… epitafio en mi propio nombre

… lo que recuerdo es que éramos todos complejamente felices. aquella felicidad efímera, casi instantánea. sonreíamos comúnmente con hambre en los ombligos y nos contentábamos con la alegría del encuentro ocasional en las esquinas.

… no recuerdo donde estaba cuando desperté. a los que conocía de antes del sueño solo los volví a ver tiempos después en la ventanita brillosa de un computador. éramos sobrevivientes en todas las latitudes de lo humano. y los testigos de una proeza insular sin que tuviéramos consciencia de aquello. nos bastó, seguir vivos, y nada más hicimos por el curso de nuestras vidas.

… mientras sonreíamos a nuestro propio brillo molecular en la ventanita sagrada, se nos hizo fácil el vino y el olvido. el abrazo se quedó en la noche y en las estrellas que contamos con los dedos desde nuestras latitudes. nadie recordó los nombres de los testigos. éramos, del olvido, cómplices, y sonreímos para nosotros mismos.

… desperté. me sentí el único testigo con memoria de último día insular y de la felicidad efímera. escribí el epitafio en mi propio nombre. fui feliz con este acaso. yo lo recuerdo.

… y también, me olvido.

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