O real demasiado

Instantes bons e belos junto a você, Benja, sempre são muitos. A cumplicidade dos momentos, que esticam em dias, que hoje são anos. O partilhar conversas sem rumo, no fio da imaginação sem beiradas, na saga de romances ou de vilões imaginados; ou aquela pergunta das trinta e três respostas e todas suas interpretações. Aquelas minhas memórias distantes, trazidas por alguma lembrança, por espelho de consciência, e no agora, revivida contigo, no sorriso e a surpresa.

Porém, há os desafios cotidianos, do ir e o devir, nos prazos dos compromissos, dos tempos alheios, dos encontros marcados. Às vezes, o real demasia, tornasse o muro diante do corpo, a lágrima diante dos olhos, a dor dentre do peito. A raiva esmaga entre dentes, o silêncio de algum grito. Há os berros dentro do punho, no caminho certeiro de alguma parede. O chute sem bola, no ar de uma mágoa. O alarido em tantas palavras, do que não consigo aquietar na paciência. Já arremessei meu pranto na sua queixa, na sua insistência por mi tirar do centro; ou bati com minhas assas, no vento da sua pele. O remorso entorta, de joelhos a morte é solidária, e me abraça a causa de mais uma batalha perdida, entre a razão e os limites, um pai e o filho, a emoção e as dores de uma paternidade vivida na sinceridade.

Esses dias, depois de um desses processos, onde o oco toma conta do tempo, o breu ilumina os gestos, e a pressa domina as vontades, eu te perguntei, Benja, mas bem num questionamento meu; o que poderíamos fazer para nos entender sem birras, para nos acompanhar sem sofrimentos; e você que de longe é mais experto, disse-me, leve e com seus olhos nos meus, “sorrir, pai” e sorrimos.

En ausencia que se mide el tiempo

minha mae é a ilha
eu o continente
o mar no entre

Única vez que viajamos juntos, solos tu y yo, Eva, era año 2002. No podíamos saber, quince años después que sería hasta este instante la última vez que yo visitaba Moa, tierra que te recibió en el mundo. La tierra que le puso árboles, ríos y tanta infancia a mi vida.

Nos fuimos en tren, atravesando por el centro aquella magnífica isla de nuestro encuentro, en un trayecto que terminó durando casi veinte horas, porque sabemos que en Cuba, los minutos y los días duran más que en otras latitudes. Aquella vía férrea, entre montañas y palmas, era agreste, de pueblitos secos y desgastados, como casi todo lo que ha quedado en ese país que hoy, diez años después apenas recuerdo, o quizá más realista, apenas olvido.

Habíamos llevado, por tus caprichos de llevar todo preparado, comida suficiente y hasta agua congelada, café.  Hoy, tanto de ti se repite, que debes ser tu quien prepara la mochila, cuando voy a viajar con tu nieto. Debimos haber hecho tantos planes: cuál casa de cuál tío primero visitaríamos, dónde dormiríamos las primeras noches, subiríamos a Farallones, nos bañaríamos en el rio, cuántos bichos matarían en las fiestas por nuestra bienvenida?

Atravesábamos el país en tren – nada conseguiría ser más nostálgico. Nosotros a través de las ventanas, atravesábamos nuestras memorias, reflejadas en los vidrios sucios de tierra marrón. De mirada en mirada, aquellos silencios metálicos, nos atravesábamos uno al otro. Yo, demasiado joven, sin saber lo que era el tiempo, menos el presente, quizá pensaba en mis mejores futuros, que de tan imposibles,  no serían como este ahora, tan distantes, tanto tiempo uno sin el otro. Yo sin ti. Tú, apuesto mis lágrimas, sin mí.

Y si es que, en ausencia que se mide el tiempo, tú bien sabes lo que siento, que también habías salido de tu tierra, lejos de tu madre y hermanos, lejos de tu padre, para irte a vivir tu sueño de ciudad grande, así como yo, hoy tantos años también vivo mi sueño.

Nadie, dicen, sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Pero yo por distinto, sin haberte perdido, ya sé lo que de ti tengo, o peor, lo que de ti no tengo.

De aquel viaje por la isla-a-la-deriva, atravesando en tren la vida y las memorias, tuyas y mías, guardé quizá mi mejor recuerdo en mi segundo libro, y como todo buen secreto, tal vez nunca te comenté de eso: en Villa Clara, quizá en Camagüey, pero lo más probable es que haya sido por Las Tunas, mientras cruzábamos un caserío casi baldío, una niña observaba el trayecto férreo de nuestro existir, yo la vi y apenas me inventé su pequeña soledad. Le escribí… hoy ese cuento es para ti, mamá!

LEA:::  el cuento (des)conocidos

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 (des)conocidos

A esta niña que existe y no sé su nombre,
 ni su verdadera historia.

 

Aidita caminó casi de espaldas. Era muy difícil llegar al menos hasta donde comenzaba la montaña. La madre siempre la descubre antes de llegar o cuando se levanta en la mañana y sabe que ese día la niña intentará subirse a la pared de piedras que amontonadas, forman la montaña más alta que conoce Aidita. Su mundo de seis años, termina veinticinco metros a partir  de su casa y de ancho es infinitivamente largo y aburrido. Ella tiene la mirada gris porque todo su reino, el ilusorio y el real, es gris. La montaña de seis metros, los marabúes, la casa de su madre, la de Serafina y Manuel, las torres del telégrafo y los cables por donde mandan los muñequitos y las películas de animales que hablan. Todo eso es completamente gris.

Avanzó más segura. En la mano sostenía una piedra y le quedaba grande en los deditos de uñas arregladas con los dientes, en las llagas de los nudillos de ayudar en el patio, en la sopa, en la lavadura y sacarle las hojas al maíz, barrer los veinticinco metros de su mundo a partir de su casa. Miró atrás porque no creyó que la madre no le gritara que se alejara de la línea, del frío infinito haciendo ruido día y noche y se despierta en las madrugadas Aidita porque el miedo siempre está a veinticinco metros y retumba la casa de su madre, la de Serafina y Manuel, los marabúes y las torres del telégrafo. Se detuvo para lanzar la piedra. La vio desaparecer en ese horizonte gris que se traga al sol por las tardes y a los pájaros cuando se despiertan de los árboles y por las noches los escupe, donde ve desaparecer a los perros y los ve regresar más flacos con mucha saliva en la boca. Entonces se pasó los dedos por el pequeño lunar de sangre debajo de la oreja derecha. Devolvió la mirada a la casa buscando el grito que la salvase de descubrir el horizonte o de conocer que los horizontes siempre están lejos y mantienen distancia para obligarla a seguir avanzando. Ella descubrió a su madre en la cocina con los ojos cerrados buscando horizontes internos, de esos donde la gente la saluda con cierta reverencia y en los que casi siempre la llaman señorita Aida con un beso en la frente o con un chocolate amargo.

Puso las dos manos en la pared de piedras y comenzó a escalarla. Recordó tantos intentos fallidos, tantos castigos porque Aidita no puedes acercarte nunca a la línea, al frío infinito que hace ruido a toda hora y retumba la casa, los perros y las torres del telégrafo. Ella se detiene porque siente el temblor en sus manos, le sube hasta las orejas y se eriza. El ruido primero se le acerca como un susurro por la tierra, los árboles se ponen un poco amarillos, los perros se mueven del portal de Serafina y Manuel para perderse en el maíz, luego las piedras vibran y saltan y ríen, y porqué no pensar: los adultos se equivocan cuando dicen que las piedras son una masa fría y muerta. Ella pone la próxima mano, entonces descubre las cimas de varias montañas a los lejos e increíblemente son más grandes que su montaña de seis metros y son verdes y tienen palmas pequeñitas y descubre una inmensa planicie verde y un río. Se voltea, no buscando el regaño de mamá si no su inmenso mundo gris, los perros en el portal de Serafina y Manuel y vuelve a mirar al nuevo mundo de matas de mango y naranjas, ve una casa pintada de verde y un niño escalando su montaña desde el otro lado.

Ella pone por primera vez las manos sobre la línea, sobre el frío que tiembla y acerca al ruido que viene de lejos y el niño pone su mano en el otro raíl. ­­Él mira la planicie gris, los perros flacos, el maíz y las dos casas, «¿cómo tú te llamas niño?» y él que aguantaba una piedra en la mano la lanza al nuevo horizonte, se rasca el lunar de sangre debajo de su oreja derecha, «yo me llamo Vadín ¿y tú?»” y ella coge una piedra de entre los raíles y la tira al otro lado «Aida» y se miran los dos a los ojos, los ojos de grises y verdes horizontes y estarán pensando: él en los maíces, ella en los mangos y las naranjas. Por primera vez sentirán el temblor de las líneas bajo sus pies descalzos. Ella tiene en la cabeza una idea que no sabe cómo explicar y palabras que no conoce el significado, le parecen demasiado largas y no está segura si pueda decirlas. Vadín estira la mano y le pasa sus dedos por debajo de la oreja derecha de Aidita, sobre el pequeño lunar de sangre.

En ese momento sin saber porqué, ni entender cómo, dejarán salir unas lágrimas que le pesan en las mejillas y le salan los labios por un corto tiempo y ella escuchará el grito de la madre, el ruido del tren y él, el grito del padre, el ruido del tren.  Se darán por única vez las manos.

Los perros tratarían de esconderse en el maíz y los árboles se habrían puesto amarillos. Ella correrá hacia abajo: dos semanas sin ver los muñequitos y las películas de los animales que hablan, ayudar más en el patio, en la sopa, en la lavadura y barrer su mundo gris de veinticinco metros a partir de su casa e infinitamente ancho. La madre se quedará parada muy cerca de donde empieza la pared de piedras y el tren dejará un ruido gris por más de quince minutos, más de quince años… más de quince vidas.

 

o cheiro do lirio

os dias da semana, largos e corridos
o dinheiro avulso,
protocolos de inquestionãveis paradigmas
as borboletas do jardim,
as crianças, ele, elas todas
minha família destes mundos,
os amares, inconclusos e tardíos,
as poesias em folha branca, nunca escritas
as despedidas cotidianas como certeza do reencontro
não cabiam,
não haviam caixinhas suficientes,
nem para o desejo inconmensurável do meu ventre
menos ainda pr´aqueles na mente,
as palavras das sentidas emoções
estes riscos de imagem e memória
eu queria todos os instantes do meu tempo…
um beijo de seis línguas
em orgasmos de mil corpos
de sedentos verões e dessertos
um mel de aguas de outros mares
navegadas em jangadas sem velas
somente o remo destes braços
e a correnteza de profundas superfícies
era o que levava
o cheiro do lírio colorido
que aflora em noites destemidas
e o medo da postrer entrega
desta vida que termina em morte
apesar dos exilios e fronteiras
não cabiam,
nem haviam caixões para estes sonhos.
a pedra na mão
os dedos trémulos, os mamilos,
seios secos deste pai fraterno
eu insistia
a palavra angariava solsticios
elogios de infamia d´ego sofrido
um brilho do eterno deste agora
este instante de escrever que me permito
(mesmo que seus olhos me matem de desejo)
diante da latifundio de ser gente
pessoinhas de cidades e registros
de formulários, contratos e currículos
e o tempo administrado
em curtos suspiros e soluços
que não cabiam na caixinha
para serem vividos (ao invés escritos)
nestes cernes
Sobrevivente!

vida podre

era o fedor da vida o que interessava

o cheiro podre do que viria morrer

o ralo

os lixão nas esquinas do bairro

o suor melado nas coxas da fêmea no cio

o pelo úmido do meu suvaco na crispa do dia

a batata moribunda na geladeira

o sorvete derretido e as moscas

a mão traíra dos traidores

no instante do contrato justiceiro da escravatura

eu era o hímem

a abertura do mundo

de um lado ou do outro

o podre dos dias

da vida

do humano

que por angariar,

apodrecia

a vida dos outros

na esquina do bairro

do estoque na geladeira

em mão inimiga

o sexo podre

eu era de mim, afã desta cura

mas por humano

também podre

que era o podre o que mais gosto tinha

as coxas duras

a batata mole

o contrato traíra

o perigo na esquina

a dor continua de uma vida

mais crua – ou nua,

ou então desejada

escondida

sem cerne

nem proibida

apenas ao tato

e ao cheiro, percibida

vida podre

que eu bem queria.

Andança

Caminhávamos Benja, na cidade, não lembro exatamente. Algum lugar entre este ou aquele. Eu quase sempre  dois passos a frente, eu acho que você demora no atraso, como quem comanda um andarilho com passos tortos, e nossas sombras.

Havia grades humanas, asfaltos beirando os caminhos, árvores altas com verdes infinitos no comum cinza dos prédios. Uma borboleta espiã. Cachorros andaluzes. Caçulos diversos, verdes, dourados, alvinegros. Você os contava. Eram muitos.

Caminhávamos, assim distraindo-nos e você me disse “Pai, vamos andar em silêncio”.

Barbapapá

Aos poucos meses de nascido, Benja, a mamãe iria voltar ao cotidiano laborar, por inevitável conseqüência, de eu também estar na época trabalhando cada dia da semana, teríamos que te colocar numa creche.

Eras pequeno demais, miúdo nos gestos, um bichinho de avulsos prantos, sorrisos e sons quaisquer. Eu te achava vulnerável à cidade: aqueles barulhos, o ar seco poluído, as pessoas desconhecidas, tudo me era raro.

Acho que não duvidei, e pedi para sair no Projeto Quixote. Era minha primeira, e até aqui, única vez que estava com carteira de trabalho assinada. Fizemos acordo, e recebi os benefícios. Não era muito dinheiro, aliás, na real, quase nunca é.

Então a partir de certo dia, e pelos próximos meses, eu fiquei cuidando de você. Daqueles tempos guardo belas lembranças de quando você começava comer, das papinhas que preparava em vários sabores de legumes e grãos, e que congelávamos para usar durante a semana. Dos instantes inteiros, entre brincar e dormir, entre choros e risadas, entre o exaustão do dia e o exaustão da madrugada.

Já nessa época, começamos visitar a praça Buenos Aires, que ficava perto, andando dava menos de dez minutos, e ali foi que você aprendeu caminhar. E foi lá, que cotidianamente conheci muitas babás do bairro. A configuração era mais ou menos esta: todas mulheres, tinham que se vestir de branco.

Com o tempo, fui fazendo amizades, ao final não era difícil pois as crianças brincavam juntas, pediam os brinquedos das outras crianças, sempre precisava-se de uma fralda a mais, ou enfim porque compartilhávamos os lanches, os aprendizados e as experiências.

O mais raro para elas era compreender que era eu, o pai, quem cuidava, quem preparava as comidinhas, o que não estava trabalhando para pagar as contas de casa.

Para mim, começou o entendimento da criação de muitas famílias. A maioria já tinha filhos próprios, que deviam deixar com alguém, muitas vezes outras babás, para poder cuidar daqueles filhos de outras pessoas. Tudo ficava mais raro ao eu perceber, que aquelas mulheres eram totalmente diferentes no jeito de viver, que as famílias para as quais trabalhavam. Ou seja, entre as crianças e aquelas profissionais, existiam uma fenda social e financeira que atravessava inevitavelmente o aprendizado e a sociabilidade daquelas crianças.

Na prática, elas eram muito cuidadosas com as crianças, sempre atentas, eram minuciosas na atenção e, sobretudo, muito prestativas com suas outras colegas de profissão. Na praça emanava uma sensação de comunidade que poucas vezes vi na cidade, acredito que no afã do cuidado do emprego, que com certeza era o principal sustento daquelas famílias.

Outra coisa comum entre elas, à qual, pouco a pouco foi tendo acesso com a confiança durante aqueles meses, era que a maioria guardava duras críticas às famílias para as quais trabalhavam, sobretudo na falta de afeto e cuidado para com os próprios filhos; e entre si, fofocavam das maneiras de viver dessas famílias de classe media alta.

Ainda compartilhavam naquela irmandade da praça, uma certa raiva velada, enfim por não estar com seus próprios filhos  pela obvia necessidade de manter aquela profissão de cuidar de outras crianças.

Seduzindo Milton

Milton garimpava roupas e máscaras para despedir o verão no melhor estilo. Eram tecidos rasgados, todos fora de moda e sem passar. Alguns com mau cheiro de pouco usar. “Falae, ficou bom, não ficou?” ele perguntava enquanto eu queria entender o por qué daquele proceder.

Nos últimos dias havia exagerado no pão com manteiga, nas cervejas, e no pouco dormir. Pendurava olheiras escuras sob o olhar e um sorriso desgastado. O cabelo estava ressecado e desbotado.

Milton me apressava para ficar pronto. Íamos juntos numa festa de uma amiga tal, onde a diversão e a esbórnia eram garantidas, as bebidas e a comida bastas, e até havia uma piscina aquecida. “É hoje que a gente não volta sozinhos…” soltou seguro, ajeitando a gola da camisa, e me olhando fixo através do espelho “… .

Chegamos naquela casa amiga fantasiada de Hollywood; mulheres esbeltas e homens sarados, todos numa finura clássica, com raros sotaques e inusuáis jeitos de vestir. Era a extrema representação da beleza e a sensualidade humana, “coisa estranha essa de se fingir de outro alguém…” martelou Milton ainda abismado com os olhares que recebia ao encontrar de frente com alguém.

Eu o observava distante, meio envergonhado meio desinteressado. De fato quem olhava para ele, também me enxergava a mim.

A música acariciava as salas, e os corpos dançantes se misturavam em gestos e formas de distinto agir. Milton executava seus próprios únicos movimentos, que eu insistia em repetir do lado de fora, perto da piscina aquecida. Era certamente bizarro, sobretudo porque era ele quem mais se divertia, girando no chão, dando pulos sobre as poltronas e sofás, jogando a bebida sobre si.

O resto das pessoas parou para observar, numa sinfonia de estupefata adoração ou de sinuosa inveja. Os mais robustos se acercaram para lhe chamar atenção. As meninas se afastaram. Milton fez-me um sinal “a felicidade é a ponta de uma faca no centro de alheios corações… “ eu lia seus lábios, que sorridentes, no mais intenso tesão, proferiam estas palavras “… e somente quem almeja é quem pode ser feliz”.

Era um absurdo tentar  conte-lo enquanto gargalhava. Eu me vi, dentre dos braços deles, sendo arrastado para fora do evento.

Éramos dois felizes sem causas.

Eu perplexo. Ele alheio.

Entre Pasárgada e Orión

Na minha viagem entre Pasárgada e Orión, o enfeite dos olhos era o vinho, um sangue remoto do humano, metade homem metade faisão, que me entregavam em frascos minúsculos, quase utópicos do real. Eu engolia com sede, com a ânsia fatal de quem em vida, apenas aguarda morrer, e a vida enfim era este raro efeito entre o submisso e o fingir. Daquele gole quase fantástico, eu me elevava naquelas assas que falavam as médiuns no alvará de canonização: eu era o filho do grande senhor, primogênito da única mãe de todos os cervos bípedes que estão a existir. Eu me merecia, do dedo gordo do pé ao último instante do único cabelo branco. Sim, eu perecia. O tempo esgotava sua poesia, que o verbo é apenas infinito sob as águas, sob as unhas corroídas do infame Poseidón, aquela última tartaruga que o mar demitiu. Eh lhe disse: “Tempo, você não escolheu me viver”e de súbito meus olhos fecharam-se. Sim, eu temia, que a casa da estrela real era falsa, nem havia cômodos divinos para atestar este efêmero existir, não haveria livros de histórias, nem penhores, alianças, testamentos, apenas este instante pueril, quase agônico, que eu sorria para a única imagem que tenho de mim. Sim, eu me adorava. Um silêncio cru que emanava do vil, do mesquinho, do trair. Eu usei minha mão… e confiei.

olhe as árvores

eu vi a sombra elástica de uma árvore presa ao chão deste mundo, eu plantava meus olhos no fim daqueles galhos bem altos de céu, pendurei-me às memorias de todas minhas árvores, sombras e galhos do que uma vez havia sido, mas por outras razões, esquecido, eu era aquele no pulo, eu arremesado pelas minhas raízes, era o fruto podre na boca de um pássaro que por comer não trinava, eu o tronco rasgado no vento, vindo livre em queda sobre o teto de um futuro imperfeito, porém florido de verdes folhas, eu era a casa do meu gnomo, pequeno andarilho de manhãs e formigueiros, eu me escalava, atónito da altura da minha envergadura, antes fosse a morte, um novo galho que sobrevivira e com a aguda esperança de receber um novo fruto!