Lluvia

Hace tres días llovía.

Llueve lluvia que viene bajando las montañas, mojando el verde y el bajo cielo. Llueve también en el mar, gris precioso de olas bravas de fuerte marea y el viento que viene del vientre del Atlántico. Un viento insano, de agua leve, salado.

Hace tres días llueve sobre el cuerpo, en las orejas, entre ojo y ojo. Llueve en el pelo y en las palabras. Llueve en la memoria.

Llovió debajo del agua, el eco único de cada gota, y cada sonido único de aquellos entrando en mis oídos debajo del agua.

Llovió entre las maderas de los horcones, escurriendo por debajo de las puertas e entre las hendijas. Llovió con truenos que desgarraban el silencio de la lluvia sobre las hojas y el césped.

Llovió con ganas de ser la última vez de este ciclo de lluvias incesantes. El asfalto llenó sus lagunas. La ropa no secaba. El barro apareció bajo un mar rojizo de pisadas.

Yo pensé que no escamparía aquella lluvia, y pensaba en la ciudad que se queja de la sed, y yo aquí bajo estos días sin tregua de diluvio, me contentaba con las luces de los relámpagos que eran la luz infinita de la madrugada.

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