El día que vi la muerte en la ventana.

Existe actualmente en São Paulo casi una guerra civil. Casi porque no es declaradamente abierta, pero es descaradamente diaria. Existen tres grandes grupos que se dividen las fuerzas. Uno es el Primeiro Comando da Capital, de siglas PCC. El segundo, estaría formado por las Fuerzas de seguridad públicas: policías militares, civiles y federales; grupos de exterminio o cuadrillas formadas por policías que se aprovechan de su poder para intentar ejercerlo contra el primer grupo. Y el tercer grupo, las víctimas.

Esta guerra lleva sucediéndose por los últimos dos meses más o menos. En la prensa, las autoridades han intentado “embarajar” el tema, hablando que los ataques, muertes y asaltos son hechos aislados y que las víctimas se encuentran “no lugar errado no momento errado”.

El hecho es que por varias semanas, todas las noches en la ciudad de São Paulo, la más rica y desarrollada ciudad de la América Latina, en índices meramente económicos, son asesinados varios policías por parte del PCC – y no es el Partido Comunista de Cuba, otro PCC que consiente hace años otras varias muertes – además de otras tantas víctimas escogidas al azar en esquinas, bares, parques o ómnibus.

No hay reconocidos culpables. Hasta los más crueles asesinos – sean del PCC o de alguna de las policías – se divierten viendo en la televisión las imágenes de quien simplemente es más un número en la estadística de la Seguridad Pública.

En medio a esos hechos – que no me interesan profundizarlos – yo me hago como que no es conmigo, transito por las noches como si fuese la última estrella del cielo opaco de esta metrópoli, a la búsqueda de una brisa romántica que me abrace y me traiga de vuelta a esta Tierra, donde soy, solamente polvo. Mi vida me fue dada, divinamente, por el simple amor de mis padres; por el grande amor de mi hijo.

Es 2010, Natalia está embarazada. Estamos los TRES en la casa de una amiga en Guarujá, litoral paulista. Hacía ya varios meses que no entrábamos en el mar. Ese el peor y más grande defecto de esta ciudad. Pero ya están Naná y Benjamín, juntos, todavía siendo una sola persona entrando en el mar verde de unos ojos. Aquellos ojos profundos frente a la profundidad del mar. Él, todavía innombrable, apena deseo, sin ninguna memoria entrando con ella.

El agua es rasa, extensa la arena, algún gris en el cielo.

Final de la tarde caminamos de regreso, Baxinha, la amiga, y nosotros; conversábamos, nada importante. Recuerdo que había sol, que sólo teníamos que andar tres cuadras, que yo cargaba tres sillas replegables. Que sonreíamos.

Vi alguien que se aproximaba. Bermuda, camiseta, chinelos. Nadie importante.

Baxinha mete la llave, abre la puerta, el hombre está de nuestro lado, entre nosotros, muestra un revólver. No nos asustamos. De cualquier manera el tipo nos pide tranquilidad, esconde el arma, nos sigue dentro de la casa. Habla despacio, bajo, muestra el arma. Pregunta si hay más gente en la casa, alguien más llegando de la playa. Amenaza.

Natalia está nerviosa, visiblemente, no mucho. No la pierdo de vista, cercanos, pero sin exponernos demasiado. Tengo miedo, no del arma, del hombre que nos conduce a la casa y por nuestras indicaciones de cómo llegar al fondo, amenazados, llegamos donde están la caseira y sus hijos, un par de adolescentes algo más altos que yo. Nosotros nos presentamos antes, pidiéndoles que mantuviesen la calma, y luego el tipo, el arma, nos apresa a colocarnos juntos.

Todo ese tiempo, entre súplicas nuestras de que por favor nos dejase tranquilos, y una increíble frialdad del otro lado del revólver. Amenaza. Los muchachos no lo creen. Natalia nerviosa. Yo con miedo. Todos con miedo. Él advierte, cualquier movimiento, alteración de ánimo, intento de reacción, y las cosas pueden empeorar.

Pide los celulares. Los entregamos. Entonces el asaltante, un hijo´e puta flaco, pelo corto,  hace una llamada telefónica a los comparsas. Los muchachos, hijos de la caseira¸ quienes viven ahí hace unos años y que cuidan la casa, intentan conversar con el hombre. Apelan a nombres de lugares, barrios, gente que conocen intentando alguna condolencia. Algo que quiebre el frío empuñe del gatillo, el alarido casi ronco, bajo, que nos mantiene contra la pared, sobre una cama a nosotros seis y mi hijo.

Nos lleva hasta la sala. Es amplia con muebles viejos de madera, todo rústico sin alardes ni ostentos. Algunos cuadros pintados por algún amigo de la familia. Estamos de espalda a la puerta de salida y siempre de frente, mirando atentos al hombre armado. Nos pide que no hagamos nada, no quiere tener que hacer una mierda. Intenta llamar de nuevo por el celular, no lo consigue. Alejándose hasta un traspatio, un jardincito, consigue comunicarse. Otros tipos están llegando, se le deja entender en la conversación.

Natalia está más calma. No recuerdo si estamos abrazados. Si hay una mano de ella en mi mano. No recuerdo si dudo, si tiemblo. No sé y nunca sabré lo que sentía mi familia, ahí a mi lado. Sé que no recuerdo a la muerte, ni su frío ni su silencio. Sé que no estuvo rondando entre hendijas, resbalando entre los metales de la cocina. Sé que no pasó por la ventana.

En ese vacilo, o cara regresa sonriente, por la primera vez algo nervioso, lanza su mano sobre la mesa y rescata el arma descuidada. Un instante en que todo podría haber sido diferente. Un buen guion no habría perdonado  ese detalle.

Tocan la puerta, el hombre exige al menor de los hermanos que abra, allá fuera, la puerta. Amenaza lo peor, y no quiere que nada suceda. Escucho un carro, se apaga el motor. Dos hombres atraviesan la sala por un corredor sin dejarse ver el rostro. Uno raspado, muy joven, adolescente interrumpe y escupiendo gritos, ensayados y malévolos toma posesión del revólver. Tiene los ojos encendidos, por primera vez tengo miedo del arma porque la muestra y juega con ella entre la manos, haciendo que Baxinha, nuevamente, explique lo de Natalia embarazada.

El resto se dedica a llevarse cosas de la casa. Los más perjudicados son la caseira y los hijos, estos muchos más decepcionados. Aquellos había sido por tiempo, el trabajo de años de una familia creciendo feliz muy cerca de la playa. Aquel primero, regresa, subestimando que haya tan poco, pregunta por una tal de caja fuerte, por la joyas, acaricia los cuadros preguntando si aquellos no serían de otro valor más admirable. Atraviesa nuevamente el jardincito. Esta vez el revólver se movía en la mano del compinche, ojos encendidos rojos, un peligro adolescente – olha a morte borboletando na janela.  Regresa con nuestras mochilas y se burla de lo poco que tenemos, no se conforma. Natalia ofrece la cámara, es lo que más tiene de valioso – algunas fotos de Europa, de un viaje que había hecho el año antes y que todavía no había descargado.

A los que nunca les vimos las caras, ni les escuchamos las voces, desaparecen en el corredor. El primero anuncia la retirada y nos dice que nos dejará amarrados, en el baño, amordazados. De nuevo tengo miedo del hombre tras del arma. Pero es un riesgo para mi familia, y la estrella solitaria en la metrópoli avanza sobre la sierra, entre hojas húmedas de un rocío que no acaba, una lluvia lenta en mi espalda, el tiempo hecho instante detenido ante lo vulgar de la muerte, el pensamiento inerte, los ojos de la esperanza posados en la calma, en la simplicidad de un deseo en el centro de mi pecho – de todos, seguramente – que me agarra, cauteloso, en una luz violeta que recorre el tiempo, un sonreír, el silencio.

Todo para.

ESTOY VIVO. ESTOU VIVO.

Escuchamos el portón cerrarse. Un ruido de motor, el carro ronroneando, llevándose media casa.

Natalia me abraza, y yo, simultáneamente a ella. Debajo de los brazos, silencioso, nuestro hijo poco entendía que era aquel todo golpetear tenso que lo arrullaba. Todos lloramos y a los pocos, percibiendo que cosas se habrían realmente robado.

El cielo estaba anaranjado. Ninguna otra estrella ofuscaba las luces que la tarde brindaba. Probablemente en la playa, la mayoría se reía sin mucho sentido sin saber de todo el sentido de estar vivos.

Lo que es ridículo va a buscar sentido a donde exista alguna fe. Nos enorgullecimos de las posturas que no preservaran vivos. Nuestro hijo podría conocer la vida y a nosotros. Natalia y yo nos queríamos mucho, lloramos. Los muchachos percibieron cuanto más pobre serían, se lamentaban, crecían. La madre los abrazaba como el primer día. Para Baxinha era su segunda vez, la misma casa, que era asaltada; no estaba conforme pero tal vez conformada. Decidimos ni llamar a la policía, varias horas serían perdidas para nada. La noche y la brisa helada venían desde el océano, suavemente, como si nada pasara.

En el silencio perduraba el peligro de la muerte anunciada, nosotros completamente vulnerables, finitos, desechables. Éramos polvo. Un suspiro profundo dentro de otro abrazo a Natalia, nuestro hijo, y finalmente, mucho miedo.

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