Grande Sertão: mis veredas.

Desandé veredas rumbo al Sertão: tanto ser. Así, sin mí, no era posible. Nonada, nada es posible sin mí.

El libro estaba allí, almacenando polvos y recuerdos sobre mi cabeza. Le di la mano. Otro de aquellos objetos, el uno, que migró continente-isla-continente. El reflujo de lo que va yendo, cayendo leve, entre olvidos y memoria. Dolor del cuerpo y dolor de la idea marcan fuerte, tan fuerte como todo amor y rabia de odio. Ni se olvida, ni me recuerdo.

Sepa usted: toda mi vida he pensado por mí, libre, he nacido diferente. Yo soy yo mismo. Distinto de todo el mundo… casi que nada no sé. Pero desconfío de muchas cosas. Leo, y veo por dentro, para atrás, mi tiempo. Mi padre decía, repitiendo: “haz lo que tú quieras, y no lo que otros te manden”, y yo oyendo, aprendí de aquello.

La existencia plural con los otros, es de los placeres, el único que nos abraza a todos, y atención: de suerte que es necesario escoger: o uno se organiza viviendo en la vileza común o cuida sólo de religión sólo. Esas verdades, mías, y si usted quiere, también suyas. Pero ni es obligatorio pensar y aceptar, cada uno con lo suyo, en lo suyo. Pero hay reglas de arriba, superiores: Uno todavía no es uno: cuando todavía forma parte con todos.

Siendo que siendo el Sertão: tanto siendo. Lo más importante y bonito del mundo es esto: que las personas no están siempre igual, todavía no han sido terminadas, pero que siempre van cambiando. Afinan o desafinan. Canto para dentro. Todas las voces de todos mis momentos, míos. Mares sin fondo: esos campos guimarães.

En esos adentros me lanzo: conmigo, las cosas no tienen hoy y anteayer mañana: es un siempre. Repetir mis versos, reverbero, no significa que, ah sí, lo nuevo es esto que vivo e veo. Y continuando, reveo que toda saudade es una especie de vejez, concordar con todo, mi vuelta entera, mis arrepentimientos y el amor, ya de por sí, es un algo de arrepentimiento.

Atravesé mis añoranzas. Desordenado, lo que es, recuento. Siempre me di entero. Por la mitad, mis silencios. Fui mejorando, fui… Que lo diga mi vida ¿si era amor? Era aquel latifundio… adelante y detrás, los océanos, siempre mis alrededores.

Pero en mí, mis días, lo poco y la demasía. En lo real de la vida, las cosas acaban con menos formato, ni siquiera acaban. Es mejor así. En el medio de todo, los rellenos: tristezas y alegrías. Pelear por lo exacto, equivoca a la gente. Travesías.

¿Y por qué yo volvía, nuevamente, leyendo y viniendo, éste Sertão: mis veredas? El diablo en la calle, en medio del remolino… No sabiendo de mí mismo, me adelanto, yo. Es porque nunca se es de nuevo, dos, tres veces: revuelos. Y esos campos guimarães tan lindos limpios, por adentro florecidos, primavera es primavera, las flores de invierno, y los vientos cambiando los itinerarios, todo incierto.

«Vida» es una noción que uno completa seguida así, pero sólo por ley de una idea falsa. Cada día es un día. Recomiendo. Así, mientras escribo, cuento, la vida es este sólo: instantes. Vivir es muy peligroso, sí es, existiendo. Porque todavía no se sabe. Porque aprender a vivir es lo que es el vivir, eso.

Entonces, sólo hay el Sertão, tantos yo siendo, pequeño-inmenso en mí mismo y, de mis miedos, también siendo: océanos. La vida de uno nunca tiene término real. La vida va, y es. La muerte es rayo que siempre ya vino y, de esas verdades, solamente desconocidos manifiestos.

… y leyendo!

 

Nota inevitable: textos en negrita, tomados del libro Gran Sertón: Veredas de João Guimarães Rosa.

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