Rutina de cierto papá feliz

Un calor de verano me despierta. Benjamín tose bastante. Y de súbito comienza a llover. Son las cinco y poco de la mañana. Ven insomnio, venme agarrar.

Desde que me separé de Natalia, Brasil nunca fue igual.

Ser padre uno nunca se lo espera, ni antes de serlo puede uno se lo imaginar. Cuando nace un hijo cada palabra tiene sentido, cada segundo es un despertar.

Benjamín es el espejo tridimensional de mi existencia. Un otro yo donde buscarme, otro lugar donde me encontrar.

Sólo que nada de eso sucede en forma de poesía o de pensamientos reveladores de cómo fue que mis cuestionamientos surgieron o mis deseos vendrán a hacerse realidad.

La realidad paulistana, mi pedacito de vida que aquí me toca vivir, hoy, es una intensa combinación de situaciones, que me digo yo, sólo yo me permito experimentar. De amores, de dinero, de todo sobrevivir.

En menos de media hora el despertador va a tocar. La mochila del Benja y mis cosas ya están prontas desde la noche anterior. Se escuchan los pajaritos que despertaron con el lloviznar. Ya hice el café, y aquí está cerca de mí. Antes de las siete en punto, tendremos que estar listos, los dos, y mochila, bolsa, paraguas y alguna canción para no desanimar. Un par de cuadras, bajando el morro para el 577-T, nuestro ómnibus, aquí por nosotros, conocido como el Vila Gomes.

Vila Gomes, el barrio donde alquilo, es lo más cerca que estuve de La Habana desde que salí de allá. Claro que en el mercado las cosas son más abundantes, no hay C.D.R.,  nadie habla bien o mal de aquella dicha “Robolución”. No tengo a los Menéndez por cerca, ni a mi madre para mandarme a afeitar.

Emigrante no es sólo la virtud de haberse lanzado al mar o de haber atravesado a agua y pan el desierto de la soledad. Hay que aprender a no llorar, en demás.

Es casi una hora de trayecto hasta la Av. Paulista, casi unos diez kilómetros de gente desconocida, maleducada, obstinada y triste. Personas que sólo conocen de este mundo, despertarse para trabajar. Gente bonita y cheirosa. Gente arregladita y predispuesta para sonreír. Nosotros dos, vaya que nos hacemos suerte, también no es difícil esconder que a pesar de estar allí, nos divertimos de morir.

Cantamos. Gritamos. Aceptamos todo los que las viejitas nos ofrecen. Respondemos siete mil veces la misma pregunta: ¡Benjamín! Saludamos a los choferes. Nos divertimos viendo los “cajos”  pasar, las guaguas, los camiones, las concreteras, los trenes, el río, los helicópteros, las motos, los relojes en los edificios, los “bombelos”.  Conocemos niños, sus mamis. Viejitos, y sus devaneos. Muchachas, y sus miraditas. Hombres, y sus simpatías.

Nunca, y lo digo de veras, nunca imaginé que estaría tantas veces en el sube y baja del transporte público.

Hay veces que son tres ómnibus para llegar desde Vila Gomes hasta la escuelita de Benjamín. O dos ómnibus y un metro. O un ómnibus, el metro y todavía tremenda pata que hay que echar. Todo eso, y Benjamín sin mucho reclamar.

El orgullo poco funciona a esas horas, de hecho ni sé bien como funciona ese negocio de orgullo. Porque, sinceramente, algunas dichas emociones no tienen mucho valor cuando el asunto es vivir. A estas horas podría estar pensándome mejor la idea de trabajar más, para ganar más, para pagando más, tener un carro y salirme de esa historia macabra de gente “incomún” que no pretende mucho más que ser feliz con poco más que sonreír.

El desapego no se aprende en la escuelita, aunque ciertamente, yo tuve buenos mestres en esa arte.

La lluvia apretó.

El despertador acaba de sonar.

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