La fiesta de la muerte… (Festa do Boi – A morte)

Domingo es día de fiesta. Hay para quien familia es fiesta. Hay para quien ni hay familia, ni fiesta, ni domingo.

Mi familia, mi fiesta, mi domingo es Benjamín, y para él fiesta es Festa do Boi. Yo imaginándome ser ese niño que todavía me creo, y que reconozco, se abraza, vive en Benjamín, me divierto, sonrío, quiero todo para mí.

La noche anterior le dije “Benja, mañana vamos a la fiesta del Boi”. Abrió los ojos, él ya sabía, recordando otra fiesta anterior, yo imagino, la felicidad de ver tanta gente, niños, perros bailar, beber, sonreír al ritmo de tambores, cantos y gritos. Cuando despertó, era domingo de sol, se levantó súbito apoyándose en las manos y sentando, sonriéndome, me dice, “Papai vamos para festa do boi”. Benjamín fala português pero entiende todo en español, y cuando lo quiere demostrar me dice con una certeza de que todo le es posible y que todo es posible existir, y que el mundo a sus pies espera abrírsele: “VENTANA”. Esa palabra es su manera de abrirse a otra realidad, – en ese otro idioma distante y cercano – es su dominio, su fuerza, su intensidad.

Abre ventana, ábrete para él…

– 

Esa festividad es una tradición de origen maranhense que se sucede tres veces por año en el Morro do Querosene, un barrio de casas y calles curvadas, con gente simple, artistas, bons vivants. El nacimiento, bautizado y muerte do Boi son las tres celebraciones, en fechas distintas. Ese año por primera vez fui, fuimos los dos, al nacimiento.

Y domingo pasado, iría ser la muerte.

– Descansa en paz meu boi.

Y esa extraña puntualidad me mordió nuevamente. El barrio de rosas en los jardines, perros ladrando al caminar, los pocos carros bajando en punto muerto la ladera, los pájaros trinando, el olor a humedad, las señoras, las moças bonitas con hijos. Nosotros dos, extranjeros de allí, extraños el resto a nosotros dos subiendo, viviendo todo aquello, y la fiesta distante de comenzar, porque todavía estaban montando los quioscos, poniendo las banderitas, encendiendo el fuego que calentará el cuero de los tambores, preparando los disfrazes.

Nos encontramos con Cris. Un detalle importante es que de las personas que conozco, fue la última que abrazó a mis padres, mi hermana, mi familia allá en Cuba. Ese abrazo valía el abrazo de todos ellos juntos, viniendo en un viento de memorias, un agradecimiento inmenso, una sonrisa compartida bajo el sol cortante de la metrópoli. Benjamín no hizo mucho caso, ya estaba intentado colarse en el maletero del carro de ella. Me pidió para cerrarlo en un abrazo metálico y caluroso junto con sus juguetes y su deseo.

– Tus deseos son órdenes, mi hijo… cuando tu felicidad no te pone demasiado en peligro, y algunas otras reglas comunes, sociales, es difícil a veces definirme eso, te dejo hacer, simplemente ser. Te encierro y muy feliz, me despides.

Como una fiesta del C.D.R. – cubanos saben de lo que estoy hablando – las calles, la gente junta, se ajunta. Todo por la muerte del Boi; por la felicidad de ver que los edificios todavía no acabaron con todos los árboles, allí en medio a la placita, uno solitario se levanta; por constatar que ni todo lo que vivimos, sentimos, nos hace feliz, sale de una cajita plástica llena de cables y chips y que por ironía de la naturaleza llaman plasma. Si hay algo que nos hace feliz, a mí, a ciertos humanos, es compartir la alegría por la alegría, la vibración del cuerpo por simple vivir, por existir.

Benjamín estaba feliz.

Los tambores, en las manos de quien les darían vida, para después tocar la muerte, se acercaron del fuego. Alrededor, mujeres casi todas, con vestidos de plumas, muchos tejidos coloridos y sombreros, sonreían y sus miradas, cómplices de toda aquella excitación, me envolvían inconscientemente en una delicada pasión.

Ama quien sorprende en los ojos de otro o amor.

Benjamín llamó la atención de la galera que iría a danzar. No porque ellos estaban interesados en él, sino porque él quiso, quería, y fue tras aquello que quería para él. Corrió delante de ellos, emprestó sus globos, le regalaron una mano de peluche, se calló, pidió de comer, le preguntaron el nombre, él respondió, se emparentó con otro de su edad, mamá soltera creo, también lo aceptó, perdió con el otro un carrito, lloró, compartió, corrimos, bailamos, comimos, se cansó.

Cerca del fuego, los hombres tocan los tambores fuertemente, especie de pandeiros grandes y también cantan músicas que muchos saben. Una rueda de colores danza entorno del Boi. El Boi sabe que irá a morir.  De hecho todos allí irán a morir, es duro aceptarlo, pero esa es la intuición suprema del vivir. El Boi se agita huyendo del machete, del lazo, del amor. Por veces se escapa por las calles y antes de llegar a la próxima esquina lo capturan y lo traen. El sol cae recto sobre las sombras danzantes. A cada vez la música para, recalientan los tambores, el Boi cambia de “ser”, la rueda descansa, el resto va hasta una sombra, se seca el sudor bajo las ropas, bebe agua y espera el cántigo comenzar.

Nos incorporamos a la rueda, los dos. Es difícil ser uno sólo cuando estamos los dos. Somos dos en uno, pero todavía dos.

El Boi va a morir. El Boi muere todo año y todo año vuelve a nacer.

El cortejo partiendo de la placita atravesando el Morro para después regresar a ese mismo lugar. La procesión avanza trayendo a todos a las ventanas, a las puertas, a levantarse de las mesas de los bares. Nosotros bajamos por la acera, entre las figuras danzantes y los músicos, un poco antes del camión del sonido.

Nosotros también moriremos un día.

Pero hoy es domingo, hoy es día de ser feliz. 😉

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3 pensamientos en “La fiesta de la muerte… (Festa do Boi – A morte)

  1. Pingback: Subindo o Morro… descendo a montanha. | ENTRE 2 LINGUAS

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