De dormir viene la noche

El Santi se fue, dijo adiós al cuerpo y a los rarísimos estrenos. Dejó sus historias a los suyos. Y a nosotros, los ensueños. Dejó tristeza, muchísima, de la que en fin cada uno se hace responsable, y vive.

En mi memoria, clavado el instante en los recuerdos, tengo ese último regalo que el mismo Santi me regalara. Había llegado hacía un par de días a La Habana. Era este último noviembre del año 2013 y el mismísimo Zurdo tocaría.

Encontré a Claudia en la casa de Carmen y unos rones después fuimos a pie hasta Línea. Cogimos un taxi hasta el Bertolt Brecht. Por ellas supe del concierto, y de ellas supe que están preparando un documental sobre dicho Santiago. No me sorprendo. Si alguien yo conozco que es amante de la poética del Santi, es ella, Claudia Expósito. Por eso, más que obvio lo del documentarlo “ay cojones, ¿y ahora Cló?”.

Santiago es la izquierda de la guitarra. Izquierda de los opuestos. Los inversos. Fue la revolución de los versos de seis cuerdas. Yo lo escuché en bocinas. Lo escuché en los palcos colorido de botellas y, distante en las plateas. Lo escuché por dentro y, lejano en mis nuevos países.

Por ahí andan enredándose en apologías sobre las ideologías que cantaba un Santi de la dimensión de él. Al poeta deberían preguntarle de poesía, y al hombre, pues otro hombre que le pregunte.

Santiago es música para la soledad, que es el lugar donde vive el creador. Desde ahí donde componía, escribía y cantaba el Santi. Y desde allí que hay que escucharlo, con el alma leve y sin amarras. Libre y solo. Solo.

En la sala de aquel último concierto, hace menos de tres meses, éramos menos que cincuenta los que todavía no sabríamos, sería su último concierto. Si no su último, al menos el nuestro.

Yo de tantos destierros personales,  La Habana, más que un regalo, era mi propio ensueño. Y Santi, para mí, era la llave de entrada para ese comienzo.

Nos quedamos ahí, escuchándolo, riéndonos, bebiendo, sin exigirle mucho a la apatía de las luces frías y de aquella imagen del hombre con guitarra sobre el escenario. Había un adiós, ahora que lo pienso. Porque yo vivo así, abrazando despedidas todo el tiempo.

Entonces disfruté escucharle nuevamente todas “sus” verdades, deliciosamente entregado a lo que “mis” verdades me ofrecían. Y al final, salimos de ahí como otra noche cualquiera de esta vida efímera.

El Santi se fue, y nos quedarán de él, nuestras historias. Sus versos reinventados. Revividos. Hay quien le pedirá en su tumba, firmas para nuevas o viejas constituciones. Hay quien le exigirá haberse hecho cargo de más de un ministerio. Hay quien le pedirá silencio.

Aquí hacia el final, me recuerdo mucho de ti, Cló. Vaya por pensar en alguien que pueda  abrazar, y que me recuerde al Santi. Aquí te van dos instantes de aquella noche.

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