al fuego, o el amor era la travesía lateral sobre un río creciente; recordé en mis adentros, y las manos eran tan duras que quebraban los gajos sobre nuestras cabezas, caídos sobre nuestros caminos, o la fruta colgada a la puerta de la boca, en la ventana de los dientes cayendo delirante al final de nuestras hambres, era la sonrisa del satisfeito, a veces gulosos, devastadores de campos y desiertos; las manos eran para agarrar el fuego, necesario para entender el interior de las cavernas donde vivían las palabras, allí donde se ocultaban misteriosas y temerosas las emociones más renombradas, las pasiones aún no descifradas, ensueños de otras vidas propias por nosotros imaginadas; las mismas manos de sostener la noche apagada, entre el insomnio y las fantasías de un futuro inexistente; aquellas manos escalaban todos los topos, de rocas indelebles e infinitas, de árboles de copas increíbles, y desde ese interminable destierro de gravedades observaban el único futuro que existía, el de un nuevo lugar con sombras y más verdes; mismas manos que luchaban por salvarse de la muerte, por ellas mismas luchaban y mataban contra nos mismos; y en el pecho no se colgaban medallas, apenas se repartía el ancho y largo de una respiración más profunda, más rellena de esperanza de aquel sol que calentaba, más de la lluvia que nos mojaba, o de los astros que nos guiaban, en el pecho apenas la caricia de alguien que nos acompañaba entre el enmarañado de ser y el descubrir lo que todavía no éramos, en ese pecho cobijábamos menos calumnias, menos del miedo, menos estrategias para los sentidos, ninguna expectativa después de este instante, en el pecho no anidábamos palabras, apenas un suspiro, el gozo del sexo, el grito del miedo, el aura de un beso, apenas o eco de un sueño, el estertor de último aliento;  no eran épocas del pensamiento, no habían aún voz para el desaliento, ni para el merecimiento, ni para el encantamiento, éramos por ser, siendo; y nuestros pasos, el peso del pie, la pierna, y el destino de las pequeñas elecciones en las bifurcaciones, prescindíamos del derecho o izquierdo, apenas de un lado y del otro, entorno o por dentro, arriba queriendo ser debajo, o debajo creciéndonos hacia el firmamento, así eran los pasos, cuatro apoyos de pies y manos, la vista atenta, apenas lo de ocurrir y permitirse o deleitarse con alejarse del acontecimiento, eran pasos con huellas que olvidábamos, huellas que eran apenas el abrazo de nuestras plantas y las plantas dormidas en el pasar del tiempo, pasos que iban y volteaban en espirales sin consecuencias terrenales no fuese aquella que el de pisada efímera sobre la hierba mojada, las mismas pisadas que diseñaban caminos en la arena húmeda que el mar amigo borraba poco a poco con sus lengüetadas, eran pies para caminar la vida, paso a paso, apenas caminando un camino, sin el destino de guardarse los caminos en fotografías y lembranças; era el tiempo del grito abriéndose paso dentro del eco de un bosque para espantar otros animales, el grito crudo para espantar los espantos de una soledad sin nombres, una soledad sin poesía, sin amores para abrazarle la mano en esta caminada, soledad de mañanas, tardes, noches, madrugadas, soledad apenas masticada por el trino de la pajarada, por el susurro del río cayendo en la cascada, por el murmullo cri-cri de invisibles bichitos, el latir de un perro aullador en la inmensidad de la quietud nocturna, y no había el tiempo dibujando un final para este sueño, ni para el presentimiento, ni para el resentimiento, y no había el verbo para describir esto que sueño, ni palabras para usted leer esto que siento, apenas viendo por dentro: el sueño.

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