Sim, obrigado!

Cuando llegué a São Paulo, yo no hablaba ni pinga en portugués. Caetano, Chico Buarque e Djavan cantaban en dialecto personalizado y todavía conseguían emocionarme profundamente. Era feliz con lo que creía saber de aquellas músicas que muchos en la isla nos habíamos aprendido “como fuese” para poder saltar el muro de los idiomas, y la intención de nunca alejarnos de nuestro “Gigante Sudamericano”.

Por suerte los filmes del Festival de La Habana siempre llegaron con subtítulos. Ya se sabe un poco como funciona la maquinaria de control ideológico, apuesto que aquellas letricas amarillas que eran el puente entre el Brasil y yo, eran con toda certeza “políticamente correctas”.

Intenté frustradamente me actualizar con algunos términos lusitanos antes de entrar de vez en el avión de Copa Airlines que me trajo aquí. Después que fundaron la Escuela Latinoamericana de Medicina cualquiera de nosotros, y yo, teníamos entre los queridos algún “brazuca” para compartir. La mayoría de esos brasileños, al llegar a sus tierras del sur, ni siquiera podrían ejercer su profesión por alguna absurda ley médica.

Democracia tampoco es la solución, pero hay que vivirla para saberlo.

– Quer tomar mais um café?

– Não, muito obrigado.

Algunas eran fáciles de responder.

El latín había sido progenitor de nuestras ambas lenguas. Mucho entre los dos idiomas tiene algún sentido común en el otro.

La mayoría del tiempo estaba yo cazando una palabra que me fuese conocida. Dos serían mejor. Una frase completa. Alguna respuesta que pudiese yo dar.

– Voce fala muito rápido – afirmaban.

En Cuba uno no te puedes demorar en responder, el calor te derrite, hay que sobrevivir – respondía tentando pasarme por un cómico nacional.

Hasta ahí todo bien, pero palabra es realidad. Y viceversa.

Aquella pared blanca, de un edificio cualquiera, donde las personas pasan sin mirar. Aquella pared blanca, alta y blanca. La pared hecha de ladrillos y tinta y cal era fácil de comprender en mi recién portugués.

La realidad concreta caía a mis pies, dócil y feliz, como aquella virgen que todo hombre debe un día se enamorar. La manoseaba con éxtasis de quien aprende a leer. La olía sin miedos y hasta la lograba entender. Gozaba su sonrisa. Me encantaba su caminar, su sudar, su gemir. Ella me amaba y yo, comenzaba a amarla también.

Aquela mesma parede branca, sutil e azeda, erguia-se tentando me fechar. As pessoas – animais sem fé nem futuro – passavam ainda sem notá-la. Parede oca, sem miolo, parede crua.

La misma virgen me pidió que fuese para ella, un poeta. Aquel que juega con las palabras para vivir. Y la vi entristecerse cuando no le pude cantar, cuando no la pude más amar.

Se fue.

Y hubo un silencio de no comprender.

Y lloré. Mucho.

Imagina este ser inquieto sin poder decir. Sin poder sentir y decir. Sin decir lo que quería vivir. Las cosas se desaparecían en mi intento de llamarlas para mí. Huían adentrándose en la obscuridad. Algunas se despedían antes de dormir y en un casi letargo, yo intentándolas rescatar.  Me vi en lugares sin paredes. Ni blancas ni ellas. Sin muebles. Sin personas ni sus nombres. Sin emociones para describir mi existir.

Abrí la boca para decirle ¿a quien? ¿qué cosa?

No entiendo nada.

No estoy.

No soy, ni seré.

Y la virgen apareció nuevamente un día para hacerme feliz. Mujer que regresa un cierto día trae una sonrisa inmensa cuando vuelve a besarte. El sabor de otros labios viviendo en sus labios. El aliento de otras bocas que se resguardaron allí. El cuerpo firme de quien ya aprendió a sufrir sin tener que desistir. Nada quería saber del poeta que había renacido en mí. Le hablé en mi portugués de sobrevivir y me hizo callar.

– Eu só quero um homem para podê-lo amar.

Yo la entendía, como a esa nueva realidad que se reinventa a mis pies. La mujer allí frente a mí. El amor en mí, dicho y sentido. Había que abrazarse y sonreír.

Hacerse uno.

Y dejarla partir.

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