El patio de mi casa…

Nuestra casa tiene un patiecito.

Un fragmento de cielo estrellado con tres árboles y tantas hojas por el suelo y otras tantas en el firmamento. Las hojas caen. Las hojas se las lleva el viento.

La yerba que crece bajo nuestras pisadas es silvestre. Florecitas tenues brotan en grietas de un verde distinto. En las esquinas nascen otros matojos de espinas finísimas, con otras flores tan raras y convictas.

De aquel pedazo de jardín eterno, surgen lo más increíbles bichos. Insectos centellantes que viene a saludarnos. Maripositas de acasos surgen siempre en lugar de una cierta poesía. Los pájaros trinan de mañana, cantan la tarde, de noche susurran, de madrugada vienen a llorar.

Nuestra casita tiene un gran bosque donde enterramos conversaciones y silencios. Amamos en instantes de ahora, de cuando en vez, una mariposita se avecina. La poesía mueve los gajos altos de nuestros árboles. Los pájaros espían sin saber lo que entender.

Vivir es ver la sombra en la luz. La lluvia haciendo dos mil sonidos todos distintos. El sabiá delirando para coronarnos. El humo del banza haciendo dos mil vueltas antes de desaparecer.

Existir es desaparecer a cada vuelta. En nuestra casita existimos: tantos árboles en el suelo como en el firmamento. Amores centellantes del acaso cierta poesía.

Este patiecito lleno de estrellas, raras, convictas…

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