Un cuento de vida

En el camino, sua vida, el hombre encontró lo que había e existia. Nada más y nada menos que aquel paisaje increíble del mundo a sus pies. Cada detalle ordinario, cada sombra, cada recóncavo tras las curvas era posible, y además especial.

Todo hizo sentido del principio al fin. Del comienzo del tiempo hasta su muerte.

Su vida era marcada por instantes sublimes, escogidos por una indeleble sonrisa o un estruendoso llanto. Para él, aquello no significaba diferencia, en la memoria quedaba como algo que lo hizo sentirse por mucho más vivo.

El camino, sin trazos, sin mapas, ni señales era o territorio infinito de su existir. Infinito en cuanto él imaginaba distantes las fronteras – si es que eso existía – que nunca consiguió ver.

A cada gesto o palabra el universo, aquello que era su alrededor, se deshacía y reconstruía en un ejercicio sin fin… en una vida sin fin.

Era involuntario, como de sobrevivir, desterrar palabras que le estuviesen apretando el corazón. ¿Quién podría vivir con aquellos aprietos mortales, una especie de poética de infarto al miocardio? Y le era inevitable, inhibido de culpas o juicio, aquella reformulación brusca de todo lo que su rabia o su odio creaban a su alrededor.

En la vida, o caminho, el hombre descubrió otros seres parecidísimos a él. Otros hombres se llamaban. No le parecieron extraños, todo lo contrario fue curioso e incisivo en su manera de acercarse, en su modo de aceptarlos.

Al mismo instante se quedó emocionado cuando vio que su universo, aquel tapete colorido con velos de cielo y del Sol, renacía cada vez que otro hombre hablaba o hacía un gesto. Se asustó con la rabia y el odio de algunos, y simplemente se apartó.

De otros hombres percibió fantásticos diseños y posibilidades de vivir delante de aquellos gestos y otras palabras. Fascinado acompañó o se dejó acompañar en la vida, neste caminho, por otros hombres. Recuerda, por lloros o risas, de estos momentos los más divinos pasajes que pudo tener.

Vive hasta hoy, la eterna sensación de que por veces, ni tantas ni pocas, confundió gestos y palabras de otros, en su ingenua intención de dejarse acompañar. No era disfraz, mas otra sonrisa o llanto, que le hicieron por mucho feliz.

Y dígase de pasaje, aquello de felicidad era lo único que en realidad le interesó. Los restos, si es que algo sobraba, de aquel intenso caminar, o viver, sobrevivían en forma de sueño, en un lugar donde sabía regresar hasta sí, pero nunca como llegar hasta allí.

Tuvo un día en la vida, naquele instantáneo caminho, que vio  otro hombre, pequeño y mucho más ligero que él, acompañarle inevitablemente por donde él pasaba. Fue más feliz al descubrir después de muchísima autoobservación que ambos, reciclaban el entorno con una sincronicidad absurda, de otro mundo, divina. Primero pensó que el bajito lo seguía; con la vida y el camino, vio que la simbiosis practicada los unía en algún lugar o tiempo fuera de los límites que conocía.

Se entregó al otro, su hijo y así mismo.

En los días cuando al hombre su existencia no le parecía consecuente, como si aquella trascendencia tras sus gestos y sus palabras se virasen al contrario, y en vez de crear, destruyesen, de esos días el hombre, solo recuerda su muerte.

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