Un año en pocas palabras

“Quando se optou pela liberdade,

deve-se ter sempre em mente

a possibilidade da solidão.”

Ame e dê Vexame, Roberto Freire

Bastas planicies de tierras secas y grandes arbustos, abundante vegetación creciendo cerca de los ríos, agrupándose en bosques en un abismo profundo, pequeñas venas de agua cortando en pedazos formando cataratas y despeñaderos, pájaros inmensos azules volando sobre las carreteras de lodo bermejo, rocas alterando el horizonte en una soledad desproporcional. Un sol gigante poniéndose sobre la línea perdida, difusa en una anaranjada puesta de sol. Gaudí, Van Gogh y Schiele, delante de mí, los tres arrodillados de manos dadas ante la soberbia de un tal atardecer.

Ante tanta vida, uno tiene que agradecer.

São Jorge, Alto Paraíso de Goiás. El centro del corazón del macizo brasileiro. Yo estoy sentando ante el último sol de 2011, un año picado en dos, dividido al medio por el samurái bendito del acontecer.

Cordel de Fogo Encantado

Un cachimbo de metal colorido me entra en las manos. Salvia, La divina da un paso en puntillas y discreta, sensual, se coloca entre mis labios. El humo es fuerte y debe ser continua la llama encendida, el aspirar relajado, como quien deja un vacío en el aliento para respirarse uno por dentro. El humo entra y con súbita calma el cielo naranja que invita a la noche a llegar es rasgado en tiras de papel, deshaciendo la realidad en porciones mágicas de mundo, ahora en retazos y pequeños pedazos de corte al azar. Nubes, árboles y horizontes resquebrajados ante mi parecer, ante mi impotencia, ante mi posibilidad de existir.

Así vino 2012, quitándose las máscaras y los retoques. Me mostró en su grito la fuerza de lo que sería. La vida estaba al desnudo, sin pudores ni insinuaciones, a la muestra. Era ir o desistir de mí.

¿Estaría dispuesto a ese desdoblamiento? ¿Tendría fuerza para luchar contra mí mismo por mí mismo? ¿Me alcanzaría el tiempo?

Después de 6 meses viviendo en un condominio en Morumbi, distante de casi todo lo que conocía, con dos nuevos parceiros con quien no tuve casi nada para compartir, después de tantos trenes y soledades, después del verano, la piscina, los mosquitos. Después de ver que la mayoría de los mis próximos no tuvieron como acompañarme y no me acompañaron; tendrían sus propios problemas, sus deudas, sus hambres; y que los que quisieron y pudieron ayudar, lo hicieron desprovistos de interés, sólo con la intención de verme de feliz, sonriente, me decidí a salir de allí, me mudé para Butantã.

Cada mochila, hecha y deshecha, es un viaje sin retorno, un devenir.

Aquel fin de tarde en la Chapada dos Veadeiros, aquel paisaje de papel-pared siendo rasgado, y por detrás, estaban las verdades del nuevo juego probablemente dictadas por algún Dios vagabundo, perezoso y altruista, manuscritas con bordas mojadas y poco definidas. Yo no comprendí pero pude leer.

Quien sabe de destinos tiene que tener mucha imaginación, llenarse de certezas no sirve para jugar esta sucesión de días e inviernos.

E fiz bonito, Bonita! – el día del juicio te llamarán para testificar a mi favor, por favor; porque amar nunca fue destreza, é simples viver.

Entretanto, le dije sí a las festanças. El cuerpo entregue nuevamente al baile, aquella música que toca por dentro, debajo de mi piel, ritmó las extremidades y me puso a divertirme: debajo del agua del mar y desnudo, mi hijo diciéndome lo que quiere de mejor para él, entre las aglomeraciones del metro de una gigante ciudad, en cámaras oscuras con gente danzando borrachos de vida, en salas amarillas con luz-candil, en las anotaciones confusas de mis cuadernos que terminan en este blog, en la mujer que camina junto a mí en la lluvia y la prisa y madrugada y el persistir, en el beso robado de la camarera que no me besó, en la armonía de un parque que llueve después que llovió, en una casita prestada en el alto de un barrio que aún no murió, en el amor descontrole que me regalé, en la bicicleta entre la manada de carros probando mi sobrevivir a cada segundo, en la ginga africana del Pingüino, en pequeños pedazos de espejos quebrados desorganizados ante mi mirada confusa que no sabe reconocerme, en mi cuerpo desnudo alzado por otras veinte manos sudadas al aire entregándome de nuevo al vivir, en el túnel caliente, pulsante, vibrante y de nuevo, que vine a renacer, por segunda vez.

Le di la mano a la Sole, – esa mujer esbelta que a pocos le gusta conocer – Soledad. En cien noches y algunos amaneceres me abracé a ella viendo a mi hijo dormir. Era callada y tristona, pero aguantaba todo mis resabios, mis soliloquios, mi transitar. Ella no me amaba, pero tampoco me dejaba en paz.

“Pues sí, Sole Soledad, todavía no te sé amar” – así le escribí en un papel-pared una de esas pocas noches que me dejó respirar.

Ahora llueve, hace más de tres horas. La Sole Soledad no quiso hablarme. Llegó con sus ropas mojadas y se sentó a mirarme mientras yo dormía. No la escuché llegar, de hecho nunca la descubro antes de ella ya estar por aquí reorganizando mis cosas contra mi voluntad. Cruzó las piernas, las descruzó. Su sexo me invitó, estaba húmeda. Yo quería más y más de ella. Una mujer no se conoce – ni se ama – en pocas mañanas. La llamé para abrazarme mientras yo, sentado y desnudo, escribía algo para mí mismo: ESTO.

Egoísmo es una especie de amor.

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