De como llegar en casa en tierras ajenas: una perspectiva del presente.

Una nueva casa, un nuevo hogar. Parece juego de niveles. Yo personaje de este proyecto loquísimo que es la vida. Como si fuera un héroe y su fiel compañero, el Benja me acompaña, valientemente.

Hace un mes que estamos en el Morro del Querosene – quien se imagina que aquí hay mucho fuego, ni lo dude, este barrio es también maravilloso. Y quizá sean mis ojos que ven muchos árboles y cantos de pájaros. Quizá sea yo, quien en mi interna serenidad descubre calles cubanas subiendo laderas paulistas. Aquí, podría encontrarme sin dudas cualquier de los amigos de antes, de aquellos que la vida y la geografía enviaron lejos.

Nuestra casita azul es pequeña. Apenas dos cuartos, un bañito, una sala-cocina-comedor. Benjamín me pregunta – ¿aquí é a sala? – y sí pues, a veces es sala, algunas veces es comedor, casi siempre es cocina.

Alexandre, el sociólogo de casa, es adepto al cine y ya sé le encanta la isla. Si todo sale bien, pronto él estará por allá y conocerá en carne y hueso aquello que tanto hemos hablado en casa sobre Cuba. Esta ilha tão difícil de se entender na distancia Esa isla difícil de entenderse a distancia y mucho más difícil de vivirse desde dentro.

Las casas vecinas son de varios colores: azul, verde, naranja, vermelhas. Una estrecha escalera las divide, por donde circulan los 5 o 6 gatos de la villa. La mayoría de los mininos son de Camila, una artista plástica – creo yo – que se preocupa tanto con los felinos como yo con mi hijo. El otro gato es de Sara, la nueva amiguita del Benjamín. Ella tiene tres añitos también y bueno ya se hicieron los “mejores” amiguitos. Sus padres, Verónica y Fabio, son también buenos queridos míos. A Fabio ya lo conocía de la capoeira y fue una feliz alegría encontrármelo por aquí.

El barrio es de calles soleadas y casas con jardines y perros. Pocos carros suben y bajan sus laderas curvas. Es el mismo de la Festa do BoiPor veces vi mi infancia, de la mano de mi abuela, por aquellas calles soleadas de Santos Suarez, allá en La Habana.

Los ojos de niño brillan por cada grieta, cada nuevo sonido, cada rascuño de paredes pintadas. Una frase diferente, leída al paso del nuevo caminante. Benjamín de mi lado, descubre también esas nuevas texturas, esos aromas de vida diferente.

Regresando a casa, por sobre los tejados anaranjados sobresale un bosque de altos gajos, pinos, araucarias, quizá alguna casuarina, alguna ceiba escondida. Es una imagen de finos contornos de verde como si la ciudad, esta grande ciudad, falsamente, terminase después de nossa casa.

Es bueno sentirse en casa.

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