La vida que vivo – y me escribo.

Casi un mes sin escribir es mucho tiempo. Tiempo vida. Resumir en palabras o escoger un detalle para detallarlo. El tiempo es mucho tiempo para escribirse con palabras.

Un día, hace un buen tiempo, descubrí como vivo mi vida. En dos tiempos, completamente diferentes e prácticamente imposibles de vivirse simultáneamente.

La vida se vive, uno.

Dos, la vida se escribe o se narra.

Piense. Despierto de un sueño donde apenas recuerdo qué era. Alrededor mi vida, mi cuarto  denota exactamente quién soy. De nada sirve cuestionarme o culparme por todo este reguero. Eso es la vida, vivida, de principio a fin. La vida de los actos y sus consecuencias, sin juicios ni valores, sin moralidad, sin éticas.

La vida que se escribe es diferente. Puedo mentirte, y tú, leyendo aquí nunca sabrás cuanto mentí. La vida que se escribe es aquella que parado ante el tiempo, el implacable, divagamos en historias del pasado o ansiosos deseos de futuros; ambos tan tontos, tan insignificantes, todos tan irreales.

La vida que se vive no tiene sentido, ni pausa, ni razón, ni cuerdas, ni relojes, ni ansías, ni fe. La vida vivida se para ante la mirada y se dibuja del color que la quiero ver. Una lluvia gris de comienzo de invierno – como hoy – pudiera ser el triste comienzo de un suicidio que no va a suceder. O, es la simple alegría de querer escribir.

La vida que llevo viviendo no tiene recuerdos, ni planes perfectos. Me despierto y siento en la carne la ausencia de alguien para contarle mi sueño. Un sueño sin pies ni cabeza y que no tiene ningún fundamento ulterior que el de haberme sucedido en sueños.

La vida que escribo es esta bitácora que pretendo olvidar un día perdida en el viento. Así como olvidé los rumbos que me trajeron hasta este momento. La vida que escribo se pierde en palabras que invento, sin intensión, sin remordimientos. Y me lleno de alegres sonrisas si alguien me dice, “te leo”, pero aquello nada cambia, y no me resurge otro nuevo texto, ni nuevas palabras de mi vida que intento y mucho menos de la vida que todo día reinvento.

De una hermosa mujer leí ante mi teoría sobre mi modo de vivir: “sólo escribe quien vive, sólo vive quien ama” y yo en silencio, respondo: “todos escriben, todos viven, todos aman y la suerte, es hacerse conscientes de eso”.

Mi vida – escrita o vivida – no le hace sentido a nadie más. Esa soledad que nos conduce hasta nuestro encuentro interior es lo que nos salva de no ser parecidos el uno con los otros. Esa inmensa soledad es lo humano, lo que nos distingue finalmente en el inevitable camino hacia la muerte. Por eso amar es urgente, para vivirnos, para escribirnos. Para existirnos.

La vida que escribo anda sin precios, como otrora escritores sobrevivían con poca comida y bebida demás, sobrevivo. Y parece que es definitivamente la única manera de escribirse mi vida. Acostado en colchones mirando el techo o la ventana, ropas largadas sobre muebles, zapatos y medias decorando paredes blancas.

La vida que vivo y escribo le faltan adjetivos porque la veo y la siento y la respiro. La agarro de la mano y la traigo conmigo, cerquita del pecho y del ombligo, la restriego en los pelos de mi pelvis y la amarro entre mis piernas para no dejarla escapar en un suspiro.

La vida ahora que de piernas cruzadas le invento contornos, verbos que la traduzcan del soplo del viento frío que me hiela los dedos, la lengua y el ronquido del hambre que me persigue.

Y en silencio – mientras escribo – vivo.

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