822, el valor de la vida.

822 reais. Es real. Dinero bruto entrando en la caja. Salario único, básico, poco.

1 real equivale hoy en días a más o menos medio dólar. Es una mierda pero todo en el mundo se compara con el dólar. Entonces, 2 reais por 1 dólar.

Trabajo como educador en el Projeto Quixote que además es el proyecto que me acogió desde que antes de llegar a Brasil. Vale la pena, un lugar rico en experiencias y personas muy diversas y muy queridas. Ochocientos y veintidós reales. Eso y nada, por ahora.

Llego al buteco. Le pisco a la garçonete que me sonríe. Le pido un vaso y me siento con los amigos. La mesa está mojada de tanta cerveza que rodó y rodará. Los conozco a todos por el nombre. Saberse el nombre de alguien es lo que te salva de llamarlo de humano, o de bicho, animalejo. La noche escuchará muchos chistes y mentiras y por debajo de las mesas, manos y brazos jugarán a la suerte con el futuro. Al final de la noche la cuenta, me espanto, no tanto y me alejo del tumulto. Son 822 reais, lo poco ni siquiera alcanza a suficiente.

Todavía me le acerco a la garçonete que trató en vano de adivinar de dónde yo era, y le regalo la respuesta. Si supiera todo lo que le puedo decir en el más fino portunhol caribeño no se alejara cabizbaja, dándose por vencida, yéndose. Cuando regreso a la mesa, la cuenta está paga. Suspiro el alivio.

En el mercado de la esquina de la casa, los precios no son los mejores, pero tener un mercado en la esquina de la casa no tiene precio. Por los no muy extensos corredores, vecinos del barrio exhiben sus nuevas camisas de fútbol, la señora con los espejuelos, las muchachitas flaquitas sin ajustadores, un tipo, otro, dos niños. Entre cada mirada que acierto, le hecho un ojo a las etiquetas rojas: son las promociones. Muy a menudo son productos que no les queda poco tiempo de validad. Los pobres consumidores nos alegramos y pagamos la diferencia de la rebaja en la cerveza. Antes de digitar la seña de mi cartón de débito le rezo al Dios divino Bradesco.

Camino despacio, acostumbrado a rasgar ciudades de esquina a esquina, São Paulo no conoce todo lo que yo le conozco. Soy un cómplice y soy su testigo.

Atravieso kilómetros de gente, absurdamente triste y trasnochada, mientras pienso en qué escribir por la noche o dónde estará mi hijo. Tropiezo con los ejecutivos, algunos más jóvenes que yo, con aquella mirada gastada de quien no es feliz. Me arriesgo en el semáforo, luz vermelha, y me esquivo del carro, la moto y los dos muchachos andando de skate.

La vida de quien no quiere rendirse al majestuoso monolítico del dinero, es el simple deseo de estar vivo.

Una sombra en el parque, compartida con dos palomas que insisten en no decretarse monógamas, disputada con la hoja seca cayendo en la brisa, agitando el brazo la niña de diez me enseña un dibujo a lápiz que hizo hace un instante, el hombre bosteza sin taparse la boca, Angélica – el nombre lo descubro de su broche – se maquilla caminando, el oficial de tránsito se molesta con su novia, un rubio largo en chinelos muestra su guía como si fuera una medalla, dos rapaces se divierten con una revista entre las manos, yo abro mi cartera, la bailarina recoge del suelo un arete con la magia de una Giselle descalza, Batman canta en inglés algunos blues, sin dinero el cielo es azul como nunca, el asfalto tiembla cuando pasan dos o tres carros al mismo tiempo, la sombra de un payaso esconde del sol su maquillaje, el del banco con miedo protege con sigilo algún documento, dejo escapar mi ómnibus con la consciencia de quien no quiere pagar aquel absurdo.

Bilhete único es un cartón de integración de transporte público de São Paulo. Con el me muevo más fácil e increíblemente es más barato. Con el precio de un viaje usando el Bilhete único , en el transcurso de tres horas, puedes pegar cuatro líneas diferentes de ómnibus, y si usas un metro o incluso el tren, pues te cobran más otro poco. Con los cálculos precisos y un reloj afinado, voy de ida y vuelta a la mayoría de los lugares pagando sólo una vez. A veces como quien no quiere las cosas, fuerzo bajarme por delante sin pagar mi tarifa. Otras, con unos de esos “tickets” sociales que me consiguen, pues también hago mi viaje sin pagar nada.

Mientras tanto, mi hijo se divierte con cada transcurso, sea de tren o metro o “guagua”. En casi todos nos regalamos un conocido o alguien por conocer y aunque, es arduo, difícil y caro todo ese rolé en transporte público nos la pasamos muy bien.

Oitocentos e vinte e dois reais..

Es real. Realmente.

Y quítame la electricidad, el agua y el celular. Resta el papel sanitario, el arroz y el feijão. Sustráeme el pan, la mantequilla, la leche y el café. Unas cervezas de litrão compradas más baratas en el mercado de la esquina. Un chocolate en el antojo.

Ningún lujo ni pretensión. Me libré de ese estigma de completarme con las cosas ni de compararme con aquellos que quieren tener más.

Todavía me deleito con la vida y AGRADEÇO. Los amigos, todos y todas, pueden decir más porque sin ellos quizá la Policía Federal estaría buscándome – es un chiste, ok?. Pero el hecho es que sin lo que tantos y tantas ya pagaron por mí en estos últimos tiempos, ¿qué decir? Desde transacciones internacionales, deudas sin endeudar, préstamos disfrazados de Papa Noel, las cuentas divididas, el convite a la mesa para almorzar, un café, un viaje a cualquier lugar. Les agradezco a todos y todas.

Me detengo frente a las luces de neón – un cine, una fiesta, un concierto, una exposición, un libro abierto – y sonrío. Con esos monstruos de artistas, fue que mi corazón aprendió la felicidad. Vagamente los recuerdo: frente al espejo sólo una luz es la que se refleja. Discúlpenme Córtazar, J.L. Borges, Guimarães Rosa.

Hurgo entre mis cosas mi carteira de estudante: periodismo en una facultad de otra ciudad. Ese enmascarado delito me deja por la mitad cualquier valor a pagarle a los maestros.

Como se diría en Cuba: “A cultura não tem momento fixo”.

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