Brújula de nortes por estrellas

Es fin de año de este 2013. No recuerdo exactamente lo que escribí por este tiempo, hace un año atrás,  pero sé que entre pasiones y el amor, sufría con una soledad muy mía, que me hacía daño interminablemente. Sufría porque entre otras cosas, reales, cotidianas,  pedestres,  el dolor que me invadía yo me le entregaba enteramente, sin desatinos , consciente.

Mi hijo, Benja, tal vez nunca sabrá cuanto me salvaba de la catástrofe, o lo sabía en mi abrazo o en un llanto escondido en un cuarto donde no había nada que esconder.

Recuerdo que por este tiempo, en aquella ciudad increíblemente feliz que es São Paulo, la gente, mis amigos casi todos, se distribuían destinos para la felicidad de cada uno. Entre correos electrónicos y llamadas telefónicas, yo sabía que mi destino-lugar era la soledad.

Y aquella soledad mortífera se vistió de una sutil pobreza y fuegos artificiales ajenos en un pequeño alquiler de un barrio distante. Entre aquellas blancas paredes de luto tardío, se despidió el dolor de toda una vida, y nació, aún sin saberlo, la nueva felicidad de la soledad.

Quien se detenga entender las tristezas, y aún más las felicidades, difícilmente sobrevivirá para escribirlo. Esas dádivas hay que agarrarlas con los dientes, y de pecho abierto, vivirlas hasta cierto final…

Un año después, quemdiabosescreveria?, la brújula cambió sus nortes por estrellas, constelaciones de ojos y danzas, y abrazos de intensa candidez. Llegué a La Habana de esquinas malolientes en el vuelo manso de una brizna en el viento. No sabía cómo habría de ser este viaje – ser yo – porque el presente no tiene sombras ni soles en el reloj del tiempo, y porque la paz de espíritu no teme balancearse sobre la cuerda floja de la vida. Y aquí estoy yo, con los segundos suspendidos en instantes, la felicidad amontonada en los pliegues de mi piel y los amigos escondidos en recuerdos.

Y nunca hubo tanta felicidad en mi Habana: deliciosa y calma, calurosa e infame, maleducada y rara, machista y policíaca, insistente, autoritaria, bailarina y borracha, prostituta y leve, con faltas de ortografía en sus paredes y ómnibus que nunca pasan, limosinas de hierro de otros siglos, e iglesias donde se predica el oro, el tema de los negocios y las “balas”, y los carros que se venderán por toneladas, literatura marginada y poetas que se dedican a inventar traumas, músicos que travisten sus mecánicas, y familias enrevesadas por el pan, el vino, los peces y las aguas, y la diáspora necesitada de calor, y de felices pascuas, como yo.

Entonces, espero entre estas tantas paredes blancas – que no lo son – los fuegos artificiales de los otros, ajeno a tanto y tantas alegrías y tristezas que me aguardan, porque el presente no tiene sombras ni soles en el reloj del tiempo, y porque la paz de espíritu no teme balancearse sobre la cuerda floja de la vida. Aquí estoy yo…

 

drelos

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